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Pedro Infante Vio Anciano Vendiendo Póster que Él Firmó 10 Años Atrás — La Razón Lo Hizo Llora

 La plaza entera vibraba con esa energía única que solo la Ciudad de México podía ofrecer. Pedro había llegado a la ciudad de México tres días antes. Tenía una serie de presentaciones en el teatro Blanquita, pero esa tarde había decidido salir solo, sin guardaespaldas ni sequito, usando lentes oscuros y ropa casual, disfrutando de la rara libertad de caminar anónimamente entre la gente.

Había pasado frente a docenas de vendedores sin detenerse. Estaba acostumbrado a ver su imagen en pósters piratas.  en mercancía no autorizada que se vendía en las calles. Pero este póster era diferente. Primero porque era auténtico de los que se imprimieron oficialmente en 1946 para promocionar su película Vuelvenlos García.

 Segundo porque estaba enmarcado profesionalmente con un marco de madera que aunque viejo y rayado, mostraba que alguien lo había valorado, lo había protegido durante años. Y tercero, porque esa firma en la esquina no era falsificación, era genuina, era suya. Pedro se acercó lentamente,  se quitó los lentes oscuros para ver mejor. Su corazón latía más rápido.

Había algo en ese póster que lo transportaba 10 años atrás, a esos días cuando era nadie, cuando cada puerta se cerraba en su cara, cuando dormía en cuartos baratos y comía tortillas frías porque no tenía dinero para más. cuando su madre le escribía cartas desde Sinaloa preguntándole  cuándo iba a regresar a casa, a olvidar esos sueños locos de ser actor  y cantante.

 El anciano que vendía los objetos levantó la vista, no lo reconoció inmediatamente. Le preguntó con voz cansada si le interesaba algo. La voz de alguien que ha pasado muchas horas ofreciendo cosas que nadie quiere comprar. La voz de alguien que ha perdido la esperanza, pero sigue intentando. Pedro conocía esa voz. Él mismo había tenido esa voz hacía una década.

 Pedro señaló el póster, le preguntó cuánto pedía por él, intentando mantener su voz neutral, tratando de no revelar la tormenta de emociones que sentía por dentro. El anciano miró hacia atrás como si hubiera olvidado que el póster estaba ahí. Le dijo que era de Pedro Infante, muy antiguo,  de hacía 10 años.

 Estaba firmado por él personalmente. Su voz llevaba un tono de orgullo mezclado con tristeza. pedía 200 pes. Le dijo que era lo último que le quedaba de valor. Pedro sintió algo apretarse en su pecho. 200 pesos era menos de lo que costaba una comida decente. Le preguntó por qué lo estaba vendiendo. El anciano suspiró. Miró el póster con una expresión difícil de descifrar.

 le dijo que necesitaba el dinero para medicinas, que su esposa estaba enferma, que ya había gastado todo lo que tenía, que ese póster era lo único que le quedaba, que valía algo. Pedro se arrodilló para estar a la altura del anciano. Le preguntó cómo consiguió ese póster, cómo lo firmó Pedro Infante. Y entonces el anciano comenzó a contar una historia, una historia que Pedro escucharía con creciente emoción.

 le dijo que fue en 1946 en la ciudad de México, que trabajaba como chóer de taxi. Una noche, como a las 2 de la madrugada, recogió a un muchacho joven cerca de la estación de radio OSblo. Estaba lloviendo fuerte.  El muchacho no tenía paraguas, estaba empapado. El anciano que se llamaba don Ernesto Salinas recordaba esa noche con claridad perfecta.

 A pesar de los 10 años transcurridos, le contó que el muchacho le dio una dirección en la colonia Roma, que durante el viaje empezaron a conversar, que el muchacho le dijo que acababa de terminar una entrevista de radio, que estaba tratando de promocionar su nueva película Vuelvenlos García, pero que nadie lo conocía todavía, que las estaciones de radio apenas le daban 5 minutos, que los productores no contestaban sus llamadas.

Le dijo que se llamaba Pedro Infante, que algún día sería famoso, que su madre siempre le había dicho que tenía algo especial. Don Ernesto le sonrió con ternura, porque todos los jóvenes que subían a su taxi tenían sueños grandes. Todos creían que serían estrellas algún día y la verdad no pensó mucho en ello.

Solo asintió cortésmente y siguió manejando por las calles mojadas. Las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos como estrellas caídas del cielo. Pedro escuchaba sin revelar aún su identidad, completamente absorto  en esta historia que él también recordaba. Pero desde otra perspectiva, don Ernesto continuó.

 Le dijo que entonces pasó algo. A mitad del camino, el motor del taxi empezó a fallar. comenzó a hacer un ruido extraño. Tuvo que detenerse. Eran las 2:30 de la madrugada, lloviendo en una calle vacía. Le dijo al muchacho que lo sentía mucho, que tendría que llamar a otro taxi, pero el muchacho se bajó del auto, le preguntó si podía ayudar.

 Don Ernesto se rió suavemente al recordar. Le dijo que a menos que supiera de mecánica no había mucho que hacer. Y el  muchacho le dijo que no sabía nada de mecánica, pero que podía quedarse haciéndole compañía mientras llegaba la ayuda, que no estaba  bien que se quedara solo en la lluvia y se quedó ahí bajo la lluvia con él durante casi una hora, hasta que llegó la grúa.

 Pedro sentía las lágrimas empezando a formarse en sus ojos, detrás de los lentes que había vuelto a ponerse. Él recordaba esa noche, recordaba al taxista mayor que había sido tan amable con él cuando aún era un desconocido. Recordaba como habían conversado durante esa hora bajo la lluvia, cómo don Ernesto le había contado sobre su familia, sobre sus sueños de ahorrar suficiente dinero para comprar su propio taxi en lugar de rentar uno.

 Don Ernesto continuó su historia. le dijo que cuando finalmente llegó la grúa y y lo remolcaron a un taller, el muchacho  insistió en pagarle el doble de lo que marcaba el taxímetro, que le dijo que no era necesario, que el problema del auto no era su culpa, pero que él insistió, le dio 100es cuando la tarifa era solo 40  y entonces sacó de su mochila ese póster enrollado, uno de los que llevaba para promocionarse.

 y se lo firmó. Don Ernesto tocó el marco del póster con dedos temblorosos. Le dijo que le escribió algo para don Ernesto, el mejor taxista de la Ciudad de México. Cuando sea famoso, este póster valdrá mucho. Guárdelo bien. Pedro Infante, 1946 le contó que lo guardó. Lo enmarcó con el primer dinero extra que ganó.

 Lo colgó en su sala durante 10 años. Cada vez que lo miraba se acordaba de ese muchacho amable que se quedó con él bajo la lluvia. Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Pedro ahora, pero don Ernesto estaba tan absorto en su historia que no lo notaba. Le dijo que el muchacho tenía razón, que se volvió famoso, muy famoso, que lo veía en el cine, escuchaba sus canciones en la radio y siempre le decía a su esposa que ese era el muchacho que le ayudó esa noche, que se sentía orgulloso como si de alguna manera había conocido a una

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