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Pedro Infante Vio Al Juez Poner Candado A Una Gasolinera En La Panamericana — Y Entonces Pagó En Ef

 Tardó 4 años en juntar lo suficiente. Tardó otros dos en construirla con sus propias manos, piedra por piedra, durante los fines de semana. Don Eusebio murió de un infarto en 1948. Don Aurelio tomó el volante al día siguiente. Mantuvo la gasolinera viva durante los años del racionamiento.  Durante los inviernos largos cuando la carretera se quedaba en silencio.

 Durante el año en que su esposa Consuelo estuvo enferma y las cuentas del doctor llegaron en un fajo de 2 cm, las fue pagando de sobre en sobre, una a una, sin contarle a nadie cuánto le costó.  En septiembre del año pasado mandó a su único hijo Rodrigo a la Ciudad de México, a la  UNAM. Ingeniería mecánica, el primer herrera que pisaba una universidad.

 La inscripción valía 120 pesos por semestre, el cuarto y la comida otros  80. Don Aurelio lo ha ido pagando con lo que dejan las bombas. En enero, el distribuidor Pemex de la zona subió el precio mayorista a todas las gasolineras del tramo. En febrero, don Aurelio no pudo pagar la primera mensualidad de la hipoteca.

 En marzo tampoco. En febrero había llegado una carta del Banco Nacional de México, sucursal Ríoverde en papel membretado del banco. Aviso definitivo. Así decía, ese viernes de marzo a mediodía, el ejecutivo del banco llega desde la sucursal en un buic negro largo. El juez de paz viene detrás en una troca del municipio con el candado en el asiento.

Se estacionan frente a las bombas. En ese momento exacto, un hombre está terminando de cargar su camioneta en la bomba de enfrente. Camisa  de trabajo, sombrero de ala ancha. El ejecutivo baja del buik, no se presenta. Camina junto a don Aurelio hacia la oficina, pone una carpeta sobre el mostrador.

 Lee en voz alta desde una hoja mecanografiada con la voz plana de quien cierra un libro de contabilidad. Aviso de embargo, gasolinera Herrera e hijo, Ríverde, San Luis Potosí. Todas las operaciones cesan hoy a las 12 hor:5 minutos. La propiedad revierte al Banco Nacional de México a la espera de remate.

 Rodrigo sale de debajo de una troca en la segunda bahía. La llave de tuercas todavía en la mano. El overall negro de grasa. El juez de paz se para en la puerta de la oficina con el candado. Don Aurelio pone su trapo sobre el mostrador. Ocho días más, dice. Rodrigo. Regresa a México en 8 días. Déjeme trabajar una semana más. El ejecutivo cierra la carpeta las 12:05, se da la vuelta y camina hacia su carro.

El mediodía de marzo en Ríverde tiene un calor particular, no el calor húmedo del trópico,  un calor seco, de piedra caliente, de asfalto que despide olor a brea. La carretera se veía larga en las dos direcciones  y no pasaba nadie. El polvo que habían levantado los dos carros del banco ya se había asentado sobre el patio de tierra.

Solo quedaba el zumbido de los cables de luz, el olor a gasolina y el silencio de un hombre que acaba de perder lo que su padre construyó. En la bomba de enfrente, el hombre del sombrero se queda parado junto a su camioneta, 36 años, camisa  de cuadros azules con las mangas enrolladas hasta el codo.

 No levanta la vista de lo que está pasando, no hace  ningún gesto. El ejecutivo camina de regreso al buic. No mira a don Aurelio, no mira a Rodrigo. Abre la puerta del conductor, pone su carpeta en el asiento del copiloto, saca un pañuelo del saco y se limpia el polvo de los anteojos. El juez de paz se queda en la puerta de la oficina, pasa el candado de una mano a la otra, mira el suelo.

 Don Aurelio Herrera está parado detrás de su mostrador, las manos planas sobre la madera. Hay una taza de café junto a su codo. El café ya está frío. Rodrigo se le acerca. La llave todavía en la mano la pone sobre el mostrador con mucho cuidado. Apá. Don Aurelio no voltea. Apá. ¿Qué hacemos? Don Aurelio mira sus manos.

 Las manos que aprendió de su padre. Las que arreglaron el motor de la pipa del municipio en 1951. Las que cambiaron el carburador del camión de la cooperativa en 1952. Las que le dieron mantenimiento a cada autobús de la línea México Monterrey que pasó por la gasolinera en 11 años. Tú te regresas a la universidad,  dice. Yo le busco ya no hay gasolinera.

Tú te regresas. Rodrigo se queda parado un momento largo. Luego da la vuelta y sale por la puerta del taller hacia el sol blanco de mediodía. Se para junto al foso vacío y se queda con la espalda a la oficina mirando la carretera larga que corre hacia el norte. En la bomba de enfrente, el hombre del sombrero pone un billete de 5es encima de la bomba.

 Lo sostiene con una piedra chica del suelo de tierra. Luego cruza el patio hacia la oficina. No tiene prisa, no mira al juez de paz. Camina como camina un hombre cuando va a hacer una pregunta y todavía no sabe si quiere la respuesta. El juez lo ve venir y se hace  a un lado. El hombre se para en la puerta.

Señor Herrera, don Aurelio levanta la vista. conoce esa cara, la conoce de las películas, la conoce de las canciones que salen en la radio. Pero don Aurelio Herrera tiene el tipo de mente que hasta en la peor hora de su vida no le pone nombre a un desconocido. No todavía, porque el hombre trae sombrero sencillo y camisa de cuadros y podría ser cualquier viajero entre aquí y Monterrey.

 Sí, los 5 pesos están en la bomba. Tómalos y ya. No vengo por eso. La gasolinera se va a cerrar. El hombre mete la mano al bolsillo, saca otro billete de 5es y lo pone sobre el mostrador junto a la taza de café para el siguiente que pase. Dice, “Cuando llegue don Aurelio mira el billete, luego al hombre, luego al billete. La gasolinera se cierra en 2 minutos.

 Ya oí. El hombre no se mueve. Se queda parado en la puerta de la oficina con el sombrero calado y las manos a los lados. ¿Desde dónde escuchas esta  historia? Escríbelo en los comentarios. Quiero saber hasta dónde llega la radio. En la ventana de la oficina sigue tocando. Jorge Negrete.

 Ay, Jalisco, no te rajes. Don Aurelio se estira y la apaga. El silencio es repentino, completo. Solo se escucha el ruido de la puerta del buig cerrándose afuera en el patio. ¿Cuánto? Dice el hombre. Don Aurelio parpadea. ¿Cuánto? ¿Qué? ¿Cuánto? Para que sigan abiertos. Don Aurelio lo mira un momento largo. Señor, yo no sé quién es usted, pero yo no acepto limosnas.

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