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Pedro Infante vio a un veterano contar monedas para su pan — Lo que hizo conmovió la tienda

 Pedro Infante había entrado sin planificarlo demasiado. Estaba rodando escenas en los estudios cercanos. tenía la tarde libre y cuando tenía la tarde libre le gustaba caminar por lugares tranquilos, lugares donde la gente no se detenía a señalarlo. Vestía una camisa blanca sencilla y pantalón de trabajo, nada que lo distinguiera  de cualquier otro hombre humilde del barrio.

 Doña Carmen lo conocía desde antes de que fuera famoso, desde cuando era un muchacho recién llegado a la capital con una guitarra prestada y más sueños que pesos, ella lo trataba como siempre, como a un cliente más. Pedro saludó con respeto y empezó a caminar por los pasillos estrechos. Buscaba lo que necesitaba, unas velas, café, algunas tostadas para el rancho.

 Fue entonces cuando vio al veterano, estaba al fondo del pasillo más angosto, se movía con esa lentitud de quien cada paso le cuesta un esfuerzo consciente. Era un hombre de más de 70 años, de espalda todavía ancha, pero curvada por muchas décadas, con el cabello blanco peinado hacia atrás con agua, como los hombres de su generación que aprendieron que la dignidad también se cuida en los detalles pequeños.

  Vestía un pantalón oscuro, limpio, aunque brilloso de tanto uso, una camisa de manta abotonada hasta el cuello a pesar del calor. En el lado izquierdo llevaba prendida una pequeña medalla del  tipo que el gobierno repartió entre los veteranos de la revolución, una pieza de metal que había perdido su brillo original, pero que el viejo llevaba con una seriedad que  demostraba todo.

 Para él seguía siendo lo más importante que tenía. Lo que Pedro notó después fue la pierna izquierda del pantalón doblada y sujeta con un alfiler de gancho bajo la rodilla. El hombre se apoyaba en un bastón de madera oscura. Con la mano libre tomaba los productos de los estantes uno por uno. Miraba el precio y tomaba una decisión.

 Pedro se quedó donde estaba y lo observó en silencio. El veterano tomó una lata de frijoles, leyó la etiqueta con cuidado, la devolvió al estante, tomó el arroz, consideró su peso en la mano, lo puso en la canasta. En la sección de aceite sostuvo dos botellas juntas, las comparó con la concentración de quien no tiene margen para equivocarse.

 Eligió la más pequeña, luego llegó al café y se detuvo  más tiempo que en los otros pasillos. Tomó el paquete, lo acercó a la nariz, lo olió a través del papel, lo devolvió al estante, lo volvió a tomar, lo dejó de nuevo y siguió caminando hacia la caja sin él. Doña Carmen conocía al veterano, eso quedó claro desde el primer momento.

 Cuando el hombre llegó al mostrador, ella lo saludó por su nombre. Con esa familiaridad de dos personas que llevan años encontrándose en el mismo lugar, don Rodrigo saludó con una inclinación de cabeza que tenía algo de formal, algo de los modales de otra época. Empezó a descargar su canasta sobre la superficie de madera.

 Pedro se colocó detrás esperando su turno. Con la paciencia natural de quien no considera que su tiempo valga más que el de nadie. Doña Carmen fue pasando los artículos uno por uno, el arroz, los frijoles, un trozo de piloncillo, una barra de jabón de lavadero, dos chiles anchos, el aceite pequeño y al final una concha de pan de dulce, la más sencilla, de azúcar blanca, que costaba apenas unos centavos, pero que en la canasta de don Rodrigo tenía el aspecto de un pequeño lujo deliberado, de algo que el hombre se había permitido a pesar de todo, como

diciéndose a sí mismo que todavía se merecía un poco de dulce en la semana. 4es con20, don Rodrigo, murmuró doña Carmen con la rutina tranquila de tantos años. El veterano sacó del bolsillo una bolsita de tela cerrada con cordón del tipo que los hombres de su generación usaban más segura que una cartera.

 La abrió con cuidado y empezó a contar. Primero los billetes, dos de apeso, luego las monedas. Las fue poniendo sobre el tablón formando pequeñas columnas ordenadas con la meticulosidad de quién ha contado ese dinero muchas veces antes de salir de casa, 50 centavos, un peso,  peso con 50 pesos, 220, 250  3 pesos.

 Pedro observaba en silencio desde detrás. 380 390 4. Don Rodrigo urgó en la bolsita con los dedos, buscando en los pliegues de la tela con esa esperanza de quien sabe que probablemente ya no hay nada, pero que necesita comprobarlo de todas formas. Sacó dos monedas de 5co centavos, 4 o 10. Buscó de nuevo, una más, 415.

 Se detuvo, miró las monedas, las recontó moviendo los labios. Apenas metió la mano en el bolsillo trasero, buscó ahí también. Sacó solamente un pañuelo doblado con precisión. Nada más me faltan cco centavos”, admitió don Rodrigo en voz baja. No era queja ni reclamo,  era una declaración de hecho. Icha con la calma seca con que un médico comunica un diagnóstico sin remedio inmediato.

 Doña Carmen hizo un gesto que quería decir que no se preocupara, que esos cco centavos no importaban, pero don Rodrigo negó con la cabeza antes de que ella terminara el gesto con una firmeza que no era discusión, era solo carácter. No, Carmen, dijo el viejo. Tú sabes que yo no trabajo así.

 Había en su voz algo que cerraba el asunto antes de que comenzara. No era orgullo vanidoso ni terquedad de anciano. Era algo más antiguo y más serio que eso. Era la clase de principio que un hombre pobre construye a lo largo de 70 años viviendo sin rendirse, que no abandona por 5 centavos. Precisamente porque sabe que si lo abandona por 5 centavos, mañana será por 10.

 y así hasta que ya no quede nada de lo que fue. Don Rodrigo miró sus artículos sobre el tablón con la expresión calculadora de quien ya sabe la respuesta y señaló la concha de pan de dulce. “Eso quítatelo”, contestó tranquilo. Con eso alcanza. Doña Carmen tomó la concha y la apartó sin decir nada. Conocía a don Rodrigo lo suficiente para saber que discutir no servía.

 Pedro lo observó desde atrás y sintió que algo se le apretaba adentro, una presión que no era exactamente tristeza  ni exactamente coraje, sino las dos cosas juntas sin nombre preciso. Un hombre que había perdido una pierna peleando la revolución, que había estado en los campos que  hicieron posible el México en que Pedro ahora vivía, en el que grababa discos y ganaba dinero suficiente.

 Ese hombre, ese soldado pobre, estaba devolviendo una concha de pan de dulce de 5 centavos, sin dramatizar, sin quejarse, con la misma dignidad callada con que debió haber enfrentado todo lo demás. Pedro dio un paso al frente. Se acercó al mostrador sin hacer ruido. Esperó a que los ojos de doña Carmen se encontraran con los suyos.

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