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Pedro Infante vio a Cantinflas en silencio — y entendió que algo muy grave había pasado

 reconoció  los hombros, la forma en que los cargaba ese día, ligeramente hundidos, como quien  sostiene un peso que no quiere nombrar, y reconoció el silencio que lo rodeaba. No el silencio de alguien callado, el silencio de alguien que ha dejado de hablar. Mario Moreno Cantinflas,  el hombre que había hecho reír a todo México desde las carpas de barrio hasta los mejores teatros del país.

 El hombre cuya voz nunca encontraba el punto final porque siempre había algo más ingenioso esperando a la vuelta de la frase. Ese hombre estaba sentado con las manos quietas sobre la mesa y los ojos fijos en la madera, sin moverse, sin decir nada. Pedro sintió algo frío bajarle por el pecho. Al otro lado de la mesa había tres hombres.

 Dos  eran ejecutivos del estudio, caras conocidas de contratos y proyecciones privadas. El tercero era diferente, mayor tal vez 60 años, traje oscuro de corte preciso, corbata de seda con nudo perfecto, reloj en la muñeca que brillaba demasiado para ser modesto. Tenía la  postura de quien lleva décadas tomando decisiones sobre vidas ajenas y ha llegado a encontrar eso completamente natural.

 Se llamaba don Rogelio Fernández Castellanos. Ocupaba el cargo de subdirector de cinematografía e imagen nacional. ese espacio entre el arte y el poder político, donde las palabras siempre tienen doble fondo. Maestro Infante pronunció con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Qué bueno que pudo venir. Pedro no respondió de inmediato.

 Miró a Mario una vez más, luego tomó una silla y se sentó sin que nadie se la ofreciera. Don Rogelio entrelazó los dedos sobre la mesa y comenzó a hablar con esa voz pausada de quien ha ensayado sus palabras sin que se le note el ensayo. Señaló que México vivía un momento histórico para su cine y los festivales europeos prestaban atención como nunca antes.

 El gobierno quería aprovechar ese momento para construir una imagen internacional que fuera moderna, civilizada, a la altura del país que México estaba construyendo y que eso requería decisiones cuidadosas sobre qué materiales representaban al país en  el exterior y cuáles no. Pedro escuchó sin interrumpir. El funcionario continuó.

 explicó que el personaje del pelado, el personaje que Cantin Flaz había llevado a la pantalla, planteaba un problema específico de imagen. No era asunto de talento, aclaró levantando una mano, sino de representación. El pelado era un hombre de la rabal sin educación formal, que hablaba sin coherencia aparente, que se burlaba de las instituciones y del lenguaje correcto, que representaba un México que el gobierno estaba trabajando activamente por superar.

 Proyectarlo afuera era ofrecerle al mundo una imagen que contradecía todo ese esfuerzo. Uno de los ejecutivos asintió. El otro abrió una carpeta y comenzó a anotar algo. Mario siguió mirando la superficie de la mesa. Pedro lo observó un segundo sin que nadie lo notara. Las manos  de Mario, que habían estado completamente quietas sobre la madera, se estaban apretando muy despacio.

 No era un puño todavía, pero se acercaba. Era la tensión de un hombre que lleva horas sosteniendo algo que no debería tener que sostener. Solo Pedro observó a su amigo un instante, solo un instante, pero en ese instante comprendió algo que le revolvió las entrañas. Mario no estaba callado porque no tuviera que decir. Mario estaba callado porque ya había hablado antes de que Pedro llegara.

 Ya había argumentado, ya había respondido, ya había puesto sus palabras encima de esa misma mesa y no había servido de nada. El silencio de Mario no era derrota, era el agotamiento de un hombre que ha golpeado una pared de piedra con los puños desnudos hasta que ya no puede seguir golpeando. Fue entonces cuando don Rogelio se volvió hacia Pedro con la expresión de quien está a punto de hacer el movimiento que considera definitivo, señaló que la razón de haberlo convocado era precisamente esa.

 Pedro Infante representaba exactamente  lo que el cine nacional necesitaba proyectar al mundo. trabajador elegante, sin ser artificioso, con una voz que llegaba al alma sin recurrir a trucos baratos. Un hombre del pueblo que, sin embargo, encarnaba la mejor imagen de lo que México podía ser. Lo dijo con la satisfacción de quien cree estar repartiendo elogios generosos.

 Añadió que con Pedro como rostro central del cine nacional en el exterior y con una revisión cuidadosa de qué otros materiales acompañaban esa  imagen, México podía aspirar a un reconocimiento internacional serio y duradero. La frase fue perfectamente clara, aunque don Rogelio nunca la pronunció en esos términos.

 Pedro infante como vitrina, cantinflas como desorden que se esconde antes de abrir la puerta a las visitas. Pedro puso las manos sobre la mesa despacio, con esa calma que los que lo conocían bien sabían que no era tranquilidad, sino algo más preciso que la tranquilidad. Le preguntó a don Rogelio cuántas veces había visto las películas de Mario Moreno.

 Don Rogelio parpadeó ligeramente. Respondió que las había visto suficiente para formarse un criterio informado. Pedro repitió la pregunta. ¿Cuántas veces exactamente? El funcionario se acomodó en la silla. Admitió que dos o tres, quizás cuatro. Pedro asintió despacio. Entonces las vio desde una butaca cómoda, precisó, y desde esa butaca decidió lo que esas películas significan para el resto del país.

 Don Rogelio respondió que su criterio  no dependía de la cantidad de visionados, sino de la formación institucional y la experiencia en política cultural. Pedro lo dejó terminar. Luego señaló que él había visto esas mismas películas en las carpas de los barrios de Tepito y de la Merced y de la Guerrero, donde el precio de entrada era lo que la gente podía juntar entre varios y donde la sala nunca estaba en silencio porque alguien siempre repetía los chistes en voz alto para el vecino que no había alcanzado a oírlos bien. Que en esas

carpas con olor a palomitas rancias y a sudor honesto, nadie veía degradación en la pantalla. veían a alguien que hablaba como ellos, que pensaba como ellos, que se enfrentaba a los poderosos con la única arma que el pueblo ha tenido siempre, la astucia y la capacidad de reírse de lo que duele. Don Rogelio respondió que ese era exactamente el problema, que esa imagen del mexicano que se defiende con el enredo y la risa era precisamente lo que México no podía exportar si quería ser tomado en serio por el mundo. Pedro lo escuchó sin

moverse. Los carpinteros saben que la herramienta más pequeña es la que abre la grieta exacta. En cambio, preguntó algo más concreto. Preguntó si don Rogelio sabía de dónde venía Mario Moreno. No la versión de los periódicos, la versión real. Don Rogelio afirmó que conocía la biografía pública del señor Moreno.

 Pedro precisó que conocer la biografía y entenderla eran dos cosas distintas. que Mario había nacido en Santa María la Ribera, en una vecindad donde el patio compartido era el único espacio que tenían 20 familias para respirar juntas, que había crecido entre las carpas del barrio, aprendiendo a hacer reír porque la risa era más urgente que muchas otras cosas.

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