Tenía 71 años, aunque parecía más. Las manos le temblaban un poco, no de miedo, sino de ese temblor suave que llega con los años y que los médicos llaman degenerativo y los hombres como él llaman, simplemente el tiempo. Llevaba 4 años sentándose en esa esquina todas las noches desde que Ernesto, su hijo, se había ido al norte.
La primera noche que salió con la guitarra no tenía ningún plan concreto, solo que necesitaba hacer algo con las manos, porque de lo contrario se quedaría dentro mirando la silla donde Ernesto se sentaba a cenar. Y eso era peor. La silla vacía tiene una presencia que la mayoría de la gente no entiende hasta que la experimenta.
No es ausencia, es una forma de presencia que duele de manera distinta, que ocupa el espacio de una manera diferente. Don Fermín había intentado mover la silla, ponerla de espaldas a la mesa y no había podido. La segunda noche regresó a la esquina porque la primera no había sido tan difícil.
La tercera noche ya era una costumbre y las costumbres en los hombres viejos son lo más parecido que existe a una oración. Cantaba lo que sabía que no era poco. Rancheras de Cuco Sánchez, canciones de Pedro Infante que se sabía de memoria desde los años 40. Algún bolero que Ernesto le había pedido una vez que le enseñara y que él había aprendido mal a propósito para tener excusa de repetirlo. La gente pasaba.

Algunos echaban monedas, otros ni miraban. Don Fermín no cantaba por las monedas, aunque las monedas ayudaban. cantaba porque en esa esquina, exactamente en esa esquina, se había despedido de su hijo Ernesto. Había partido un martes de octubre con la maleta pequeña de cartón prensado y la correa de cuero y el abrigo café que le había comprado don Fermín en el mercado de Tepito con el dinero que habían ahorrado entre los dos.
Durante meses, Ernesto tenía 32 años. Había trabajado desde los 14, primero con su padre en la plomería, luego solo arreglando lo que hubiera que arreglar en los edificios de la colonia. Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, que reía fácil cuando algo le parecía gracioso y que tenía la costumbre de silvar mientras trabajaba.
Siempre la misma melodía, siempre a medio terminar, como si nunca encontrara el momento de llegar al final. Don Fermín aún escuchaba ese silvido a veces en las noches cuando la vecindad se callaba y el único sonido era el goteo del grifo del patio. Se preguntaba si Ernesto seguiría silvando allá en el norte.
El automóvil se detuvo cerca de las 10 de la noche, un cadillac negro con las ventanas ligeramente abiertas, detenido por el congestionamiento de un camión que había volcado media carga de verduras tres cuadras adelante. Don Fermín ni lo notó. tenía los ojos cerrados y estaba cantando 100 años con esa voz rasposa que ya no era la voz que había tenido a los 40, pero que tenía algo que las voces jóvenes pocas veces tienen verdad.
No afinación, no potencia, ¿verdad? La diferencia entre las dos es enorme, aunque muchos nunca lleguen a entenderla. Cantaba para la calle vacía, para los faroles, para el humo que salía de las cocinas cercanas, para Ernesto, que en algún lugar del norte quizás podía escuchar si uno creía en esas cosas. Y don Fermín creía.
Adentro del cadillac, Pedro Infante dejó de hablar a la mitad de una frase. Don Genaro, el chóer, lo notó por el espejo retrovisor. Pedro tenía esa expresión que aparecía a veces. La del hombre que escucha algo que no esperaba escuchar. La del músico que reconoce en otra voz algo que él mismo ha buscado y que pocas veces encuentra.
Pedro bajó el vidrio hasta el fondo. El aire frío de la calle entró de golpe y el olor a tortillas y humo y ciudad dormida entró con él. Y la voz de don Fermín entró también más clara ahora, más real, con esa textura particular de quien canta porque no sabe hacer otra cosa cuando el alma duele. Para, dijo Pedro.
Don Genaro lo miró por el espejo. Señor infante, el tráfico va a ceder en un momento para el coche. Genaro. El cadiac se detuvo junto a la banqueta. Pedro abrió la puerta antes de que el motor terminara de apagarse. Sus zapatos de charol tocaron el asfalto mojado de la tarde. Se paró ahí un momento escuchando.
Don Fermín aún tenía los ojos cerrados. No había visto el coche, no había visto a Pedro. No había visto nada porque cuando cantaba de esa manera el mundo exterior, simplemente dejaba de existir. Pedro caminó despacio hacia él, no tenía prisa. Los hombres que reconocen algo sagrado nunca tienen prisa. Se detuvo a 2 met. esperó a que terminara el verso.
Don Fermín abrió los ojos lentamente como quien regresa de un viaje largo y encontró frente a él a un hombre de traje oscuro que lo miraba con una expresión que no era lástima ni curiosidad, sino algo más difícil de nombrar. Tardó varios segundos en entender lo que estaba viendo. Sus ojos recorrieron el rostro frente a él una vez, dos veces, tres.
Luego bajaron al suelo porque a veces la mente necesita mirar a otro lado para creer lo que acaba de ver. No puede ser”, murmuró Pedro. Sonrió con esa sonrisa suya que no era de actor, sino de hombre. Se sentó en el escalón de la entrada del edificio junto a don Fermín, como si fuera lo más natural del mundo. El hormigón frío, el olor a calle, las monedas en la caja de cartón.
Pedro se sentó en todo eso sin pensarlo dos veces. 100 años, dijo. La conozco bien. Don Fermín todavía no podía hablar. apretaba el mástil de la guitarra con una mano y con la otra buscaba las palabras que se le habían escapado todas a la vez. “Usted la canta diferente”, dijo Pedro. “Yo la he cantado muchas veces, miles de veces, pero usted le pone algo que yo ya no le pongo.
¿Cuánto tiempo lleva aquí?” Don Fermín tragó saliva. “4 años”, respondió finalmente. Más o menos. Pedro asintió. Todas las noches. Todas las noches que puedo. ¿Por qué esta esquina? La pregunta cayó suave, no era indiscreción, era la pregunta de alguien que ya sospecha la respuesta, pero quiere escucharla de la voz correcta.
Don Fermín miró la esquina. La miró como se miran los lugares que guardan algo. “Aquí me despedí de mi hijo”, dijo. “Hace 4 años se fue al norte a trabajar.” Él decía que era temporal, que en 2 años volvería con dinero suficiente para poner un pequeño negocio. “Tertería,” decía él. Siempre quiso poner una tortería.
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Pedro escuchaba sin moverse. El tráfico en la calle había cedido. El cadíac seguía allí con don Genaro adentro, que era un hombre discreto y sabía cuándo no moverse. La última vez que lo vi continuó don Fermín. Estaba parado aquí en esta esquina con su maleta, una maleta chica de cartón prensado con una correa de cuero.
Yo le toqué una canción antes de que se fuera. Esta canción, 100 años. Le dije que se la iba a tocar todas las noches hasta que volviera, para que supiera que yo estaba aquí esperando, para que si algún día pasaba por aquí de noche y me escuchaba, supiera que todavía estoy. Pedro miró la calle. El farol más cercano parpadeó una vez. ¿Y manda cartas?, preguntó.
Don Fermín metió la mano al bolsillo izquierdo y sacó el sobre. lo sostuvo en la palma abierta como se sostiene algo frágil, algo que puede romperse si uno no tiene cuidado. Lo miró un momento antes de responder. Mandaba, dijo, el primer año llegó una carta cada mes. El segundo año llegaron tres, el tercero llegó una sola.
Este año no había llegado nada. Hasta esta mañana Pedro miró el sobre en la mano de don Fermín. vio las esquinas gastadas, la mancha oscura a el sello del correo norteamericano vio también los dedos del viejo temblando levemente sobre el papel. “No la abierto, preguntó don Fermín”. Negó con la cabeza despacio. “¿Por qué?” El viejo tardó en responder.
Afuera alguien cerró una ventana en el segundo piso de la vecindad de enfrente. Un perro ladró dos veces en algún lugar de la colonia y luego se cayó. Porque mis ojos ya no sirven bien”, dijo don Fermín finalmente. “Para las distancias aún, pero para leer no. Necesito lentes que no tengo.
Y tampoco he querido pedirle a alguien del vecindario que me la lea, porque una carta de mi hijo es una carta de mi hijo, no es para cualquiera.” Pedro miró el sobre un momento largo, luego levantó la vista hacia don Fermín. “¿Me la permite?”, dijo. Don Fermín lo miró. Lo miró de verdad, no como se mira una celebridad, sino como se mira una persona.
Cuando uno necesita decidir si puede confiarle algo importante. Pedro sostuvo esa mirada sin moverse, sin apurarlo. El viejo extendió la mano y le entregó el sobre. Pedro lo tomó con cuidado, lo giró, vio el remitente en la esquina superior izquierda, una dirección en Fresno, California. una letra pequeña un poco torcida, la letra de alguien que no escribe mucho.
Abrió el sobrepacio sin romperlo y sacó la hoja dentro. La desdabló. Era una sola hoja escrita por los dos lados con esa misma letra pequeña y un poco torcida. Pedro empezó a leer. Su expresión no cambió de inmediato. Leyó el primer párrafo y sus ojos siguieron moviéndose. Leyó el segundo. En algún punto del tercero algo cambió. Algo casi imperceptible, una tensión mínima en la mandíbula, un parpadeo que duró una fracción de segundo más de lo normal.
Siguió leyendo. Don Fermín lo observaba sin respirar casi. Y leyendo el rostro de Pedro porque era lo único que podía leer en ese momento. Pedro pensó en su propio padre mientras leía. en delfín, infante, músico, él también, hombre de pocas palabras, él también, que había muerto antes de ver a su hijo convertirse en lo que se convirtió.
Pedro nunca había podido cantarle una canción a su padre de la manera en que hubiera querido, con el tiempo suficiente, con la calma necesaria, sin el apuro de las giras y las grabaciones y los compromisos que siempre había. Había una deuda que no se paga, no porque no se quiera pagar, sino porque el tiempo se va antes de que uno se dé cuenta de que había una deuda.
Pedro conocía esa deuda desde adentro. la cargaba desde hacía años con la misma discreción con que los hombres de su generación cargaban las cosas pesadas sin mostrarlas, sin mencionarlas, pero sin soltarlas tampoco. Pedro terminó, dobló la carta despacio, la dobló exactamente como estaba antes, en tres partes, con cuidado, la sostuvo entre los dedos un momento.
Ton Fermín esperó, el ruido de la ciudad seguía allí. Amortiguado, el farol parpadeó de nuevo. Algún radio lejano tocaba una cumbia que se mezclaba con el viento. Pedro levantó la vista hacia el viejo. “Su hijo dice que está bien”, dijo. Que ha estado trabajando mucho en los campos del norte y que ha habido temporadas difíciles. Que lo perdone por no haber escrito antes.
¿Qué piensa en usted noches? Don Fermín apretó los ojos. Una lágrima le bajó por la mejilla derecha despacio, como si también ella tuviera 71 años. Eso dice, murmuró. Pedro asintió. Y lo de la tortería. Pedro miró la carta un momento, luego volvió a mirar al viejo, que no se le ha olvidado, dijo que sigue siendo el plan.
Don Fermín soltó el aire que había estado guardando. Quién sabe desde cuándo. Sus hombros bajaron, sus manos sobre la guitarra dejaron de temblar por un instante. Cerró los ojos. y se quedó así, quieto, con la cara levantada hacia el cielo oscuro de la colonia doctores, como si estuviera recibiendo algo que llevaba mucho tiempo esperando.
Pedro guardó la carta en el sobre, la dobló, se la devolvió al viejo sin decir nada más. Don Fermín la apretó contra el pecho. “Gracias”, dijo. La palabra le salió pequeña, casi rota, pero estaba cargada de todo lo que no puede decirse de otra manera. Pedro no respondió de inmediato. Miró la guitarra apoyada en la rodilla del viejo.
Era una guitarra vieja con la caja un poco aboyada en un costado y las cuerdas oscurecidas por años de uso. Pero las cuerdas eran buenas. Alguien las había cambiado recientemente. Don Fermín le daba mantenimiento a la única cosa que le quedaba de algo. ¿Me la preste un momento? Preguntó Pedro. Don Fermín lo miró sorprendido.
Luego extendió la guitarra sin preguntar nada. Pedro la tomó, la colocó sobre las rodillas, ajustó la posición de los dedos con la naturalidad de quién ha hecho eso miles de veces. Pulsó una cuerda para escuchar la afinación. Hizo un ajuste mínimo en la clavija. Volvió a pulsar, asintió para sí mismo.
Empezó a tocar 100 años. No lo tocó como se toca en un escenario, lo tocó como se toca en una banqueta a las 10 de la noche para un solo hombre. En la esquina donde ese hombre se había despedido de su hijo, lo tocó sin adornos, sin vibrato innecesario, con esa economía que solo tienen los músicos que ya no necesitan demostrar nada.
Y cantó, cantó con la voz bajita, casi hablada, como si la canción fuera solo para don Fermín y para nadie más. Cantó como su madre refugio le había enseñado a cantar en las noches de Guamuchil, cuando él era niño y no había dinero para nada. Pero había canciones, siempre había canciones porque su madre decía que la música no se come, pero alimenta el alma.
Y cuando el alma está llena, todo lo demás se hace posible. Pedro había cantado esa idea frente a multitudes de miles de personas, pero muy pocas veces la había cantado de verdad. para alguien que la necesitara de verdad en la oscuridad de una calle sin escenario y sin aplausos. El viejo escuchaba con los ojos cerrados y la carta apretada contra el pecho.
Dos mujeres que pasaban por la banqueta se detuvieron sin entender del todo lo que estaban viendo. Un hombre que sacaba la basura de la vecindad enfrente se quedó inmóvil con la bolsa en la mano. Nadie hizo ruido, nadie se acercó. Era de esos momentos que la gente reconoce instintivamente como algo que no se interrumpe. El farol de la esquina dejó de parpadear por un momento, como si también él estuviera prestando atención.
Cuando Pedro terminó, el silencio duró varios segundos. Don Fermín abrió los ojos. Tenía las mejillas mojadas, pero no parecía avergonzado. Los hombres de su generación no lloraban fácilmente, pero cuando lo hacían no se escondían. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le cantó a usted, don Fermín?”, preguntó Pedro suavemente.
El viejo pensó un momento. Mi esposa dijo antes de morir hace 12 años. Me cantaba cuando yo llegaba cansado del trabajo, no más así y bajito mientras yo me quitaba los zapatos. Una canción cualquiera, no importaba cuál. Pedro asintió, devolvió la guitarra. “¡Cuídala!”, dijo señalando el instrumento. “Está afinada.” Se puso de pie. Se sacudió el pantalón.
Don Fermín intentó incorporarse también, pero Pedro puso una mano en su hombro. Quédese, dijo, “Todavía hay noche.” Don Fermín lo miró desde abajo. Había una pregunta en sus ojos que no llegó a hacerse en voz alta. Pedro la vio, pero no la respondió directamente, solo dijo lo que tenía que decir. Su hijo lo escucha, don Fermín, aunque no esté aquí, lo escucha.
Y luego caminó hacia el cadak. Don Genaro abrió la puerta sin que se lo pidieran. Antes de subir, Pedro se detuvo un segundo, no se dio vuelta, solo dijo en voz baja, casi para sí mismo, “Siga tocando.” El coche se alejó por correo mayor y dobló en la esquina y desapareció. Don Fermín se quedó sentado en su escalón con la guitarra en las rodillas y la carta apretada contra el pecho y el eco de 100 años todavía flotando en el aire de la colonia Doctores.
Las dos mujeres que habían visto todo se miraron entre sí saber qué decir. El hombre de la basura entró a su vecindad en silencio. La noche siguió su curso. Los faroles siguieron parpadeando. La ciudad siguió siendo la ciudad. Don Fermín comenzó a tocar de nuevo. Aquella historia no salió en ningún periódico. Pedro nunca la mencionó en ninguna entrevista.
No hay fotografías. No hay testigos que hayan dado su nombre. No hay registro oficial de nada, solo el recuerdo de dos mujeres que pasaban por mes aquella noche y que por el resto de sus vidas juraría cada una que había visto a Pedro Infante sentado en una banqueta tocando la guitarra para un viejo desconocido.
Cada una contaba la historia de manera ligeramente diferente. Una decía que Pedro había llorado, la otra decía que no, que Pedro había sonreído todo el tiempo. Ninguna de las dos podía explicar por qué la escena las había hecho llorar a ellas. Lo que sí se sabe porque don Fermín se lo contó a su vecina, doña Carmen, años después.
Es lo que decía la carta en realidad. No decía que Ernesto estaba bien, no decía nada de la tortería. La carta era de un hospital en Fresno. Comunicaba que Ernesto había muerto seis semanas antes en un accidente de trabajo, que habían encontrado en sus pertenencias, el nombre y la dirección de su padre en Ciudad de México, que lo sentían mucho.
Don Fermín supo que Pedro había leído eso. Lo supo porque lo había visto en su cara en ese parpadeo que duró un poco más de lo normal, en la tensión mínima de la mandíbula. Y aún así, Pedro le había dicho lo que le dijo. Doña Carmen le preguntó por qué nunca había dicho nada, por qué había dejado que Pedro le mintiera sin corregirlo.
Don Fermín pensó un momento antes de responder, porque esa noche dijo, necesitaba escuchar eso y él lo sabía. Años después, en el velorio de Pedro, en abril de 1957, don Fermín estuvo entre las 300,000 personas que se congregaron para despedirlo. Fue en camión. tardó 4 horas en llegar. Hizo fila durante 6 horas más bajo el sol de Ciudad de México. Llevaba la guitarra.
Cuando finalmente pasó frente al féretro, se quedó allí parado un momento, sin rezar, sin llorar, mirando el rostro de ese hombre, que una noche se había sentado a su lado en una banqueta fría y había cargado solo un peso que no le correspondía. Tocó una sola nota, la primera de 100 años y se fue.
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