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Pedro Infante se tiró al suelo… y José Alfredo Jiménez tuvo que darle la canción

José Alfredo se levantó de la silla y apagó la radio con un gesto seco. El silencio que quedó fue denso.  Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal. Afuera, la Ciudad de México respiraba con su ritmo habitual de claxones y vendedores ambulantes, pero adentro todo estaba quieto.

 José Alfredo pensaba en Pedro, en su  amigo, en su compadre de cariño, en el hombre que más canciones suyas había grabado en toda la historia de la música mexicana. 45 canciones, 45 criaturas nacidas de su corazón que Pedro había tomado entre sus  manos y había convertido en algo más grande de lo que él mismo había imaginado.

 Pero también pensaba en los gritos, en esas expresiones que Pedro lanzaba al aire cada vez que la música le daba espacio,  en esos alaridos de cantina que convertían sus poemas en algo que él no reconocía. No era la primera vez que lo pensaba. Llevaba meses masticando esa incomodidad sin saber cómo expresarla, porque expresarla significaba enfrentarse a Pedro.

  Y enfrentarse a Pedro era enfrentarse a la fuerza más querida del país entero. No se trataba de un cantante cualquiera. Pedro Infante era el ídolo de México, el hombre que llenaba teatros, cines y plazas con solo pronunciar su nombre, el carpintero de Guamuchil, que se había convertido en la voz de todo un pueblo.

Y sin embargo, para José Alfredo, Pedro era otra cosa. Era el amigo que llegaba sin avisar, que se sentaba en el suelo a jugar con el tren eléctrico durante horas, que traía regalos absurdos para los niños y que se reía con una carcajada tan limpia que era imposible no contagiarse. Eran compadres de cariño, no de bautizo, de algo más profundo, de una afinidad que no necesitaba papel ni iglesia para existir. Se conocieron en 1948.

José Alfredo apenas empezaba a sonar en las estaciones de radio. Pedro ya era una estrella consolidada. Alguien los presentó en un evento musical y desde el primer momento hubo una conexión que ninguno de los dos supo explicar. José Alfredo venía de Dolores Hidalgo, Pedro venía de Guamuchil.

 Ambos conocían la pobreza, ambos sabían lo que costaba llegar a la capital con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de canciones. Desde aquel primer encuentro, la relación fue creciendo como crecen las cosas verdaderas. Sin prisa,  sin contrato, Pedro empezó a grabar las canciones de José Alfredo con una devoción que sorprendía a los productores.

 No era solo que las cantara bien, era  que las sentía, las tomaba como propias, las hacía suyas con esa voz cálida que parecía salir no de la garganta, sino de algún lugar más antiguo. Cuando  el destino, el jinete, paloma querida, un mundo raro, cada canción que José Alfredo le entregaba volvía transformada en algo que el compositor no esperaba.

 más grande, más profunda, más viva. Y durante años eso fue  suficiente. Durante años, José Alfredo sintió orgullo cada vez que escuchaba su música en la voz de Pedro, pero los gritos empezaron a molestarle. Al principio fueron pequeñas interrupciones, un alarido aquí, una frase improvisada allá.

 Pedro cantaba la canción con respeto hasta que llegaba el puente musical. Entonces algo se apoderaba de él, como si el silencio entre estrofas le resultara insoportable. Necesitaba llenarlo y lo llenaba con expresiones que le nacían del alma, pero que no estaban escritas en ninguna partitura. Ay, ay, ay, infeliz, te vas, pero no llegas lejos.

 O también sufre corazón, que para eso naciste. José Alfredo escuchaba esas grabaciones y sentía que alguien le rayaba un cuadro con un clavo. Sus canciones eran poemas, cada palabra elegida con cuidado, cada silencio calculado. Los puentes musicales no eran vacíos, eran respiraciones. Eran el espacio donde el oyente debía sentir lo que la letra acababa de decir y Pedro los llenaba de ruido.

Lo intentó decir de forma indirecta. En una comida le comentó que las canciones tenían su propio ritmo. En otra ocasión le sugirió que los silencios también cantaban. Pedro lo escuchó con atención. Asintió con esa sonrisa enorme que desarmaba a cualquiera y siguió haciendo exactamente lo mismo.

 No era rebeldía, era naturaleza. Pedro cantaba como respiraba. Los gritos eran parte de su sangre sinaloense, parte de la tradición vernácula que llevaba tatuada en el pecho desde antes de saber leer música. José Alfredo recordaba con claridad el viaje que habían hecho juntos 3 años antes, en 1951. El director Emilio, el Indio Fernández, estaba preparando la película Las Islas Marías. Pedro era el protagonista.

Felipe, un hombre acusado injustamente de un crimen. La película se rodaría en la propia isla prisión. El indio invitó a José Alfredo a acompañar al equipo. No tenía papel, no tenía función, solo iba como parte del grupo, como acompañamiento. José Alfredo aceptó sin pensarlo mucho. Tal vez fue una corazonada, tal vez fue simplemente que Pedro iba y eso bastaba.

 Pero cuando llegaron al puerto de embarque y vieron los lanchones que los llevarían a las islas, algo cambió. José Alfredo no sabía nadar, nunca había aprendido. Y los lugareños les contaron que en esas aguas había tiburones. El compositor miró a Pedro. Pedro lo miró a él. Fue uno de esos momentos donde las palabras sobran.

 Dos hombres parados frente al mar con la certeza de que el viaje podía salir muy mal. El equipo de producción ya estaba organizando los baúles.  Gabriel Figueroa preparaba su cámara. El indio daba órdenes a gritos como un general en campaña. Y José Alfredo sentía que cada minuto que pasaba se arrepentía más de haber aceptado.

 Fue entonces cuando Pedro le puso la mano en el hombro, un gesto simple, sin discurso, sin promesas grandiosas, solo una mano firme sobre el hombro de un amigo asustado y le dijo que buscaran una cantina antes de embarcarse, al menos para darse valor. José Alfredo sonrió a pesar del miedo. Esa era la esencia de Pedro. No pretendía ser valiente.

 No fingía que el peligro no existía, simplemente proponía un trago y una canción como solución para cualquier abismo. Encontraron una cantina en el puerto, se sentaron,  pidieron tequila y durante una hora hablaron de todo menos de tiburones, de la infancia, de los sueños rotos, de las canciones que les quedaban por escribir y por cantar.

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