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Pedro Infante salvó inocente de ejecución – 48 horas para probar verdad

 El set estaba en silencio. El director se acercó. Pedro, todo bien. Continuamos. Pedro no respondió inmediatamente. Sus ojos seguían fijos en las palabras. Moriré fusilado pasado mañana al amanecer. Don Chuy, ¿cuánto dura el vuelo a Matamoros? 3 horas, tal vez cuatro, si hay escalas. El director intervino. Pedro, ¿no estarás pensando en ir? Tenemos calendario de filmación, contratos, compromisos.

 Pedro lo miró directo a los ojos. Un hombre va a morir, un hombre inocente. Eso dijiste la semana pasada de otro caso y resultó ser estafa. Esto es diferente. ¿Cómo lo sabes? Porque lo siento aquí. Pedro se tocó el pecho. Cuando algo es verdad, lo sientes. Y esto es verdad. Llamó a su abogado personal, licenciado Méndez.

Licenciado, necesito que investigue un caso en Matamoros. Roberto Vega, condenado a muerte. ¿Qué quiere que busque? Todo el expediente, el juicio, los testigos, las pruebas. Y lo necesito en 6 horas. Pedro, eso es imposible. Entonces, hágalo en cinco. Una hora después, Pedro recibió la llamada. Licenciado, ¿qué encontró Pedro? Este caso apesta.

 El juicio duró un día, un solo día. No hubo testigos de defensa. La evidencia es circunstancial. Y el comandante a cargo, Esteban Durán, tiene historial turbio. Desapariciones, torturas, extorsiones. El muchacho es inocente. No puedo confirmarlo sin investigar más, pero el proceso fue una farsa suficiente. Prepara documentos de apelación.

 Yo voy para allá. Pedro, si vas, ten cuidado. Durán es peligroso. No le va a gustar que una estrella de cine meta la nariz en sus asuntos. Pedro colgó, miró a Don Chuy. Prepara maletas, nos vamos a matamoros ahora. Y la película que espere. Hay cosas más importantes que el cine. Esa noche, Pedro Infante abordó un avión a Matamoros con una sola certeza.

Tenía 42 horas para deshacer una injusticia. 42 horas para enfrentarse a un sistema corrupto. 42 horas para salvar a un hombre que solo había visto en palabras escritas. Pero lo que Pedro no sabía era que el comandante Durán ya había sido informado de su llegada. Y esa misma noche, en una cantina oscura de matamoros, Durán le dijo a sus hombres algo escalofriante.

Si Pedro Infante llega aquí, si intenta reabrir este caso, haremos que desaparezca. accidente de avión, asalto en carretera, lo que sea, pero no saldrá vivo de Matamoros. Pedro Infante aterrizó en Matamoros a las 11 de la noche. El aeropuerto estaba casi vacío. Solo un taxi viejo esperaba afuera. Don Chuy cargó las maletas.

 ¿A dónde vamos, jefe? Al penal municipal. A esta hora no dejan entrar visitas, entonces tocaremos hasta que abran. El taxi los llevó por calles oscuras, polvorientas. Matamoros de noche parecía pueblo fantasma. Llegaron al penal, un edificio gris con rejas oxidadas. Pedro tocó la puerta de metal. Nadie respondió. Tocó más fuerte.

 Finalmente, un guardia abrió una ventanilla. ¿Qué quieren? Vengo a ver a Roberto Vega. No hay visitas después de las 6. Es urgente. El guardia lo miró con desprecio. No me importa qué tan urgente sea. Regrese mañana. Pedro se quitó el sombrero. El guardia lo reconoció instantáneamente. Usted es Pedro Infante, el mismísimo.

 Y vine desde Ciudad de México para ver a ese muchacho. El guardia dudó. Espere aquí. Desapareció. 10 minutos después regresó con el director del penal, un hombre mayor con uniforme arrugado. Señor infante, esto es irregular. Lo sé, director, pero mañana será demasiado tarde. El muchacho será ejecutado.

 Por eso mismo ya no hay oh nada que hacer. Siempre hay algo que hacer mientras un hombre respire. El director suspiró. 15 minutos nada más. Los escoltó a través de celdas oscuras. El penal olía a humedad y desesperanza. Llegaron a una celda solitaria al fondo. Roberto Vega estaba sentado en el suelo, cabeza entre las manos.

 El guardia golpeó los barrotes. Vega, ¿tienes visita? Roberto levantó la vista. Sus ojos estaban rojos sin esperanza. Cuando vio a Pedro Infante, pensó que estaba soñando. No, no es posible. Soy yo, Roberto. Vine. Pero yo solo te envié el telegrama esta mañana. Pensé que nunca llegaría. Llegó y aquí estoy. Roberto se levantó tembloroso.

 Se acercó a los barrotes. ¿Usted realmente vino? Las lágrimas comenzaron a brotar. Nadie, nadie me ha creído. Mi propia familia piensa que soy culpable. Yo te creo y vamos a probar tu inocencia. ¿Cómo me fusilan en 38 horas? Entonces trabajaremos 38 horas sin parar. Cuéntame todo desde el principio. Roberto respiró profundo.

 La noche del 10 de febrero, yo estaba en el taller mecánico del señor Campos reparando un Chevrolet hasta las 11 de la noche. El dueño puede confirmarlo. A las 10:30 mataron a Julio y Barra, el hijo del alcalde, en su casa. Le dispararon tres veces. Robaron dinero y joyas. Dijeron que fui yo. ¿Por qué te acusaron? Porque dos semanas antes tuve una pelea con Julio.

 Me debía 200 pesos por reparar su coche. Cuando le cobré, me empujó, me insultó. Yo lo empujé de regreso. Hubo testigos. Y la evidencia. El comandante Durán dijo que encontraron mi navaja en la escena del crimen, pero esa navaja me la robaron días antes. Alguien entró a mi casa y se la llevó. Presenté denuncia.

 ¿Hay testigos de que estabas en el taller? Sí, el señor Campos, mi jefe, y un cliente que recogió su coche esa noche a las 10. Testificaron en el juicio. El señor Campos. Sí, pero el juez dijo que era mi amigo, que mentiría por mí. El cliente nunca fue llamado. ¿Quién es? Se llama Armando, Leal. vive en la colonia Guadalupe.

 Pedro anotó todo. Y el comandante Durán, “¿Qué sabes de él?” Roberto bajó la voz. Todo el pueblo le tiene miedo. Dicen que maneja contrabando en la frontera, que elimina a quien se interpone. Y yo creo que Julio y Barra sabía algo. Por eso lo mataron y me culparon a mí. Pedro sintió un escalofrío.

 Esto era más grande de lo que pensaba. El guardia interrumpió. Se acabó el tiempo. Pedro tomó la mano de Roberto entre los barrotes. Escúchame bien, no vas a morir. Te lo prometo. Voy a encontrar la verdad. Roberto lloró. Gracias, señor infante. Gracias por creer en mí. Salieron del penal. Don Chuy temblaba. Jefe, esto es peligroso.

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