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Pedro Infante no tenía dinero ni traje elegante ___ Lo que cantó ese día en 1939 cambió su destino

 Sabía lo que contía ese sobre. Lo había estado esperando durante tres semanas. Desde el día que subió las escaleras del edificio de XB Radio en la avenida Independencia, entró a un estudio que olía a tabaco y micrófonos antiguos y cantó frente a cinco hombres en traje que lo miraban con expresiones imposibles de descifrar. había cantado dos canciones completas, sin acompañamiento, solo su voz contra el silencio pesado de ese cuarto.

 Los hombres no dijeron nada cuando terminó, solo anotaron algo en sus papeles y el más viejo le dijo que esperara respuesta por correo. Pedro recogió el sobre con manos que temblaban ligeramente y lo abrió con cuidado para no romper el papel. Adentro había una hoja mecanografiada en papel membretado de la estación. leyó las primeras líneas, sintió que algo dentro de su pecho se comprimía hasta volverse del tamaño de una piedra.

 Estimado señor infante, lamentamos informarle que después de cuidadosa consideración hemos decidido no proceder con su solicitud para el programa de talentos nuevos. Le deseamos éxito en sus futuros proyectos musicales. La carta no decía por qué, no explicaba que había fallado, que faltaba en su voz o en su presentación.

 Solo lo rechazaba con cortesía fría y profesional, como quien cierra una puerta sin hacer ruido. Pedro dobló la carta lentamente y la guardó en el bolsillo de su pantalón de trabajo. Se quedó parado en medio del taller mirando la silla a medio terminar. La lija todavía estaba en su mano derecha. Por primera vez en mucho tiempo no supo qué hacer con sus manos.

 Había esperado este momento durante tres semanas. Imaginando cada posible resultado, había ensayado en su cabeza la escena donde abría el sobre y leía palabras de aceptación. Había soñado con contarle a su madre que finalmente tendría oportunidad de cantar en la radio, que su voz llegaría a miles de casas.

 que tal vez podría dejar de trabajar madera y vivir de la música, pero nunca había ensayado este momento, esta sensación de vacío que empezaba en el estómago y subía hasta la garganta. El sonido de pasos en la calle lo sacó de su parálisis. Don Macario entraba al taller secándose la frente con un pañuelo arrugado y diciendo algo sobre el calor insoportable de octubre.

 Pedro volvió a su banco de trabajo, tomó la lija y continuó trabajando en la pata de la silla como si nada hubiera pasado. Dom Macario no preguntó por el sobre que había visto caer y Pedro no ofreció explicaciones. Trabajaron en silencio hasta que el sol comenzó a ponerse y las sombras del taller se alargaron como dedos oscuros sobre las herramientas colgadas en la pared.

 Cuando Pedro llegó a la pequeña casa de huéspedes, donde rentaba un cuarto en la colonia Guerrero, su madre estaba sentada en el patio común pelando papas para la cena. María del Refugio Cruzaranda tenía 53 años, pero parecía mayor. Sus manos nunca descansaban. Sus ojos siempre parecían estar calculando cuánto dinero quedaba para llegar al fin de semana.

Había viajado desde Sinaloa dos meses atrás para quedarse con Pedro. Estaba preocupada porque su hijo vivía solo en la capital y trabajaba demasiadas horas sin comer bien. Cuando vio a Pedro entrar con los hombros caídos y expresión derrotada, dejó las papas y se limpió las manos en el delantal. Pedro se sentó en la silla de metal junto a ella y sacó la carta del bolsillo.

 No dijo nada, solo le entregó el papel. Su madre lo leyó con labios que se movían ligeramente. Pronunciaba cada palabra en silencio, como hacía siempre que leía algo importante. Cuando terminó, dobló la carta con cuidado y la colocó sobre la mesa de madera gastada que había entre ellos.

 El patio olía a ropa recién lavada que colgaba en los tendederos y a gasel nafre, donde la vecina de al lado cocinaba frijoles. Los niños de otra familia jugaban en el fondo del patio gritando y riendo sin preocupaciones. María del Refugio miró a su hijo con ojos que habían visto demasiadas dificultades para sorprenderse por una más.

 Le puso la mano sobre el brazo y le dijo que una puerta cerrada no significaba que todas las puertas estuvieran cerradas. Pedro asintió sin mirarla con la vista fija en las baldosas agrietadas del patio. Le dijo que tal vez los hombres de la radio tenían razón. Tal vez su voz no era suficientemente buena. Tal vez debería conformarse con ser carpintero porque al menos era un oficio honesto que ponía comida en la mesa.

 Su madre apretó su brazo con más fuerza. le respondió que ella lo había escuchado cantar desde que era niño. Había visto como la gente se detenía escucharlo cuando cantaba en las plazas de Guamuchil. Una voz así no podía quedarse encerrada en un taller de carpintería solo porque cinco hombres en traje no supieron reconocerla.

 Pedro se permitió llorar esa noche por primera vez desde que había llegado a la ciudad de México. Lloró en silencio en su cuarto pequeño que daba el patio acostado en el catre, angosto con los sonidos de la ciudad filtrándose por la ventana sin vidrio. Lloró por el sueño roto. Lloró por las horas que había pasado ensayando canciones mientras trabajaba madera.

 lloró por la vergüenza de haberle contado a algunos compañeros del taller que pronto cantarían la radio, pero sobre todo lloró por el miedo de que su madre tuviera razón y él no fuera lo suficientemente valiente para intentarlo de nuevo. Los días siguientes fueron mecánicos y vacíos. Pedro trabajaba en el taller desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, liijando, cortando, barnizando muebles.

Dom Macario le había aumentado el sueldo, pesos a la semana. Por las noches comía lo que su madre preparaba, conversaba poco y se acostaba temprano. La guitarra que había construido cuando tenía 16 años estaba guardada debajo de su catre, envuelta en una manta vieja. no la había tocado desde el rechazo. Su madre notó el silencio musical y no preguntó por qué. Pasaron tr meses.

 El invierno llegó con mañanas frías. Pedro seguía trabajando, ahora con más responsabilidades. Por las noches, cuando todos dormían, a veces sacaba la guitarra y tocaba cordes suaves. No cantaba, solo dejaba que sus dedos recordaran las posiciones. Una tarde de enero de 1939, de mientras Pedro barnizaba una cómoda en el taller, entró un hombre mayor vestido con traje gris y sombrero de fieltro.

 Era cliente regular de don Macario, un señor que trabajaba en la secretaría de comunicaciones y que cada cierto tiempo encargaba muebles para su oficina. El hombre conversó con don Macario sobre un escritorio que necesitaba. Luego, casi como comentario casual, mencionó que Icheve Radio estaba buscando nuevos talentos para un programa que comenzaría en marzo.

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