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Pedro Infante IBA a SALVARSE, pero algo LO HIZO subir al avión

No había lugar para él. No había manera de llegar a tiempo, a menos que a menos que volara en uno de los aviones de la empresa. Pedro era accionista de Transportes Aéreos Mexicanos SA, mejor conocida como Tamsa. La compañía tenía varios aviones de carga que hacían rutas regulares por todo el país.

Y esa mañana uno de esos aviones despegaría desde Mérida Rumbo al Distrito Federal. Un Kensaledatid C87 Liberate Express. Matrícula XUK. Un tetramotor pesado, difícil de maniobrar, con fama de problemático. Un avión que Pedro conocía muy bien, demasiado bien, porque ese avión, ese maldito avión, ya le había dado varios sustos antes.

Antes de continuar, no olvides suscribirte al canal. Si te está gustando la historia del ídolo de millones, Pedro Infante, deja tu like y comenta qué te pareció. Meses atrás, Pedro había piloteado ese mismo avión, LXU, un monstruo de metal con cuatro motores y una reputación siniestra entre quienes lo conocían.

Los pilotos de Tamsa sabían que ese aparato era caprichoso, que sus controles eran duros, difíciles de manipular, que el cuarto motor tenía tendencia a fallar, que era, en pocas palabras, un avión traicionero. Pedro lo había experimentado en carne propia. Aquella tarde, volando de regreso al Distrito Federal, se preparaba para aterrizar cuando de pronto el tren de aterrizaje se atascó.

Los neumáticos no bajaban. El sistema no respondía. Pedro intentó una y otra vez, pero nada. El pánico comenzó a invadirlo. Una aeronave de ese tamaño, intentando aterrizar sin tren de aterrizaje, podía terminar en tragedia. Podía derrapar, estrellarse, explotar. Pedro comenzó a volar en círculo sobre la ciudad mientras luchaba con los controles.

El combustible se agotaba, el tiempo se acababa, los minutos se volvieron eternos. Pensó en su familia, en sus hijos, en todo lo que había construido, en todas las promesas que había hecho y roto, como aquella vez que le prometió a Ismael Rodríguez, su gran amigo y director, que no volvería a volar, que los aviones eran demasiado peligrosos, que ya había tenido suficientes accidentes.

incluso le firmó un contrato donde se comprometía a no subirse nunca más a una aeronave. Pero Pedro rompió esa promesa porque volar no era solo una afición para él, era una necesidad, una pasión que corría por sus venas como la sangre. Le confesó a Ismael que simplemente no podía dejarlo, que sin volar se sentía vacío, incompleto, que los cielos eran su verdadero hogar.

Y ahí estaba atrapado en el aire. con el tren de aterrizaje atascado y la muerte acechándolo desde cada rincón de la cabina hasta que milagrosamente el sistema se desatascó. El tren bajó. Pedro pudo aterrizar. Llegó a casa temblando, pálido, con el semblante desencajado. María Luisa lo vio entrar y supo que algo terrible había pasado.

Cuando Pedro le contó lo sucedido, terminó su relato con una frase que quedaría grabada para siempre. Ese maldito avión ya me ha dado varios sustos, viejita. No me vuelvo a trepar a él, te lo juro. Pero los juramentos de Pedro Infante tenían fecha de caducidad, porque esa mañana del 15 de abril de 1957, cuando llegó al aeropuerto de Mérida en su motocicleta, descubriría que el único avión disponible para llevarlo al Distrito Federal era precisamente el XUK, el mismo que había jurado no volver a abordar. El mismo que casi lo mata, el

mismo que en unas horas cumpliría su amenaza. Pedro se quedó mirando aquel gigante de metal. Sabía lo que representaba, sabía el riesgo, pero también sabía que no tenía opción. Tenía que llegar, tenía que resolver el problema legal, tenía que proteger a Irma. El destino, con su ironía cruel, lo ponía frente a frente con su peor pesadilla.

Y Pedro, siendo Pedro, decidió enfrentarlo. La historia de amor entre Pedro Infante y los aviones comenzó mucho antes de ese fatídico día. Fue una pasión que nació cuando apenas tenía 28 años, cuando la fama empezaba a sonreírle y el dinero finalmente le permitía cumplir sueños que de niño parecían imposibles. Su primer gran sueño no fue comprar una mansión.

No fue un auto de lujo, fue una avioneta, un pequeño aparato que le permitiría tocar el cielo con las manos. Pedro tomó clases de aviación con una obsesión casi enfermiza. Pasaba horas estudiando manuales, practicando maniobras, sintiendo como el viento jugaba con las alas de su aeronave. Allá arriba, en las nubes, lejos del ruido, del acoso, de las exigencias, Pedro encontraba paz. encontraba silencio.

Encontraba una versión de sí mismo que nadie más conocía. El hombre detrás del ídolo, el ser humano detrás de la leyenda. En 1949 finalmente obtuvo su licencia de piloto aviador. Durante el examen médico le detectaron problemas de la vista. Le exigieron usar lentes al volar, pero eso no lo detuvo.

Para celebrar se compró una segunda avioneta y luego una tercera. y una cuarta. A lo largo de 11 años, Pedro llegaría a tener siete aeronaves. Algunas las regaló a sus maestros de aviación, otras las vendió, pero todas fueron parte de esa adicción que lo consumía. Sin embargo, volar también trajo consigo el dolor. Los accidentes comenzaron casi desde el principio.

Pequeños incidentes que con el tiempo se volvieron cada vez más graves. En Sinaloa, su avioneta se estrelló contra unos maisales. Pedro salió con vida, pero el impacto le dejó una cicatriz permanente en el lado derecho de la barbilla, una marca que llevaría el resto de su vida. Un recordatorio de que el cielo cobra sus deudas.

Dos meses después de obtener su licencia, Pedro vivió el peor susto de su existencia. Fue en Sitácuaro, Michoacán. Volaba acompañado de su pareja, Lupita Torrentera. El clima se puso turbulento. Pedro perdió el control. La avioneta comenzó a caer. Se estrelló contra una parcela con una violencia brutal. El aparato rebotó varias veces como una pelota de acero, hasta volcarse completamente.

Lupita salió prácticamente ilesa, pero Pedro no tuvo la misma suerte. El impacto le rompió el cráneo. La herida era tan profunda que se podía ver parte de su cerebro. Los testigos pensaron que estaba muerto, que no había manera de que sobreviviera, pero Pedro Infante tenía una fuerza descomunal, una voluntad de hierro.

Luchó contra la muerte y ganó. Los médicos le salvaron la vida, pero otra cicatriz quedaría marcada en su frente. Otra advertencia del destino. Después de ese accidente, Pedro prometió no volver a volar. Lo juró frente a sus seres queridos, frente a sus amigos, frente a Dios. Pero las promesas de Pedro Infante duraban poco cuando se trataba de aviones, porque el cielo lo llamaba con una voz que no podía ignorar.

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