Posted in

PEDRO INFANTE hizo lo que NINGÚN actor se atrevió — Contradecir a La DOÑA

 Como siempre,  llegó sonriendo. Como siempre, llegó saludando a todos, al utilero, al fotógrafo, al muchacho que repartía los programas en la puerta. Era imposible no quererlo. Era como odiar al sol. Tenía 33  años y estaba en el centro absoluto de su carrera. Tres películas ese año, dos discos, un país entero que pronunciaba  su nombre como si fuera una oración.

 Pero esa noche Pedro Infante no era el tema de conversación. El tema de conversación llegó 40 minutos  después, cuando las puertas del Teatro Arbeu se abrieron por segunda vez y el aire cambió. Cambió de verdad. Cómo cambia cuando entra alguien que no necesita anunciarse porque  su sola presencia lo dice todo. María Félix entró sin prisa, sin disculpas,  con un vestido color vino que parecía diseñado para recordarle al mundo entero que existía  una diferencia entre ser bella y ser poderosa y que ella era las dos cosas al  mismo

tiempo. 400 personas la miraron. Ninguna habló. Eso era la doña y lo que estaba a punto de ocurrir esa noche dentro del teatro Arbeu se convertiría  en la historia más repetida, más debatida y más malentendida del cine mexicano. Una historia  que el mundo creyó conocer durante décadas.

 Una historia cuya verdad tardó años en salir  a la luz. Esta es historia, la historia de la noche en que Pedro Infante hizo lo que ningún actor se había atrevido a hacer. contradecirle la cara a la doña  y sobrevivir para contarlo. Para entender lo que ocurrió esa noche en el Teatro Arbeu, hay que entender  primero quién era María Félix en 1953.

No la leyenda, no el mito, no la imagen, que los años fueron puliendo hasta volverla casi abstracta. Hay que entender a la mujer real, a la que existía detrás de la coraza,  a la que el mundo del espectáculo mexicano había aprendido a temer con una mezcla de fascinación y genuino pavor. María Félix  tenía 39 años y llevaba una década siendo la figura más intimidante de la industria.

  No la más querida, no la más popular en el sentido en que Pedro Infante era popular, sino la más respetada, que en ese mundo era una palabra que significaba algo muy distinto. Respetada quería decir que nadie se atrevía a llevarle la contraria, que los directores preparaban sus argumentos con cuidado antes de hablar con ella, como quien prepara un caso legal.

 que los actores que compartían créditos con  ella llegaban al set con una hora de anticipación, porque llegara al mismo tiempo que la doña se sentía como  una impertinencia. Había algo en su manera de ocupar el espacio que desafiaba todas las reglas  no escritas sobre cómo debía comportarse una mujer en ese México de los años 50.

 Las mujeres de su generación sonreían  en las fotografías. María no sonreía si no quería. Las mujeres de su generación agradecían los elogios  con modestia. María los recibía como si fueran obligaciones que el mundo tenía con ella. Las mujeres de su generación pedían permiso. María no pedía nada. María tomaba.

 Eso  la hacía poderosa y eso la hacía odiada. Los rumores sobre  su carácter eran industria en sí mismos. que había hecho llorar a tres directores  en un mismo rodaje, que había rechazado un guion lanzándolo por la ventana de una oficina en el quinto piso, que en una ocasión un productor llegó a una reunión  10 minutos tarde y María se levantó, recogió su bolso y dijo una sola frase antes de salir.

 Mi tiempo no es  una sala de espera. El productor perdió el proyecto. Nadie en la industria lo culpó por ello. Todos entendían. Con María  Félix no se negociaba. se aceptaba o se perdía. Pero había algo que los rumores nunca capturaban del todo, algo que quedaba en los márgenes de las anécdotas y que solo quienes la conocían de verdad podían ver.

 Detrás de esa coraza de acero, detrás de esa frialdad  calculada, detrás de esa mirada capaz de hacer sentir a cualquiera que acababa de cometer un error  del que no tenía noticia, había una inteligencia extraordinaria y una memoria que no perdonaba ni olvidaba nada. María  Félix recordaba todo, cada favor recibido, cada traición sufrida, cada momento en que alguien había elegido el silencio cómodo sobre la honestidad incómoda.

 Guardaba  esos registros con la precisión de un contador y los cobraba con la paciencia de alguien que sabe que el tiempo siempre termina dándole la razón. Lo que nadie sabía  esa noche en el Teatro Arbeu era que Pedro Infante figuraba en ese registro, que había algo entre ellos dos que el mundo desconocía, algo que había ocurrido años atrás en un set de filmación en una noche que ambos habían guardado en silencio  por razones distintas, algo que iba a cambiar todo lo que estaba a punto de suceder. Pero eso vendría 

después. Primero vendría el momento que nadie olvidaría. El momento en que Pedro Infante se puso de pie frente a 400 personas y le  dijo a María Félix, en voz alta y sin titubear, que estaba equivocada. La ceremonia  llevaba 2 horas cuando ocurrió. Habían pasado ya los discursos de apertura, los  reconocimientos menores, los aplausos educados para nombres que el público conocía pero no amaba.

 El teatro Arbeu tenía esa atmósfera  particular de las noches largas, cuando el champán empieza a hacer efecto y las conversaciones se vuelven más honestas de lo que deberían. La gente estaba relajada o al menos creía  estarlo. El momento que encendió todo comenzó de manera inocente, como suelen comenzar las cosas  que terminan siendo históricas.

El presentador de la noche, un locutor de radio llamado Arturo  Painbert, célebre por su lengua rápida y su escaso instinto para medir consecuencias, estaba conduciendo uno de los segmentos de la velada, un homenaje a los directores  del cine nacional. Y en el marco de ese homenaje mencionó un nombre, Emilio Fernández.

El indio Fernández, director, actor, figura legendaria y problemática del cine mexicano, genia indiscutible según sus admiradores, monstruo funcional según  quienes lo habían padecido de cerca, un hombre cuya carrera estaba construida sobre  una combinación de talento genuino y comportamiento que en cualquier otro contexto habría tenido consecuencias severas.

Arturo Peinbert leyó  una lista de los logros de Fernández con la devoción de quien recita un evangelio, sus películas,  sus premios internacionales, su contribución a la identidad visual del cine mexicano. Y al terminar  preguntó al público con esa informalidad de conductor experimentado si alguien quería agregar algo sobre el legado del indio. Silencio breve.

 Y entonces  María Félix habló. No se puso de pie, no levantó la voz, simplemente habló desde su asiento con esa claridad suya  que tenía la capacidad de llenar cualquier espacio sin esfuerzo aparente. Dijo que Emilio Fernández era el director más importante que había dado México, que su visión era insustituible, que el cine mexicano le debía una deuda impagable.

Read More