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Pedro Infante Escuchó su Propia Voz en la Calle – Nadie Esperaba Lo que Pasó en los Próximos 30 Min

 Un trapo con aceite, una vela mal apagada. En 40 minutos, el taller de tres  generaciones quedó en cenizas. La deuda con el Banco del Pueblo ascendía a 4000 pesos, suficiente para hundir a una familia entera en Mocorito  en 1952. Rosendo llegó a la capital en enero con una carta  de recomendación de un primo lejano que trabajaba en una mueblería de Santa María la Ribera.

 El primo le consiguió una entrevista. La mueblería  estaba a punto de cerrar. El primo desapareció tres días después sin dejar dirección. Lo que siguió fueron seis semanas de golpear puertas en talleres, carpinterías, fábricas de muebles. Seis semanas de  No, señor, ya tenemos personal, vuelva en otro momento.

 Seis semanas en una vecindad de la colonia Guerrero, donde el cuarto costaba  8 pesos a la semana y el casero tocaba la puerta los lunes con una puntualidad que era casi una forma de crueldad. Para ese miércoles de marzo  ya no tenía dinero para la semana siguiente tenía exactamente lo suficiente para el camión de regreso a Mocorito o  para comer tres días más.

 Había escrito una carta a su madre sin mentiras ni adornos. Decía  que lo había intentado todo, que quizás era momento de regresar, que encontraría la  manera de pagar la deuda desde allá, aunque no sabía cómo que lo perdonaran. Esa mañana, antes de ir al correo, pasó por el cuarto  del señor Gabino Ruiz. un veracruzano de 60 años que tocaba guitarra en las noches y que en esas seis semanas había sido  el único ser humano en esa ciudad que lo había tratado con algo parecido a la calidez. Don Gabino le había escuchado

cantar una vez sin querer mientras Rosendo se bañaba en el cuarto de agua compartido. Lo había llamado después con cara seria y le había dicho algo que Rosendo no supo qué hacer con ello. Le había dicho que tenía  la voz más parecida a Pedro Infante que había escuchado en su vida. y donde no había visto a Pedro Infante en vivo tres veces.

 Rosendo llegó al cuarto del viejo con la carta doblada en el bolsillo y la decisión tomada. Don Gabino lo recibió con café de olla y la mirada de quien ya sabe lo que va a escuchar. Rosendo explicó la situación con economía de palabras. El dinero se acabó. Las puertas están cerradas. Me regreso.  Donde Abino escuchó sin interrumpir.

 Luego se levantó, fue a la esquina donde guardaba su guitarra envuelta  en una funda de tela, la sacó con cuidado de hombre que cuida lo poco que tiene y se la extendió a Rosendo sin decir nada. Canta algo”, dijo. No vine a cantar, vine a  despedirme. Ya sé para qué viniste. Canta algo primero. Rosendo tomó la guitarra más por no pelear  que por convicción y cantó el tejano, una canción que había aprendido de su padre desde los 10 años.

 Don Gabino cerró los ojos desde el primer verso. Cuando Rosendo terminó, el viejo permaneció en silencio casi un minuto. Muchacho, no puedes irte sin intentar  una cosa más. una sola. Si no funciona, te vas con la conciencia limpia.  Pero si te vas sin intentarla, te vas a pasar la vida preguntándote que hubiera pasado.

 ¿Qué cosa? Sal a cantar a la calle, no para pedir limosna, para que te escuchen. Hay una diferencia enorme entre las dos  y está en cómo te parás cuando cantas. Rosendo salió de la vecindad con la guitarra de don Gabino bajo el brazo y la carta para su madre todavía en  el bolsillo. Caminó 40 minutos porque no tenía para el camión.

 La ciudad a su alrededor era ese  organismo enorme e indiferente que es siempre la capital para quien llega de provincia sin contactos ni dinero. Los edificios no  lo miraban, la gente no lo veía. El ruido del tráfico cubría  todo como una cobija que no abriga. Llegó cerca del mediodía a la esquina frente a los estudios churubusco que don Gabino le había indicado.

 Se paró en la banqueta, respiró dos veces  y comenzó a cantar. No puso sombrero en el suelo para las monedas, simplemente  cantó como si esa esquina fuera el escenario más importante del mundo, porque don Gabino  le había dicho que la diferencia estaba en cómo te parás y Rosendo había decidido creerle.

 Cantó el tejano primero, luego 100 años. Luego una canción de José Alfredo que había  aprendido de oído en la radio de la vecindad. La gente pasaba. Algunos se detenían unos segundos, otros dejaban  caer monedas sin mirarlo. Una señora mayor se persignó después del segundo verso y siguió caminando con los ojos húmedos, sin entender del todo por qué.

 Llevaba 40 minutos cantando cuando escuchó que alguien se detenía detrás de él y no se movía. no volteó de inmediato. Había aprendido en esas semanas que la ciudad de México observaba a los desconocidos con curiosidad breve y sin compromiso.  Siguió cantando. Si quien estaba detrás se quedaba después del siguiente verso, entonces valdría la pena voltear.

 Se quedó. Rosendo terminó la canción y se dio vuelta con la calma forzada de quien intenta  no demostrar que lleva seis semanas siendo invisible. El hombre que lo observaba  tenía unos 40 años, sombrero de fieltro gris. y una expresión que no era asombro, pero tampoco indiferencia. Era la cara de  alguien que resuelve un problema mientras escucha.

“¿Cuánto tiempo llevas cantando así?”, preguntó. Toda la vida, pero en la calle desde hace una hora. El hombre asintió. Tenía en la mano un folder con papeles de oficina. No era músico, eso Rosendo podía verlo. Era alguien de la industria, pero del lado de los escritorios. ¿Sabes  lo que tienes?, preguntó el hombre.

Esa voz. Me han  dicho que me parezco a Pedro Infante. Parecerte es quedarse muy corto. Llevo 12 años en esta industria  y nunca había escuchado algo así. El hombre extendió la mano. Me llamo  Humberto Leal, coordinador de producción en los estudios Churubusco. Lo que Humberto le explicó en los siguientes  10 minutos fue lo siguiente.

 Esa misma tarde, Pedro Infante grabaría una sesión de  voces para la banda sonora de su nueva película. El estudio estaría lleno de gente importante. Si Rosendo quería, Humberto podía meterlo como asistente temporal, lo que le daría acceso sin pasar por los filtros  normales. No te prometo nada más allá de eso dijo Humberto.

 Entras,  estás ahí y si alguien te escucha y le interesa, ese es tu asunto. Yo solo  puedo abrirte la puerta. ¿Por qué haría eso por mí? No me conoce. Humberto lo miró antes de responder, “Porque hace 15 años alguien me abrió una puerta a mí cuando no tenía nada y todavía  no he encontrado la manera de pagarlo, así que lo pago hacia adelante cuando puedo.

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