Posted in

Pedro Infante entró a una vecindad humilde sin avisar-lo que encontró adentro lo marcó para siempre

Te dije que no. Pedro giró hacia el sonido. Venía de una puerta entreabierta en la planta baja número siete. Se aproximó sin hacer ruido y miró adentro. Lo que vio lo dejó paralizado. Una niña tal vez de 8 años, quizá nueve, vestida con un vestido floreado demasiado grande para ella, el dobladillo arrastrando el suelo.

 Tenía el cabello recogido en dos trenzas desparejas, como si ella misma se las hubiera hecho sin espejo, y estaba parada en medio del cuarto, rodeada de cinco niños más pequeños. El mayor tendría tal vez 6 años. El más chico, un bebé que apenas gateaba, llevaba solo un pañal de tela manchado. La niña sostenía una cuchara de palo en una mano y con la otra intentaba apartar a un niño de unos 4 años que se acercaba peligrosamente a una parrilla de carbón encendida en una esquina del cuarto.

 Te quemas, Juanito. Siéntate con los demás. Su voz era firme, pero temblaba. No era voz de autoridad, era voz de miedo disfrazado de control. Pedro observó en silencio. El cuarto era diminuto, tal vez 4 metros por cuatro. Había un catre con sábanas remendadas, una mesa de madera con tres sillas desparejas, la parrilla improvisada, un baúl viejo, ropa colgada en alambres que cruzaban de pared a pared y en el suelo, sobre un petate, los cinco niños, sentados como podían aguardando.

 La niña revolvía algo en una olla sobre la parrilla. Frijoles. El olor inconfundible llenaba el cuarto. Revolvía con cuidado, estirándose para no quemarse, con movimientos que claramente había repetido muchas veces antes, demasiadas veces para alguien de su edad. Uno de los niños, una niña de unos 5 años con el cabello enredado, comenzó a llorar. Tengo hambre, Lupita.

Ya mero, ya mero, Rosita, espera tantito. Ese era su nombre. Pedro lo guardó en su memoria sin saber por qué. Tal vez porque había algo en esa escena que no podía soltar, algo que lo atravesaba. El bebé empezó a llorar también. Un llanto agudo, desesperado. Lupita dejó la cuchara, corrió hacia él, lo cargó con dificultad, lo meció contra su pecho. Sh, sh.

Ya mero te doy. Pero sus brazos temblaban por el peso. Era demasiado pequeña para cargar a un bebé así, demasiado pequeña para estar haciendo todo esto. Pedro sintió un nudo en la garganta. Su director de fotografía, que había seguido caminando, regresó. Pedro, ¿qué pasa? Pedro levantó una mano pidiendo silencio. Siguió observando.

Lupita logró calmar al bebé. Lo dejó en el petate y volvió corriendo a la olla de frijoles. Los revolvió rápido, probó con la punta de la cuchara, sopló para enfriar, hizo una mueca. Necesitaban más sal, pero no había. Suspiró, tomó un plato hondo, sirvió a una porción pequeña. Buscó tortillas en una bolsa de papel, solo quedaban tres.

 Partió una en pedazos pequeños. A ver, Rosita, tú primero, pero despacito, que está caliente. Le dio el plato a la niña de 5 años. Rosita comió con desesperación, quemándose, soplando, tragando. Los otros niños miraban con ojos enormes, hambrientos. Lupita le sonrió, aunque sus ojos no sonreían. Ustedes también van a comer. Todos van a comer.

 Pedro no podía moverse, no podía apartar la mirada, porque lo que estaba viendo no era una niña jugando a la casita, era una niña siendo madre, siendo adulta, siendo todo lo que una niña de 8 años no debería ser. Y nadie más estaba ahí. Nadie. Pedro dio un paso atrás, pero su pie chocó contra una lata vacía que alguien había dejado en el patio.

 El sonido metálico resonó. Lupita giró bruscamente hacia la puerta asustada. Sus ojos se encontraron con los de Pedro. Por un segundo nadie se movió. Ella lo reconoció de inmediato. Todos en México conocían esa cara. Señor infante. Su voz era apenas un murmullo incrédula. Pedro no sabía qué decir. Se sentía como un intruso, como alguien que había presenciado algo privado, algo sagrado.

Perdón, logró decir. No quería asustarlos, solo estábamos buscando locaciones para una película. Lupita parpadeó desconcertada. Miró a los niños detrás de ella, luego de vuelta a Pedro. Aquí en la vecindad. Sí, pero estás sola. ¿Dónde están tus papás? La pregunta cayó como piedra en agua quieta. Lupita bajó la mirada.

 Mi mamá trabaja. Regresa tarde. Mi papá se fue hace dos años. No volvió. Pedro sintió el peso de esas palabras. Y ella te deja sola con todos ellos. No está sola. Intervino el niño de 6 años. El mayor después de Lupita. Yo también ayudo. Me llamo Roberto. Pedro entró al cuarto de espacio como si pisara terreno sagrado.

Se agachó para quedar a la altura de Roberto. Ya veo. Eres muy valiente. ¿Y ustedes cómo se llaman? Señaló a los demás niños. Uno por uno. Con timidez dijeron sus nombres. Rosita, Juanito, Carmen de 3 años y el bebé Miguelito. Seis hermanos en total, seis niños en un cuarto que apenas alcanzaba para dos adultos.

 “Tu mamá trabaja todos los días”, preguntó Pedro mirando a Lupita. Sí. Limpia casas en las lomas, sale a las 5 de la mañana, regresa a las 10 de la noche, a veces más tarde. Los martes y jueves también trabaja en una tintorería hasta las 11, por eso hoy va a llegar más tarde. Lupita hablaba con voz plana, como recitando algo que había explicado muchas veces.

 “Y tú cuidas a tus hermanos todos los días.” Lupita asintió. Desde hace un año. Antes mi abuela venía, pero se enfermó. Se fue a vivir con mi tía a Querétaro. Ya no puede venir. Pedro miró alrededor. No había juguetes, no había libros, solo lo indispensable para sobrevivir. Y la escuela. ¿No vas a la escuela? Lupita apretó los labios.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que intentó contener. Ya no dejé de ir el año pasado. Alguien tiene que cuidarlos. Mi mamá no puede abandonar el trabajo. Necesitamos el dinero. Esas palabras golpearon a Pedro como un puñetazo en el estómago. Una niña de 8 años que había dejado la escuela para ser madre de cinco.

 Una niña que cocinaba, limpiaba, cambiaba pañales, consolaba llantos. sacrificaba su infancia completa para que sus hermanos sobrevivieran. Va, ¿qué edad tienes, Lupita? Nueve. Cumplo 10 enero. 9 años. Pedro tenía una hija de esa edad. Su hija jugaba con muñecas, iba a la escuela, se quejaba de la tarea, vivía como niña, pero esta Lupita, parada frente a él con vestido demasiado grande y trenzas desparejas, no conocía eso.

 No conocía la infancia. El bebé empezó a llorar otra vez. Lupita corrió hacia él de manera automática, lo cargó, lo meció. Ya, ya, mi herito, ya va tu comida. miró a Pedro con disculpa en los ojos. Perdón, Señor, tengo que darles de comer. Si no comen ahorita, se ponen muy inquietos. No te preocupes, yo puedo ayudar en algo. Lupita lo miró extrañada.

Read More