Posted in

Pedro infante encontró una carta en la calle dirigida hacia él.

 Mi nombre es Laura Beatriz Sánchez Morales. Tengo 11 años y necesito contarle algo que ha estado en mi corazón durante mucho tiempo. Hace 3 años, cuando yo tenía ocho, ah, mi papá murió. Se se llamaba Roberto Sánchez y era taxista. Un día simplemente no volvió a casa. La policía vino y nos dijo que hubo un accidente.

 Un camión se pasó un alto y golpeó el taxi de mi papá. Murió instantáneamente, dijeron. Ni siquiera tuvo tiempo de tener miedo. Después de que papá murió, todo cambió. Mamá tuvo que conseguir dos trabajos. Mi hermana mayor, Ana, tuvo que dejar la preparatoria para trabajar. Nos mudamos de nuestra casa pequeña a un solo cuarto porque ya no podíamos pagar la renta.

Dejamos de comer carne, dejamos de hacer muchas cosas, pero lo peor fue lo que le pasó a mamá. Después del funeral dejó de sonreír, dejó de reír, era como si la parte de ella que era feliz hubiera muerto con papá. Trabajaba y trabajaba, pero nunca tenía luz en los ojos. Yo no sabía cómo ayudarla. Tenía solo 8 años.

O sé qué puede hacer una niña de 8 años para que su mamá vuelva a ser ella misma. Entonces, una noche, 6 meses después de que papá murió, algo pasó. Nuestros vecinos tienen televisión. A veces nos dejan sentarnos en su sala o ver desde el pasillo cuando tienen la puerta abierta. Esa noche estaban transmitiendo una de sus películas.

 Creo que se llamaba Nosotros los pobres. Mamá estaba tan cansada que apenas prestaba atención. Solo se sentó ahí con los ojos vacíos, como siempre lo hacía. Pero entonces usted hizo algo en la película. No recuerdo exactamente qué. Alguna escena emotiva o una broma tierna. y escuché un sonido que no había escuchado en 6 meses. Mamá se rió.

 No fue una risa grande, solo un sonido pequeño, pero fue real. Y entonces se rió de nuevo y de nuevo. Para cuando terminó la película, M. Mamá había reído quizás 20 veces. Cuando caminamos de regreso a nuestro cuarto esa noche, mamá me tomó la mano y dijo, “Tu papá adoraba las películas de Pedro Infante.

 Las veíamos juntos antes de que nacieras.” Fue la primera vez en 6 meses que habló de papá sin llorar. Desde esa noche, cada vez que encontrábamos una de sus películas en la televisión, nos asegurábamos de verla. A veces tenía que pararme en el pasillo durante 2 horas porque nuestros vecinos solo nos dejaban ver desde la puerta. Pero no importaba porque durante esas 2 horas mamá no era la viuda agotada con dos trabajos y dos hijas que alimentar.

Era una persona que podía volver a reovarir, que podía volver a sentir alegría. Sus películas le devolvieron algo que yo pensé que había perdido para siempre. Sé que esto suena tonto. Sé que usted es un actor famoso que probablemente recibe millones de cartas de personas diciéndole que sus películas los hicieron felices.

 ¿Qué hace diferente a mi carta? Pero necesitaba que supiera que usted salvó a mi mamá. No con dinero ni con regalos elegantes, solo siendo auténtico. Solo haciendo que una viuda triste recordara cómo reír. Hace dos semanas algo más pasó. Mamá conoció a alguien, un hombre llamado Jorge, que trabaja en uno de los restaurantes donde ella limpia.

 Es amable, es gentil. y hace que mamá sonría. No solo durante las películas, sino todo el tiempo. Ayer, Jorge le preguntó a mamá si se casaría con él. Ella dijo que sí y cuando Ana y yo la felicitamos, mamá comenzó a llorar de alegría. Nos dijo, “Pensé que nunca volvería a sentir alegría después de que murió su padre.

” Pues pensé que esa parte de mí estaba rota para siempre. Pero algo en las películas de Pedro Infante, la forma en que hacía reír a su padre, la forma en que me recordaba que yo todavía podía reír, me ayudó a sanar. Me ayudó a darme cuenta de que Roberto querría que fuera feliz de nuevo, que no traicionaba su memoria al sonreír, que la vida todavía valía la pena vivirla.

 Así que esta carta es para decir gracias. Gracias por hacer películas que hicieron reír a mi papá cuando estaba vivo. Gracias por hacer películas que ayudaron a mi mamá a sanar después de que él murió. Gracias por recordarle que todavía podía sentir alegría. Probablemente nunca leerá esto. Probablemente esta carta terminará como basura en alguna calle.

 Pero necesitaba escribirla de todos modos. Necesitaba que alguien supiera lo que usted hizo por nuestra familia. Vos con todo mi corazón. Gracias. Laura Beatriz Sánchez Morales. La boda de mamá es en abril. Ojalá pudiera invitarlo, pero sé que eso es imposible. Pero cuando ella camine por el pasillo, ambas estaremos pensando en usted, porque sin sus películas no sé si ella habría llegado hasta aquí.

 Pedro terminó de leer con lágrimas corriendo por su rostro. Se quedó sentado en esa banca durante largo tiempo, sosteniendo las tres hojas de papel de cuaderno. Las releyó una y otra vez. En sus años de vida, Pedro había recibido miles de cartas de admiradores. Había conocido a presidentes y celebridades.

 Había ganado premios y reconocimientos de todo tipo, pero ninguno había tocado su corazón como estas tres hojas arrugadas escritas por una niña de 11 años que había dejado su carta en la calle esperando un milagro. Pedro miró la dirección que Laura había escrito en la parte superior de la primera página, probablemente sin pensarlo, solo como parte de hacer una carta correctamente.

 Una dirección en esa Walcoyot, una de las zonas más humildes en las afueras de la ciudad, tomó una decisión. Dos horas después, Pedro estaba parado frente a un edificio de apartamentos deteriorado en Nesaalcoyotl. Las paredes agrietadas, las escaleras inseguras, el olor a demasiadas personas viviendo en muy poco espacio.

 Subió al tercer piso y encontró la puerta con el número que Laura había anotado. Tocó. Una mujer joven de unos 18 o 19 años abrió la puerta. Debía ser Ana, la hermana mayor. Cuando vio a Pedro, sus ojos se abrieron de par en par. Señor eh, señor Pedro Infante. Sí. ¿Está Laura en casa y su mamá? Yo. Sí, pero ¿cómo? Ana estaba claramente confundida sobre cómo Pedro Infante había aparecido en su puerta. Es una historia larga.

 ¿Puedo pasar? Ana se hizo a un lado todavía en estado de shock. El cuarto era pequeño, un solo espacio donde claramente vivían tres personas, pero tal como Laura había escrito, todo estaba impecablemente limpio, a pesar de la pobreza. En una esquina, una mujer de mediana edad, que debía ser la mamá, estaba doblando ropa lavada.

Read More