Lo que no saben es por qué. Y eso lo que no saben es lo que me importa que sigan sin saber.” Pedro tomó el café. Estaba amargo y fuerte, como siempre lo hacía ella. Afuera pasó un grupo de niños corriendo, sus voces agudas rebotando en las paredes de Cal. Pedro lo siguió con la mirada a través de la ventana.
“¿Cuántos de esos van a la escuela?”, preguntó. La vieja absorbió su café. “Más de los que iban cuando tú eras chico, menos de los que deberían ir. Siempre es así.” Pedro dejó la taza sobre la mesa. “Yo no fui”, dijo en voz baja. Doña Refugio lo miró sin sorpresa. “Lo sé, tenías que trabajar.” Era necesario. No fue tu culpa ni mi culpa.
Era lo que había, pero eso no significa que tenía que seguir siendo lo que hay. Los meses que siguieron fueron de trabajo callado. Pedro regresó a la Ciudad de México y a sus películas y a sus canciones, pero cada 15 días llamaba a Ernesto Barraza desde una caseta pública. ¿Cómo van las paredes? Llegó el material del techo.
Los baños quedaron bien nivelados. En el estudio de grabación entre una toma y la siguiente, Pedro a veces cerraba los ojos y se imaginaba las paredes terminadas, los pupitres adentro, las ventanas con luz del este. Se imaginaba un niño de 6 años sosteniendo un cuaderno en lugar de una lámpara. El director lo llamaba de regreso a la escena y Pedro retomaba su papel.
El cantante, el actor, el charro, el hombre que México veía en la pantalla, pero adentro seguía el otro hombre, el de Huamuchil, el que sabía que la fama es temporal y que un techo sobre la cabeza de un niño dura más que cualquier película. Fue en marzo cuando la escuela ya estaba casi terminada, que ocurrió lo que Pedro no había previsto.
Su madre le escribió una carta con la letra redonda y trabajosa de una mujer que no desperdiciaba el papel. Pedro la leyó sentado en su camerino con el traje de charro ya puesto y los músicos afinando afuera. La carta decía que un hombre había llegado al pueblo, un hombre de la ciudad, traje bien cortado, maletín de cuero.
Había preguntado por el dueño del terreno en el ayuntamiento, en la ferretería, en la cantina. Pedro, había algo en la manera en que este hombre hace preguntas que no me gusta, no es curiosidad, es interés de otro tipo. Pedro dobló la carta y la guardó en el bolsillo interior del traje. Salió al escenario, cantó cuatro canciones y todo el tiempo, la carta en el bolsillo, el peso suave del papel que su madre había tocado presionando contra su pecho.
Tardó dos días en enterarse de quién era el hombre. Un intermediario de don Jesús Portillo Navarro, ascendado regional con tierras a 30 km de Guamuchil, hombre de los que acumulaban propiedades, como otros acumulan recuerdos, no por necesidad, sino por el placer del tamaño. Portillo Navarro había oído que se construía una escuela en un terreno que él había querido comprar para ampliar sus corrales.
había mandado a su hombre a investigar quién se había adelantado cuando el intermediario no encontró nombre claro. El hacendado fue personalmente hablar con el maestro Barraza. Lo que ocurrió en esa conversación llegó a Pedro por dos caminos. Su madre lo contó en otra carta. Ernesto Barraza lo contó en la siguiente llamada.
Los dos relatos coincidían. Portillo Navarro había llegado al terreno una mañana de martes y había examinado las paredes con la mirada del hombre acostumbrado a evaluar propiedades. Le había dicho al constructor que era buen trabajo, pero que en ese pueblo no faltaban escuelas, que lo que faltaba era productividad y disciplina, que esos niños de las colonias de la orilla estaban mejor aprendiendo un oficio desde chicos que llenándose la cabeza con cosas que no le servirían de nada y que le dijera a su cliente que le compraba el terreno el
doble de lo pagado, que él se encargaría de darles trabajo a esos chamaquitos cuando fueran grandes. Trabajo de verdad. No cuentos de libro. Pedro recibió ese mensaje en el camerino del los estudios Churubusco leyó la nota una vez, la dobló, se quedó sentado en la silla frente al espejo, el traje de charro, el bigote, la cara que medio México reconocía.
Y detrás de esa cara más adentro, el niño de 6 años con la lámpara de petróleo en las manos llamó a Ernesto esa misma tarde. La conversación fue corta. Portillo Navarro puede detener la construcción de alguna manera, preguntó Pedro. Ernesto respondió que no. Los permisos estaban en regla. El terreno era legalmente del señor Cruz.
La construcción seguía el código municipal. Bien, dijo Pedro, sigan trabajando. Y sobre lo que dijo, lo de que a los niños de las colonias les va mejor aprendiendo un oficio. Ernesto esperó. Pedro no dijo nada por un momento, luego dijo, “Despacio, con cada palabra suelta como piedra, yo aprendí un oficio de niño porque no había otra opción.
No porque era mejor para mí, era mejor para el hambre que teníamos. No es lo mismo. Pero Portillo Navarro no había terminado. Un hombre acostumbrado a que el dinero mueva las cosas, no acepta fácilmente que algo no se mueva. El proveedor de materiales que había acordado precio con Ernesto recibió una visita del intermediario del ascendado.
Le explicó que tenía contratos más grandes disponibles y redirigía el material a otros proyectos. El proveedor, hombre con familia y deudas, llamó a Ernesto con el sombrero en la mano. Ernesto llamó a Pedro. Pedro dijo que buscar a otro proveedor, que pagara lo que fuera necesario, pero que siguiera.
Ernesto vaciló un momento y luego preguntó, “Señor Cruz, ¿quién es usted realmente?” Pedro sonrió desde el otro lado de la línea. “Soy un hombre de Huamuchil, maestro, nada más.” El segundo proveedor fue de un pueblo vecino. Los materiales llegaron en dos camiones un viernes. Los peones trabajaron ese fin de semana sin que nadie se los pidiera.
Algo en la historia de esa construcción sin dueño declarado. Ya escuela que nadie reclamaba como suya, pero que avanzaba igual. Había aprendido algo en ellos. Un albañil joven le dijo a Ernesto que este proyecto tenía algo de milagroso. Ernesto le dijo que no era milagro, era que alguien había decidido que los niños de este pueblo merecían un techo donde aprender y eso era todo.
O entonces, mientras el techo de la primera aula se terminaba de colocar, ¿qué ocurrió el momento que lo cambió todo? Portío Navarro fue personalmente al Ayuntamiento de Guamuchil. argumentó que el terreno de la escuela afectaba su proyecto de expansión. Argumentó requerimientos técnicos que él mismo había inventado esa mañana.
El presidente municipal, hombre pequeño con miedo grande, prometió revisar los permisos. Dos días después, los peones llegaron a trabajar y encontraron un papel pegado en la pared. Suspensión temporal de obra por revisión de permisos municipales. Ernesto llamó a Pedro. Pedro escuchó la noticia sin decir nada por varios segundos.
Luego preguntó cuántos niños de las colonias de la orilla estaban en edad escolar. Ernesto habló con vecinos esa tarde. La respuesta fue entre 80 y 100 niños entre 6 y 12 años. La mayoría sin escuela regular, porque la que existía quedaba lejos y cobraba cuotas que muchas familias no podían pagar. Pedro recibió ese número.
80 niños, 100 niños, cada uno con sus propios ojos, su propio hambre de entender el mundo, cada uno con derecho a aprender a leer, a escribir, a abrir el mundo con las herramientas que las letras dan. y un hombre con maletín de cuero que había decidido que esos niños no lo necesitaban. Pedro llamó a un abogado en Culiacán que conocía desde hacía años y le preguntó qué opciones había.
El abogado dijo que sí. Los permisos originales estaban en regla, la suspensión era arbitraria y recurrible. Pedro dijo que los permisos estaban perfectos. El abogado dijo que hacía falta alguien que fuera al ayuntamiento y presentara el recurso en persona con nombre real. Pedro guardó silencio un momento, luego dijo, “De acuerdo.
” Llegó Guamuchil un jueves por la noche. No avisó a nadie, excepto a Ernesto y al abogado. Al día siguiente, temprano, antes de que el calor aplastara las calles, caminaron los tres hacia el ayuntamiento. Pedro iba de camisa blanca, sin traje de charro, sin nada que lo distinguiera de un hombre de pueblo resolviendo un trámite. El secretario del Ayuntamiento los recibió en una oficina pequeña con ventilador oxidado y papeles apilados en torres precarias.
Cuando levantó la vista del escritorio y vio a Pedro, se le fue el color de la cara. Pedro le dijo, “Buenos días.” Con la misma naturalidad con que le habría dado los buenos días a cualquier persona en cualquier lugar. El abogado colocó los documentos sobre el escritorio, la solicitud de revisión de la suspensión, los permisos originales, el registro de propiedad del terreno, el diseño aprobado, todo en regla, todo sellado, todo en perfecto orden legal.
El secretario leyó los papeles con manos que temblaban levemente. Luego dijo que él solo era el secretario, que la decisión era del presidente municipal. Pedro asintió. ¿Está el presidente? preguntó el secretario. Salió, tardó 10 minutos. Cuando volvió, dijo que el presidente los recibiría en media hora.
Durante esa espera, Pedro miraba la pared frente a él, una pared blanca con un retrato del presidente de la República y una mancha de humedad en la esquina. Pensó en su madre, pensó en la noche de la lámpara. pensó en los 80 niños que no sabía cómo se llamaban, pero que existían en alguna esquina del pueblo con sus cuadernos sin estrenar o sin cuadernos del todo.
El presidente municipal era un hombre de mediana edad con bigote delgado y la mirada de quien lleva años tomando decisiones pequeñas en nombre de hombres que toman las decisiones grandes. Cuando Pedro entró a su oficina, el presidente se levantó con una mezcla de nerviosismo y de ferencia que Pedro conocía bien.
“No vengo como artista”, dijo Pedro antes de que el hombre pudiera decir nada. Vengo como ciudadano sinaloense con un proyecto legal que ha sido suspendido sin fundamento. El abogado colocó los documentos sobre el escritorio del presidente. Lo que siguió fue una conversación que Pedro recordaría no por las palabras exactas, sino por su textura, por el silencio que llenaba los espacios entre frases.
El presidente intentó hablar de requerimientos técnicos. El abogado desmontó cada argumento. El presidente intentó hablar de intereses regionales. Pedro lo interrumpió con una sola frase, sin elevar la voz, los niños de las colonias de la orilla también son intereses regionales. El silencio que siguió a esa frase duró varios segundos.
El ventilador del techo giraba haciendo su ruido. Afuera en la calle alguien pasó con un burro cargado de leña. El presidente miró los papeles, miró a Pedro, miró nuevamente los papeles, tomó un sello de su cajón y lo puso sobre una hoja que el abogado había preparado. Suspensión levantada. Obra puede continuar.
Pedro no sonrió, agradeció brevemente, sin triunfo en la voz y salió. En la calle el sol ya estaba alto. El calor de Sinaloa caía sobre las piedras como un peso físico. Ernesto caminaba a su lado. Nadie dijo nada por una cuadra entera. Fue Ernesto quien habló primero. Señor Cruz. Pedro lo miró.
Cuando termine la escuela dijo despacio. La gente va a querer saber de quién es. Van a poner un letrero con el nombre del benefactor. Es costumbre. Pedro caminó tres pasos en silencio. Que pongan el nombre que quieran dijo. Finalmente, “Pueden poner el nombre del pueblo. O este el de los niños, o este el de ninguno.
Lo que no pueden poner es el nombre de quien intente detenerla.” Ernesto asintió sin voltear. La escuela terminó. En el mes de junio, Pedro no estuvo presente el día que colocaron el último azulejo, ni el día que pintaron las puertas de color verde, ni el día que instalaron los pupitres de madera de pino.
Supo de todo eso por Ernesto Barraza en llamadas desde casetas de monedas, nunca dos veces desde el mismo lugar. Lo que sí supo varias semanas después fue lo que le contó su madre en una carta más corta que las anteriores. La carta decía, entre otras cosas, sobre el calor y los sobrinos y el estado del jardín, que la escuela había abierto sus puertas el primer lunes de agosto, que habían llegado 73 niños el primer día, que algunos habían venido caminando desde la orilla del pueblo con sus cuadernos nuevos envueltos en papel periódico, que
la maestra era joven, recién egresada de la normal, con ganas y paciencia, y que los niños que ese lunes se sentaron en los pupitres de pino bajo la luz del este con la sombra de los árboles en el patio y el agua fresca en los baños. No sabían el nombre de quién había construido todo eso. No lo sabían.
Y eso escribí a su madre con su letra redonda y trabajosa. Me hace estar muy orgullosa de ti. Pedro leyó esa carta una noche tarde en su casa de la colonia Narbarte con la guitarra recostada contra la pared y el olor del café que se había olvidado en la estufa. La leyó dos veces, la dobló con cuidado, la guardó en el cajón donde guardaba las cosas que no quería perder.
Luego apagó la luz y se quedó un momento en la oscuridad. sin dormir, sin moverse, solo respirando. Afuera, Ciudad de México, seguía su ruido de siempre. Camiones, voces, algún perro, el tintín de una bicicleta. Pedro pensó en Guamuchil, pensó en 73 niños con cuadernos envueltos en papel periódico caminando hacia unas puertas de color verde.
Pensó en la lámpara de petróleo colgada en la cocina de su madre. Todavía ahí, aunque ya no hacía falta. Como testigo de todo lo que había sido, pensó que quizás ese niño de 6 años que había sostenido esa lámpara tantas noches, ese niño que no había podido terminar la primaria porque la vida pedía otras cosas primero, quizás ese niño había encontrado la manera de poner su propia luz en algún rincón del mundo.
No era una escuela famosa, no tenía su nombre, no saldría en ningún periódico, nadie lo aplaudiría por ella y eso estaba bien. Eso era exactamente como debía estar. Si disfrutaste pasar este tiempo aquí, te agradecería si consideraras suscribirte. Un simple like también ayuda más de lo que crees, porque al final, como decía su madre mientras cosía de madrugada, la lámpara no sirve para que te vean a ti, sirve para que los demás puedan ver.