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Pedro Infante construyó una escuela para niños pobres y quisieron destruirla

 Un perro cruzó frente al automóvil, un viejo sentado en un banco frente a la ferretería levantó la mano en señal de saludo sin levantarse. Pedro devolvió el saludo y siguió. No venía a recibir honores, venía a cumplir una promesa que solo él conocía. Una promesa que había hecho una noche hacía 2 años, solo en el patio trasero de la casa de su madre, mirando el cielo de Sinaloa mientras ella cosía adentro con la misma lámpara de  petróleo que había usado toda la vida.

 Esa noche su madre le había contado algo sin querer contarlo. Le había hablado de los niños de la colonia nueva, los que vivían en los jacales de la orilla, los que se levantaban antes del amanecer para carrear agua y que nunca llegaban a la escuela. Porque los caminos de tierra se ponían imposibles en temporada de lluvias y porque sus padres necesitaban los brazos más de lo que necesitaban las letras.

 se los había contado entre una puntada y la siguiente, sin dramatismo, con esa manera que tienen las madres de transmitir el peso del mundo como si fuera una información más. Pedro había escuchado en silencio, pero algo en él había cambiado esa noche. Algo que no se cura con dinero ni con fama, algo que se cura solamente haciendo.

  Detuvo el automóvil frente a un terreno que conocía bien. Era el solar, que había pertenecido a don Aurelio Gárate, el viejo  que vendía leña y que había muerto el año anterior sin herederos directos. Un terreno plano bien ubicado a media distancia entre las colonias pobres de la orilla y el centro del pueblo, lo había comprado a través de un intermediario 3 meses atrás.

 Nadie sabía quién lo había comprado. Ese era el punto. Pedro salió del automóvil y caminó hasta el lindo. El terreno estaba limpio, recién desmontado. Los hombres habían trabajado rápido y bien. El maestro constructor lo esperaba adentro con los planos enrollados bajo el brazo. Era un hombre de unos 50 años, moreno, con manos que parecían hechas de la misma madera con la que trabajaba.

 Se llamaba Ernesto Barraza y Pedro lo había conocido a través de un primo, hombre, serio, discreto, exactamente el tipo de persona que no hablaría de más. “Buenos días”, le dijo Ernesto sin alaracas como si esperara un cliente cualquiera. Pedro le estrechó la mano con fuerza. “Buenos días, maestro.

 ¿Cómo vamos?” Ernesto extendió los planos sobre el capó del automóvil. La construcción avanzaba según lo planeado. Tres aulas, una dirección pequeña, baños separados para niños y niñas, un patio con sombra de árboles que Pedro había pedido específicamente. No quiero que los niños estén bajo el sol a la hora del recreo. Había dicho en la única reunión que habían tenido, quiero que tengan sombra, que estén cómodos, que sientan  que el lugar fue hecho pensando en ellos. El cimiento ya estaba echado.

 Las paredes de la primera aula llegaban a la altura de los hombros. El olor a cal y a tierra removida se mezclaba con el viento matinal. Pedro caminó por el perímetro despacio, con las manos en los bolsillos, mirando cada detalle con unos ojos que no eran los del actor ni los del cantante,  eran los ojos del carpintero que había sido antes que todo lo demás.

Los ojos del hombre que sabía leer una construcción, como otros leen un texto, tocó el borde de una pared. El concreto estaba bien mezclado, sólido. ¿Hay algo que necesite ajustarse, señor Cruz?, preguntó Ernesto usando el apellido materno como Pedro había pedido. Ningún nombre de artista, ningún infante, ningún ídolo, solo el señor Cruz, como si fuera un comerciante de paso que invertía en la región.

 Pedro negó con la cabeza. Está bien, mejor que bien. Caminaron juntos por el terreno durante una hora. Pedro hacía preguntas técnicas. El maestro respondía con precisión. El techo llevará ventilación. Sí, tejas de barro con ranuras, los pisos, cemento pulido con arena de río fresco en verano. Pedro escuchaba y asentía.

 Cada respuesta era una capa más sobre la promesa silenciosa que había hecho aquella noche mirando el cielo de Sinaloa. Cuando terminaron el recorrido, Ernesto enrolló los planos y los guardó bajo el brazo. Señor Cruz, ¿hay algo que quisiera preguntarle si me permite. Pedro lo miró. Claro, el constructor vaciló un momento, luego habló directo como hombre de oficio.

¿Para qué quiere tanto anonimato? Si alguien está haciendo algo así por el pueblo o la gente tiene derecho a saber a quién agradecer. Pedro tardó en responder. Miró el cimiento que algún día sostendría las paredes donde los niños aprenderían a leer. Pensó en su madre, pensó en la lámpara de petróleo, pensó en sí mismo a los 6 años.

sosteniendo esa lámpara con las manos pequeñas y cansadas mientras ella cosía hasta las 3 de la madrugada. “El agradecimiento no es para mí”, dijo finalmente. “El agradecimiento si acaso es entre ellos y la vida. Yo solo estoy poniendo unos ladrillos.” Ernesto lo estudió un momento, asintió con respeto. “Como  usted diga, señor Cruz.

” Pedro volvió al automóvil, se detuvo un instante y miró el terreno una última vez. Los peones mezclaban cemento. Ninguno de ellos sabía quién era el dueño del proyecto y eso estaba bien. Así debía estar. Manejó desde el terreno hasta la casa de su madre por calles que conocía de memoria cada curva, cada bache.

 La casa de doña refugio Cruz era la misma de siempre. muros blancos con manchas de humedad en las esquinas, puerta de madera pintada de verde, un macetón de bugambillas en la entrada, como un testigo rojo y terco de todo lo que había pasado en esa esquina del mundo. Tocó suavemente. Su madre tardó un momento en abrir.

 Cuando lo vio, no gritó, no lloró, simplemente lo miró con esos ojos oscuros que lo habían visto llegar y partir tantas veces.  lo tomó de la cara con ambas manos y le besó la frente. “¿Pasaste a ver el terreno?”,  dijo. No como pregunta. Pedro la miró sorprendido. ¿Cómo supo? La vieja sonrió con esa sonrisa de madre que sabe todo lo que sus hijos creen que esconden.

 Porque llevas 3 años sin volver y ahora llegaste con cara de hombre que tiene algo resuelto. La casa olía a frijoles y a ropa limpia tendida. Su madre puso café sin preguntar si quería. Pedro se sentó a la mesa donde había comido de niño y miró la lámpara de petróleo que colgaba en la esquina. Todavía ahí, aunque ahora sí había luz eléctrica en toda la casa, la había instalado Pedro 2 años atrás, pero su madre seguía colgando la lámpara.

 Costumbre, le había explicado ella. Oeste memoria, pensaba Pedro. Están construyendo rápido”, dijo su madre sirviendo el café. Ernesto Barraza es buen hombre. Pedro levantó la vista. “Usted sabe.” Doña Refugio se sentó frente a él. “Pueblo chico, Pedrito,  aquí todos saben quién compra qué y a quién.

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