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Pedro Infante abrió su cine para los pobres — el hombre del fondo no había llorado en 40 años

 Tenía una taza de café entre las manos y miraba hacia el camino con esa expresión tranquila que adoptaba cuando no había nadie mirándolo, cuando podía ser simplemente Pedro. Sin más, el cine ratón era uno de los secretos más abiertos de Cuajimalpa. Estaba dentro de la propiedad que Pedro había construido en el kilómetro 18.

5 de la carretera México Toluca, esas 10 haáreas que él llamaba ciudad infante. La propiedad tenía de todo, peluquería, gimnasio, capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, salón de fiestas, carpintería. Pero el cine era lo que Pedro más quería. lo había construido con la seriedad de quien hace algo importante.

 No era un cuartito oscuro con una sábana colgada. Tenía taquilla de verdad con ventanuco y todo, como los cines del centro. Tenía sillas de madera dispuestas en filas limpias. Tenía pantalla blanca tensada al fondo y un proyector que funcionaba bien. Y tenía una regla no escrita que todos los del rumbo conocían. Los domingos las puertas estaban abiertas, cualquiera podía entrar.

 Eso era lo que a Pedro le importaba, que cualquiera pudiera entrar. Había algo que lo incomodaba desde siempre y que nunca sabía bien cómo nombrar. La idea de que las películas, esas historias que él ponía su cuerpo y su voz a contar llegaran solo a los que podían pagar 20 pesos en el cine Orfeón o 30 en el roble.

 La idea de que Pepe el Toro, el carpintero pobre que se partía el lomo por su familia, fuera visto principalmente por gente que nunca había sido carpintero ni pobre. Algo en eso no cerraba, algo en eso dolía, aunque no hubiera manera clara de arreglarlo. El cine ratón era su manera de arreglarlo o al menos de intentarlo. Los domingos cobraba poco, a veces nada.

 Dependía de quién llegara y cómo llegara. Pedro había aprendido eso de su madre. Doña María del Refugio Cruz Aranda. le había enseñado muchas cosas, pero esa era la más simple y la más difícil al mismo tiempo, que el valor de una cosa no estaba en lo que costaba, sino en lo que llegaba a ser en alguien. Un frijol cocido a tiempo vale más que un banquete cuando la persona que llega tiene hambre de verdad.

 Un cuarto donde entrar con dignidad vale más que un palacio cuando la persona que llega viene del frío. Y una película donde reconocerte a ti mismo, donde ver que tu vida tiene peso y sentido y valor, aunque nadie rico te lo confirme, eso vale más de lo que cualquier taquilla puede cobrar. El hombre que se acercaba por el camino tenía unos 60 años, aunque el trabajo al aire libre lo hacía ver más.

 Las manos visibles desde lejos eran manos de campo grandes y oscuras, con los nudillos marcados y las palmas callosas de quien ha agarrado herramienta desde niño. Caminaba mirando el suelo con esa costumbre de los hombres que han pasado la vida vigilando dónde pisan, porque el terreno no siempre es parejo y una caída puede costar el trabajo del día.

 Llevaba el pantalón de mezclilla doblado en el ruedo, la camisa abotonada hasta el último botón, como hacen los hombres que se visten con cuidado para salir, aunque no tengan a dónde ir, que valga la pena. Esa combinación de ropa cuidada y zapatos gastados le decía a Pedro todo lo que necesitaba saber, un hombre que todavía se respetaba.

 Pedro no lo sabía, pero ese hombre había salido de su casa esa mañana sin saber exactamente a dónde iba. Solo sabía que no quería quedarse entre las mismas cuatro paredes otro domingo más. Los domingos eran los días más difíciles desde que su hijo había muerto. Entre semana había trabajo, había que levantarse, había que moverse, había razones concretas para no quedarse quieto.

 Pero los domingos no tenían esas razones. Los domingos eran silencio. Había caminado casi 2 km desde su rancho. En el camino alguien le mencionó el cine ratón. Ese cine que el señor Infante tenía en su propiedad, ese donde los domingos ponían películas y costaba poco. El hombre no era fan de las películas. No recordaba la última vez que había entrado a una sala de cine, pero tenía 2 km ya caminados y el día entero por delante y ningún lugar mejor a dónde ir.

 Cuando llegó a la taquilla, levantó la vista y miró a Pedro sin reconocerlo de inmediato. “Buenas”, dijo el hombre. “Buenas”, respondió Pedro con naturalidad. “Viene a la función.” El hombre asintió. Iba a meter la mano en el bolsillo del pantalón, ese movimiento reflexivo de quien busca dinero, pero se detuvo un segundo antes de llegar, como si hubiera recordado algo, como si necesitara saber el precio antes de terminar el gesto.

 “¿Cuánto cuesta?”, preguntó. En su voz había algo que Pedro reconoció de inmediato. No vergüenza exactamente algo más específico. La precaución de quien ha aprendido que desear algo antes de saber si puede pagarlo solo duele más. Pedro lo miró un momento. Un peso dijo. El hombre volvió a meter la mano al bolsillo, sacó unas monedas y las contó en la palma con calma, con esa concentración silenciosa de los que cuentan despacio, porque no pueden permitirse un error.

 Soltó un peso exacto sobre la repisa. Pedro le pasó el boleto sin decir nada más, sin hacerlo sentir observado. “¿Qué están poniendo?”, preguntó el hombre mirando el papel del boleto. “Nosotros los pobres”, respondió Pedro. El hombre no dijo nada, dobló el boleto con cuidado, lo guardó en el bolsillo de la camisa junto al corazón con ese gesto que tienen las personas que cuidan las cosas pequeñas porque no tienen muchas cosas grandes.

Luego caminó hacia la entrada de la sala y desapareció adentro. Pedro lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. La sala del cine ratón tenía capacidad para unas 40 personas. Era una construcción sencilla de bloc y lámina con sillas de madera en filas ordenadas y una pantalla blanca al fondo.

 No tenía la elegancia del palacio chino ni la majestuosidad del blanquita, pero tenía algo que muchos cines elegantes no tenían. Tenía la temperatura de las cosas hechas con cuidado. Pedro había supervisado cada detalle. La acústica, la distancia entre filas, el ángulo de la pantalla, quería que quien entrara sintiera que había llegado a un lugar donde importaba.

 Esa mañana llegaron otras familias, un matrimonio mayor con dos nietos que se sentaron en las primeras filas, cerca de la pantalla, como hacen los que quieren perderse dentro de la historia. Una mujer con tres hijos que los organizó con la autoridad tranquila de quien lo hace todos los días. unos jóvenes del rancho de Junto que entraron riéndose y se callaron solos cuando se apagaron las luces.

 El silencio que cae en una sala cuando se apagan las luces es siempre el mismo. Es el silencio de 20 personas que de repente están de acuerdo en algo sin habérselo dicho. El hombre de los zapatos viejos se había sentado solo en la última fila, pegado a la pared del lado derecho. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda recta con esa postura de quien está en un lugar nuevo y todavía no sabe bien cómo acomodarse.

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