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Pedro Armendáriz se burló de María Félix: “Aquí no tienes poder” — Su respuesta sorprendió a todos

 Esta es esa historia. México 1946. El cine mexicano vivía su momento más glorioso, su edad de oro, esos años irrepetibles donde las alas se llenaban cada noche y los nombres de las estrellas se pronunciaban con la misma reverencia con que en otros países se hablaba de dioses. Los estudios churubusco producían película tras película.

 Las marquesinas brillaban con letras enormes. Las familias enteras hacían fila los domingos para ver las películas que se filmaban a pocas cuadras de sus casas. En esos estudios enormes donde la magia ocurría detrás de paredes que lo separaban de un mundo que parecía inalcanzable. Y si tu abuela o tu madre vivieron esa época, si alguna vez te contaron cómo era ir al cine en aquellos años, como olían las butacas de terciopelo y como se apagaban las luces y el mundo desaparecía durante 2 horas, entonces sabes de qué estoy hablando.

Sabes que esos años no van a volver y que por eso vale la pena recordarlos. No olvides suscribirte al canal para seguir escuchando más historias como esta, historias de una época que merece ser contada una y otra vez. Dos nombres brillaban más que todos los demás en ese firmamento del cine mexicano. Pedro Armanderis, María Félix, dos fuerzas de la naturaleza que el destino o quizás el  había decidido poner en el mismo set, en la misma película, frente a las mismas cámaras.

 Era como poner dos volcanes en la misma cordillera y esperar que no hicieran erupción. Pedro tenía 33 años y era el hombre más deseado de México. Alto, de mandíbula cuadrada, con esa mirada oscura que hacía que las mujeres en las salas de cine olvidaran respirar. Había nacido en Chihuahua, hijo de padre mexicano y madre norteamericana, y desde niño aprendió que el mundo se divide en dos tipos de personas, los que aguantan y los que dominan.

 Pedro nunca había aprendido a aguantar. En cada película que filmaba, en cada set donde pisaba, el aire cambiaba. Los directores lo sabían, los productores lo sabían, hasta los técnicos que movían las cámaras lo sabían. Cuando Pedro Armendaris entraba a un lugar, ese lugar le pertenecía, medía 1,85 m.

 Y en el México de los años 40, donde el promedio de estatura era considerablemente menor, Pedro parecía un gigante, pero no era solo su tamaño, era la manera en que ocupaba el espacio, como si cada centímetro cuadrado a su alrededor fuera territorio conquistado. Su voz era grave, profunda, del tipo de voz que no necesita gritar para ser escuchada, porque llena los rincones por sí sola.

 Había filmado ya una decena de películas y en cada una de ellas los críticos decían lo mismo. Arrmendaris tiene algo que no se puede enseñar, una presencia que la cámara adora y que el público no puede ignorar. Era cierto, Pedro tenía eso que en el cine se llama magnetismo, esa cualidad inexplicable que hace que los ojos del espectador lo sigan, aunque en la escena haya 10 personas más.

 Pero Pedro también tenía algo que nadie le decía en voz alta porque nadie se atrevía. Tenía un ego del tamaño de los volcanes que se veían desde la azotea de los estudios Churubusco. Un ego que necesitaba ser alimentado constantemente, que exigía confirmación, que se volvía peligroso cuando sentía que alguien no lo reconocía como lo que él creía ser, el centro absoluto de cualquier espacio donde estuviera presente.

 Pero México también tenía a María Félix. María tenía 32 años y era algo para lo que el idioma español todavía no había inventado una palabra precisa. No era solo belleza, aunque su belleza era de ese tipo que paraliza, que desorienta, que hace que un hombre olvide en qué frase iba, era otra cosa. Era la manera en que entraba a un cuarto sin pedir permiso, como si el cuarto entero le hubiera estado esperando.

 Era la manera en que miraba a los hombres, como si los estuviera evaluando y casi siempre decepcionándose. era la manera en que fumaba despacio, como si el tiempo le perteneciera a ella y todos los demás solo estuvieran viviendo dentro de su horario. Los productores la llamaban la doña, aunque nadie recordaba exactamente quién había empezado a decirle así.

 Simplemente un día ese nombre apareció y se quedó porque era el único que parecía estar a su altura. María había nacido en Álamos, Sonora, un pueblo caliente y polvoriento donde la vida no regalaba nada. Hija de un militar y de una mujer fuerte que crió 11 hijos con lo que había. María aprendió desde niña que nadie iba a defenderla si ella no se defendía primero.

 Aprendió que la belleza podía ser un arma o una cárcel dependiendo de quién la usara. Y ella decidió muy temprano que sería un arma. se casó a los 17 años con un hombre que le arrebató a su hijo cuando se divorciaron, un trauma que la marcó para siempre y que endureció algo dentro de ella que ya de por sí era de acero. Llegó al cine casi por accidente, pero una vez que la cámara la vio, no hubo vuelta atrás.

 En pocos años se convirtió en la estrella más grande de México, en la mujer que los hombres más poderosos del país querían tener a su lado y que ninguno logró controlar jamás. La película se llamaba Enamorada, un melodrama de amor ambientado en la revolución mexicana. El director era Emilio Fernández, el indio, un hombre de carácter explosivo que había filmado algunas de las imágenes más hermosas del cine latinoamericano y que sabía perfectamente lo que tenía entre manos.

dos actores de ego descomunal, talento real y una química en pantalla que podía incendiar las alas de todo el continente. Lo que el indio no sabía, lo que nadie en ese set calculó bien, era lo que iba a pasar antes de que las cámaras empezaran a rodar. El indio había reunido al equipo más talentoso posible.

 Gabriel Figueroa en la fotografía, ese artista del lente que convertía cada encuadre en una pintura que hacía que los cielos de México parecieran infinitos y que las sombras contaran historias por sí solas. Mauricio Magdaleno en el guion, un escritor que entendía el alma mexicana y que sabía poner en boca de los personajes las palabras exactas que el público necesitaba escuchar y un equipo técnico de primera línea, hombres que llevaban años en los estudios Churubusco y que habían aprendido a moverse entre las exigencias de los directores y los

egos de las estrellas con la habilidad silenciosa de quienes saben que su trabajo es invisible pero indispensable. Todo comenzó un martes por la mañana con una frase que Pedro Armendaris dijo en voz alta, sin bajarla, sin importarle quién escuchaba. Una frase que tenía la forma de una broma, pero el filo de una navaja.

 Una frase que María Félix escuchó desde el otro lado del set y archivó en algún lugar de su mente con la precisión fría de alguien que no olvida nada y que nunca, bajo ninguna circunstancia deja pasar una deuda sin cobrarla. El primer día de rodaje, Pedro Armendaris llegó 40 minutos tarde. No era accidente. Nunca era accidente con Pedro.

 Llegar tarde era su manera de decirle al set entero quien mandaba, quien podía darse el lujo de hacer esperar a los demás. Era una costumbre que había perfeccionado durante años, una herramienta de dominio tan precisa como sus gestos frente a la cámara. El director, los técnicos, los extras, todos habían aprendido a aceptarlo. Así era Pedro. Así funcionaban las cosas.

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