Posted in

Nino Bravo ENTRÓ al CONCIERTO de Camilo Sesto sin Invitación| Camilo Sesto se Detuvo Dijo ESTO

 Y en medio de todo aquello, dos nombres sonaban por encima de todos los demás. Uno era Camilo VI,  el otro era Nino Bravo. Desde fuera eran dos estrellas en la cima, dos artistas que llenaban cada recinto en el que actuaban, dos voces que habían conseguido algo que muy pocos artistas españoles habían logrado antes, cruzar fronteras, llegar a Latinoamérica, convertirse en algo más que cantantes.

Pero lo que muy poca gente sabía entonces y lo que todavía gente recuerda hoy, es lo  que había entre ellos cuando se apagaban los focos. Porque Nino Bravo y Camilo Veran simplemente dos colegas del mundo de la música que se saludaban en los festivales y se deseaban suerte en los camerinos.

 Eran amigos, amigos de verdad, del tipo de amistad que es difícil de construir en un mundo donde todo el mundo quiere algo de ti. Del tipo de amistad que sobrevive a la competencia, a los celos de industria, a los representantes que siempre tienen una opinión sobre con quién deberías o no deberías relacionarte, del tipo de amistad que cuando es real se nota en los pequeños gestos, en las llamadas sin motivo, en presentarse sin avisar porque simplemente necesitabas estar ahí.

 Y eso es exactamente lo que Nino Bravo hizo esa noche. Se presentó sin avisar, sin invitación, sin que nadie lo esperara. Pero lo que todavía no sabes es  por qué lo hizo. Y la razón por la que Nino Bravo tomó esa decisión esa noche concreta dice más sobre quién era este hombre que cualquier entrevista que dio  en vida, que cualquier canción que grabó, que cualquier cosa que puedas leer sobre él.

  En una enciclopedia, esa razón la descubrirás ahora. Y cuando la conozcas, la imagen que tienes de Nino Bravo va a cambiar para siempre. En 1972, Nino Bravo lo tenía todo. O al menos eso era lo que decían las portadas. Tenía una voz que paraba el tiempo. Tenía canciones que cruzaban océanos. Tenía teatros llenos en cada ciudad donde actuaba.

 tenía representantes que recibían llamadas de discográficas extranjeras que querían un trozo de lo que él había construido casi sin darse cuenta, casi sin quererlo, con la misma naturalidad con la que respiraba. Desde fuera, su vida era exactamente lo que millones de personas soñaban que fuera la suya.  Pero Nino Bravo no vivía en las portadas, vivía en las habitaciones de hotel que olían todas igual, en los trayectos en coche entre ciudad y ciudad que se fundían en una sola carretera interminable, en los camerinos donde el ruido del público antes de salir al

escenario era lo más parecido a compañía que tenía algunas noches. Porque lo que muy poca gente entendía de Nino Bravo entonces  y lo que todavía gente entiende hoy es que detrás de esa voz que llenaba teatros había un hombre profundamente familiar, un hombre que necesitaba las conversaciones de verdad, las de mesa y silla las de mirarse a los ojos sin que hubiera un micrófono de por medio.

 Un hombre para quien la fama nunca fue un destino, sino una consecuencia de hacer lo único que sabía hacer bien. Y cuanto más crecía esa fama, más se alejaba de las cosas que de verdad le importaban. Las  giras se alargaban, los compromisos se multiplicaban y Valencia, su casa, a su familia, las calles que conocía desde niño, quedaba cada vez más lejos en el mapa y en el calendario.

  En 1972, Camilo VI propio momento de explosión. Llevaba apenas dos años en Madrid. Había llegado desde Alcoy con una guitarra, una voz extraordinaria y la certeza tranquila de que tenía algo que decir. Y España le había respondido con una intensidad que ni él mismo esperaba. Sus canciones sonaban en todas partes.

 Su nombre aparecía junto al den Nino Bravo en todas las listas, en todos los programas de radio, en todas las conversaciones sobre quién era quién en la música española de ese momento. Pero ese verano de 1972 había algo que Nino Bravo no sabía todavía, que la noche más importante de Camilo iba a ser también una de las noches más importantes de su propia vida y que la razón no iba a tener nada que ver con la música.

 Pero ese verano de 1972, Camilo tenía algo que Nino tenía todavía. Tenía un concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid. No era un teatro, no era una sala, era el recinto más grande que un artista español podía llenar en ese momento. Era la confirmación de que lo que estaba construyendo Camilo no era una carrera, sino una era.

 Aquella noche tenía todo vendido, más de 10,000 personas, prensa, cámaras, la industria entera mirando. Era en todos los sentidos la noche más importante de su vida hasta ese momento. Y Nino Bravo lo sabía, porque eso es lo que hacían los amigos de verdad en el mundo de Nino Bravo. Sabían cuándo la noche importaba.

 La amistad entre Nino Bravo y Camilo VI no era de las que se construyen en los pasillos de las discográficas ni en las escenas de industria donde todo el mundo sonríe y nadie dice nada de verdad. Era de las que se construyen despacio en conversaciones largas, en momentos donde uno de los dos estaba pasándola mal y el otro simplemente aparecía.

 Había algo que los unía más allá de la música y más allá de la fama. Los dos venían de familias sencillas. Los dos habían llegado a Madrid desde fuera, desde provincias donde nadie imaginaba que sus hijos acabarían llenando teatros. Los dos habían conocido de cerca lo que era querer algo con tanta intensidad que duele.

 Y los dos compartían algo que en el mundo del espectáculo es extraordinariamente difícil de encontrar. La capacidad de estar con el otro sin necesitar demostrar nada. Hay una historia que personas del entorno de ambos artistas repitieron en distintos momentos a lo largo de los años. Una historia pequeña de esas que no aparecen en las biografías, pero que dicen más que cualquier dato oficial.

 Cuenta que había noches en que Nino Bravo llamaba a Camilo sin motivo aparente, sin noticias que dar, sin planes que hacer, solo para escuchar su voz un momento y saber que seguía ahí y que Camilo hacía lo mismo, que había entre ellos una especie de código tácito que decía, “Cuando el ruido del mundo se vuelve demasiado, nos llamamos no para resolver nada, sino para recordar que no estamos solos en esto.” Eso era lo que había entre ellos.

Y eso es exactamente lo que explica lo que Nino hizo esa noche, pero no del todo, porque hay algo más. Algo que ocurrió tres días antes del concierto y que muy poca gente conoce. Algo que Nino Bravo supo esa tarde y que cambió completamente  el peso de la decisión que tomó horas después. Tres días antes del concierto, Nino Bravo recibió una llamada.

 No era de su representante, no era de su discográfica, era de alguien cercano a Camilo que lo llamó para contarle algo que Camilo nunca le habría contado directamente, porque Camilo era de los que pedían nada a nadie. Lo que esa persona le contó fue esto,  que Camilo estaba nervioso, ¿no? El nerviosismo normal de antes de un concierto grande, ese que cualquier artista conoce y que desaparece en cuanto suena la primera nota, era otro tipo de nerviosismo, el de alguien que siente el peso de lo que significa esa noche y que en el fondo necesita saber

Read More