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“Necesito una esposa para mañana” dijo el Millonario — Ella respondió: “Entonces vivirás en mi casa”

 Si no, pierdo todo lo que mi padre construyó, su empresa, los empleos de miles de personas, todo. Camila lo miró incrédula. ha dicho una esposa. Sí, es absurdo, lo sé, pero es real. Sacó el móvil y mostró un documento. Mi padre incluyó una cláusula en su testamento. Si no me caso antes de cumplir 32 años, toda la herencia pasa a mi primo Héctor y él destruiría el grupo Vega Internacional en cuestión de semanas.

Camila cruzó los brazos y su cumpleaños es mañana a las 10. Me quedan menos de 11 horas. Durante unos segundos solo se oyeron los grillos. El viento movía suavemente las cortinas del porche. “Y su plan era tocar la puerta de una desconocida y pedirle matrimonio”, preguntó ella, sin poder ocultar su ironía. He pasado los últimos meses buscando a alguien en quien confiar”, contestó Adrián.

 Todas las mujeres que conocía querían mi dinero o simplemente me despreciaban por mi trabajo. Esta noche vi la luz de su casa encendida y no sé, sentí que debía intentarlo. Camila soltó una pequeña risa incrédula. “Y si le digo que sí, ¿qué pasa? Lo que usted pida. un millón, dos, los que necesite. Podemos divorciarnos al cabo de un año. Solo necesito a alguien que no quiera aprovecharse de esto. Camila lo observó.

Podía cerrar la puerta y olvidarlo, pero en sus ojos no veía engaño, sino desesperación real. Si aceptara, dijo despacio, tendría una condición. cualquiera que sea. Usted vendría a vivir aquí conmigo en esta finca. Trabajaría conmigo en lo que haga falta. Ni un palacio, ni asistentes, ni chóeres. Solo usted y esta casa.

 Adrián la miró sorprendido. Vivir aquí. Exacto. Si quiere una esposa, aunque sea de papel, tendrá que conocer mi mundo. El silencio se alargó. Ella esperaba que él se echara a reír, que diera media vuelta, pero Adrián asintió. De acuerdo. Viviré aquí. Haré lo que sea necesario. Subió los escalones y extendió la mano. Entonces, acepta.

 ¿Se casará conmigo mañana? Camila miró su mano, luego su rostro. Aquello era una locura, pero algo en su interior le decía que debía hacerlo. “Soy Camila Rojas”, dijo finalmente estrechando su mano. “Y sí, me casaré con usted mañana, pero espero no arrepentirme.” La expresión de alivio en el rostro de Adrián fue tan genuina que por un momento le dio lástima.

 “Gracias, de verdad, no sabe lo que significa para mí. Entre, hablaremos de los detalles. Y parece que necesita un buen café. El interior de la casa era modesto pero acogedor. Los muebles de madera y el olor a café recién hecho llenaban la cocina. Camila le indicó una silla mientras servía dos tazas.

 “Cuénteme todo desde el principio, pidió.” Adrián se aflojó la corbata y suspiró. Mi padre fundó el grupo Vega Internacional hace 40 años. empezó con un pequeño taller y lo convirtió en un conglomerado de más de 3,000 empleados. Era brillante, pero distante. Cuando murió hace 6 meses, su abogado leyó el testamento. Si yo no estaba casado al cumplir 32 años, todo pasaría a manos de mi primo Héctor.

 Y ese primo no tiene buenas intenciones en absoluto. Ya tiene compradores listos para desmantelar todo. Si él se queda con el control, miles de familias se quedan sin empleo. Camila asintió despacio, comprendiendo mejor su desesperación. Y en se meses no ha podido encontrar a nadie. Lo intenté, dijo con una sonrisa amarga. Pero las que querían casarse conmigo solo buscaban dinero y las que me importaban no querían casarse por obligación.

Camila apoyó los codos sobre la mesa y ahora está aquí pidiéndole a una desconocida que le salve la vida. Sí, y no tengo otra opción. Ella respiró hondo. Bien, si vamos a hacer esto, habrá reglas. Esto será un acuerdo. Nada de promesas falsas ni falsas ilusiones. Dormirá en el cuarto de invitados, ayudará en la finca y respetará mis horarios.

Acepto todo, dijo él sin dudar. Llamaré a mi abogado ahora mismo para redactar el contrato. Sacó el teléfono y marcó. Manuel Robles, necesito un contrato matrimonial urgente. Sí, esta noche hizo una pausa. No, no estoy bromeando. Llegué a esta dirección antes de las 8 de la mañana. Colgó y la miró con una media sonrisa.

 ¿Cree que me he vuelto loco? Tal vez lo estamos los dos, respondió ella sonriendo también. Hablaron durante un rato más, concretando los detalles básicos. ¿Cómo justificarían su relación? ¿Cuánto duraría el acuerdo y qué implicaría para ambos? Camila escuchaba con atención, intentando no pensar demasiado en lo que hacía.

 Cuando subió a preparar el cuarto de invitados, él se detuvo en la puerta. ¿Por qué me cree, Camila? Podría estar mintiendo. Porque puedo ver la verdad en sus ojos, contestó. Y porque no tengo nada que perder ayudando a alguien que de verdad lo necesita. Llámeme Adrián, dijo él. Buenas noches, Adrián. Buenas noches, Camila. Y gracias otra vez.

 Esa noche, mientras ella intentaba dormir, pensó en lo que acababa de aceptar. En menos de 12 horas sería la esposa de un completo desconocido, un multimillonario desesperado que viviría bajo su mismo techo. Quizá estaba cometiendo una locura, pero sentía que era la decisión correcta. El sonido del despertador rompió el silencio a las 6:30 de la mañana.

 Camila apenas había dormido con la cabeza llena de preguntas y una sensación constante de incredulidad. Se vistió con un vestido rojo sencillo, el mismo que solía usar para ir a misa los domingos. Si iba a casarse ese día, al menos quería verse presentable. Cuando bajó a la cocina, Adrián ya estaba despierto.

 Llevaba la misma ropa del día anterior y tenía ojeras marcadas. Estaba revisando su teléfono con el ceño fruncido. “Buenos días”, dijo Camila con voz tranquila. “¿Has dormido algo?” “Casi nada, pero con un café me basta.” levantó la vista y sonrió débilmente. Estás preciosa Camila sintió un leve calor en las mejillas. Gracias. Te prepararé el desayuno.

 Necesitas energía si vas a enfrentarte a tu abogado tan temprano. Mientras batía los huevos y servía el café, notó que él la observaba con curiosidad, como si tratara de comprender cómo una mujer podía vivir tan lejos del ruido del mundo. A las 8 en punto, el sonido de un coche interrumpió la calma. Afuera, un hombre delgado, de traje oscuro y maletín en mano, se acercó a la puerta.

Manuel Robles, abogado, se presentó con un tono firme cuando Camila abrió. Usted debe de ser la señorita Rojas. Sí, pase, por favor. Adrián se levantó enseguida. Manuel, gracias por venir. Sé que es una locura. El abogado lo miró con gesto severo. He recibido llamadas tuyas extrañas, Adrián, pero esta se lleva el premio.

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