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Millonario escuchó a la recepcionista hablar en alemán por teléfono y quedó sorprendido

No dijo nada. Ni siquiera  levantó la vista. Clásico. Respiró hondo y volvió a su escritorio. Esa mañana estaba decidida a pasar inadvertida, pero el universo tenía otros planes. El teléfono corporativo sonó con un timbre insistente. Un, dos, tres,  10 timbrazos. Camila miró alrededor.

 La asistente ejecutiva  Laura Medina había desaparecido como por arte de magia. Seguro estaba en la cafetería tomando su segundo café gourmet del día mientras la oficina ardía. Finalmente tomó el auricular.  Recepción de Torres y Asociados. Buenos días, dijo con amabilidad. Lo que escuchó al otro lado la hizo parpadear.

Una voz masculina, firme y profunda hablando en alemán. Camila  dudó apenas un segundo. Guten Morgen Er Krueger. ¿En qué puedo ayudarle? respondió con naturalidad. Hubo un silencio breve. Ah, ¿usted habla alemán?, preguntó sorprendido el hombre. Sí, con fluidez. ¿Desea dejar un mensaje para el señor Torres?  En ese momento, Alejandro se detuvo frente a los ventanales de lobby, observando sin ser visto.

 Sus ojos azules se enfocaron en ella con un interés inusual. Necesito hablar con él de inmediato. Se trata de una inversión de 50 millones de euros dijo la voz al otro lado. Camila tragó saliva. 50 millones. Eso era mucho más de lo que ella ganaría en toda su vida si seguía contestando teléfonos. El señor Torres está en reuniones improvisó manteniendo un tono profesional.

Pero puedo asegurarle que recibirá  su mensaje de inmediato. Mientras tomaba nota, sintió que algo se le caía  al suelo. Su bolígrafo rodó bajo el escritorio. Se agachó  golpeándose la frente con la esquina de la mesa. “Ay”, murmuró frotándose la frente. El sonido de una risa ahogada llegó hasta sus oídos.

 Uno de los guardias de seguridad la había visto desde lejos. Camila  levantó la mano como diciendo, “No vi nada, seguimos profesionales.” Cuando terminó la llamada, anotó cuidadosamente el nombre Maximilian Krueger. Sabía quién  era. Había escuchado rumores de que la empresa llevaba meses intentando cerrar un acuerdo con ese multimillonario alemán.

Al levantar  la vista, casi saltó de la silla. Alejandro estaba parado frente a su escritorio,  mirándola con una expresión que no supo descifrar. ¿Usted habla alemán?, preguntó con voz baja y clara. Eh, sí, un poco, respondió ella, minimizando su talento por instinto. Lo que acabo de escuchar estaba lejos de ser un poco.

 Camila sintió  un calor incómodo en las mejillas. No sabía si por el alago o porque había un mechón  rebelde de cabello pegado a su frente sudorosa. Fue solo una  llamada. Nadie más estaba cerca para atender. Alejandro la observó en silencio unos segundos que parecieron eternos. Quiero el mensaje completo en mi despacho ahora.

 Cuando se alejó,  Camila suspiró. Ni siquiera había tenido tiempo de aplicar corrector al chichón que le empezaba a salir en la frente. Bien, Camila,  primer día de tu nueva vida. Hablas cinco idiomas y pareces un pingüino torpe frente al jefe. Excelente inicio murmuró para sí misma con  un toque de humor resignado.

Mientras escribía el recado, Laura apareció con su vaso de café humeante. ¿Qué te pasó en la frente?, preguntó con una  sonrisita. Conexión directa con el mobiliario de lujo, dijo Camila, sarcástica. Pues cuídate, los clientes importantes no quieren ver recepcionistas  golpeadas. Camila apretó el bolígrafo con fuerza.

Si no fuera porque necesitaba el sueldo, habría usado su quinto idioma para decirle exactamente lo que pensaba. Ese mismo instante, en su despacho, Alejandro leía la nota que Camila había escrito con letra firme y clara. Maximilian Kruger 50 millones. Reunión urgente. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió levemente.

Interesante. El reloj marcaba las 11 de la mañana y el hobby de Torres y Asociados parecía una pasarela silenciosa. Trajes impecables, tacones resonando sobre el mármol y el aroma a café caro mezclado  con perfumes importados flotaban en el aire. Camila, aún con el chichón disimulado bajo un mechón de su cabello castaño,  intentaba no pensar en lo que acababa de ocurrir.

La llamada en alemán había sido un pequeño triunfo personal, pero su orgullo todavía dolía  por haber quedado como una torpe frente al jefe. Se acomodó detrás del mostrador, reorganizando las carpetas que ya había alineado cinco veces. En ese momento, Laura Medina, la asistente ejecutiva, apareció por el pasillo con su habitual aire de superioridad.

Llevaba un vestido bis ajustado, tacones negros y una sonrisa que siempre parecía a punto de convertirse en burla. “Así que la estrellita de la recepción ahora es traductora”, dijo apoyándose con elegancia en el mostrador. “Solo contesté el teléfono como parte  de mi trabajo”, respondió Camila con calma.

Laura soltó una risita.  Ay, por favor, no te emociones. Aquí los idiomas no te sirven  para muchos y lo único que haces es decir buenos días y traer mensajeros. Camila respiró  profundo. Ese tipo de comentarios ya no le dolían tanto como antes, pero algo en la forma en que Laura la miraba le encendía una chispa de rabia silenciosa.

“Bueno, nunca se sabe cuando un saludo  puede salvar 50 millones de euros”, respondió con una sonrisa tranquila recordando  el recado que había entregado a Alejandro. El gesto de Laura se congeló un segundo. 50 millones, repitió con el tono de quien se da cuenta de que se perdió algo importante.

Eso decía la llamada. Supongo que el señor Torres ya lo sabe. Laura se enderezó fulminándola con la mirada. Ten cuidado,  Camila. A veces es mejor no meterse en lo que no te corresponde. Camila solo asintió, pero por dentro su sentido del humor le dictaba al cerebro respuestas mucho más creativas.

 No te preocupes, lo único que quiero es sobrevivir sin que tu sombra me pisotee los pies. Minutos después, Alejandro salió de su despacho caminando con paso firme hacia los ascensores privados.  sostenía una carpeta de cuero y el teléfono en la otra mano. Laura,  conmigo ordenó sin detenerse. Por supuesto, señor  Torres, respondió ella, lanzándole a Camila una mirada de triunfo antes de irse.

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