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Mauricio Garcés: el Asqueroso Secreto que Ocultó hasta Morir

 Eran extranjeros con un acento extraño y un apellido que en México casi nadie sabía pronunciar bien. La familia no era rica. La familia luchaba.  El padre intentaba sostenerla con un comercio modesto. La madre cargaba el peso emocional de todos los hijos. Pero entre todos los hijos había uno al que ella miraba de un modo distinto.

 A Mauricio lo educó como si fuera un pequeño rey. Lo vestía con cuidado obsesivo. Lo peinaba con la raya impecable cada mañana antes de la escuela. Lo llevaba a misa sentado a su lado en la fila de adelante, no en la fila de los niños. Le hablaba en susurro sobre lo que iba a hacer de mayor. Le decía, mirándolo a los ojos, que los demás del mundo iban a ser personas comunes y él iba a hacer otra cosa.

 Le decía que tenía algo distinto que solo ella sabía reconocer. Era un  secreto entre los dos, susurrado en la cocina antes de que el mundo lo escuchara y que no había que compartir con nadie más. En las fotos que se conservan de esa infancia hay un detalle que llama la atención al cabo de unos minutos.

 El niño nunca aparece solo, siempre está junto a ella. Siempre. En las fotos del puerto, en las fotos del muelle de Tampico, en las fotos de la escuela primaria donde el resto de los niños posano, siempre  en algún lado del cuadro aparece la figura de la madre. como una presencia que el fotógrafo mismo no había pedido, pero que ella se imponía sin que nadie se lo discutiera.

Cuando alguien le preguntaba a la madre por su hijo favorito, ella respondía con una frase que Mauricio repetiría décadas después en una entrevista de televisión, ya viejo, ya enfermo, a medio camino entre la nostalgia y el resentimiento. Su madre decía que los demás eran sus hijos. Mauricio era su vida.

 Una frase así dicha a un niño de 6 o 7 años deja huellas que después se confunden con la personalidad. Ese niño aprende a buscar esa misma intensidad en cada relación que tenga después y nunca la van a encontrar porque ninguna mujer del mundo va a poder sostener esa promesa que la madre le susurró en la cuna.

 Y lo que ese niño aprendió en esa cocina de Tampico le iba a costar todo. 40 años después. Hay una imagen que un primo lejano de Mauricio recordaba años después en una entrevista pequeña  hecha en una radio local de Tamaulipas que casi nadie escuchó. Decía que cuando los niños del barrio jugaban en la calle y se ensuciaban las rodillas, todas las madres salían a llamar a sus hijos a gritos  para que entraran a comer.

 La madre de Mauricio nunca gritaba. Aparecía en la puerta, miraba al niño desde el umbral. Levatá hacía un gesto pequeño con la mano  y Mauricio dejaba la pelota, se separaba del grupo, caminaba hacia ella sin protestar. Los demás niños se quedaban mirando. Algo en esa escena los inquietaba sin que ninguno supiera explicarlo.

La obediencia era demasiado limpia. La conexión entre esos dos cuerpos era demasiado exclusiva. Ese primo lejano, ya viejo, cuando lo entrevistaron, lo dijo con palabras simples. Dijo que entre Mauricio y su madre había una frontera invisible que ninguna otra persona del mundo logró cruzar nunca. Ni el padre mientras  vivió, ni los hermanos, ni más tarde algún amigo, alguna novia, algún colega, nadie.

 El padre de Mauricio, en cambio, es una figura que casi no  aparece en ningún relato sobre la infancia del actor. Era un hombre callado, dedicado al comercio, presente físicamente, pero ausente emocionalmente. Cuando murió durante la juventud temprana de Mauricio, el luto familiar duró el tiempo correcto, pero no más.

 La madre se vistió de negro. Mauricio se vistió de negro y la dinámica de la casa, en la que la madre ya era la figura central, se cerró por completo en torno al hijo varón. A partir de aquel funeral discreto en una iglesia de Tampico, de la que casi no quedan registros, Mauricio Féz Jazbeck se convirtió en el único hombre de la vida de su madre.

tenía 18 años y desde ese día hasta que ella murió cuatro décadas después, no hubo otro varón con derecho a entrar de verdad en esa casa. La familia se mudó a Ciudad de México cuando Mauricio era un adolescente, poco después de la muerte del padre. Y ahí empezó la transformación. El muchacho descubrió el cine.

 Iba a las salas oscuras del centro histórico cuatro y cinco veces por semana. Se sentaba en la fila de en medio, se quedaba a las funciones dobles, veía las películas dos veces seguidas y podía pagarlas y se enamoró de tres hombres que no existían, Clark Gable, Gary Cooper y Carry Grant. Tres galanes anglosajones cuyos nombres empezaban con la misma letra.

 La G Mauricio se obsesionó con esa letra. Decidió que su nombre artístico  también tenía que empezar con una G. probó variantes en una libreta Garrido, Games, Galván  y al final eligió uno que sonaba español, cinematográfico, aristocrático,  garcés. El día que firmó su primer contrato con ese apellido nuevo,  Mauricio Féz Jazbeck desapareció por los costados de la pantalla.

 Mauricio Garcés ocupó su lugar, pero cambiar el apellido no cambia lo que un niño aprendió en la cocina de su casa. Un hombre con dos nombres ya empezó dividido. Su carrera arrancó a finales de los años 40 con papeles pequeños, películas que hoy nadie recuerda. Aparecía 2 minutos, decía tres frases, cobraba poco. Pero el público mexicano empezó a notar algo en ese muchacho moreno, alto, con voz grave  y modales europeos.

 Lo notaron las mujeres primero, los productores después. Para 1967, con 40 años cumplidos,  Mauricio Garcés se convirtió en un fenómeno cuando se estrenó Don Juan 67. Una comedia ligera sobre un seductor maduro que conquistaba a mujeres más jóvenes con una facilidad casi mágica. La película fue un éxito brutal.

 Después vinieron El matrimonio es como el demonio.  Click. fotógrafo de modelos, departamento de soltero, modisto de señoras, el sinvergüenza. Cada película era una variación sobre el mismo personaje. Un hombre soltero, elegante, ligero, irresistible. Un hombre que vivía en un departamento moderno con barra de bar, música de jazz y una procesión interminable de mujeres entrando y saliendo.

 Las películas eran pícaras, divertidas,  un éxito de taquilla constante y construyeron en la cabeza del público mexicano una idea muy concreta. Mauricio Garcés era ese hombre, el don  Juan, el seductor sin edad, el que nunca dormía solo. La calle, las amas de casa, los chóeres, los vendedores de tortas le gritaban al pasar frases pícaras como si lo conocieran.

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