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María Félix rechazó una película por una razón impactante- Hollywood quedó en Shock

 Esta es esa historia, la historia del rechazo que sacudió los cimientos de la industria más poderosa del entretenimiento mundial. La historia de la razón real detrás de ese no. Una razón que tiene que ver con una cicatriz que no aparece en ninguna fotografía, con una promesa hecha en voz baja en un cuarto oscuro de álamos, sonora y con la única cosa en el mundo que María Félix nunca pudo controlar.

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 Para entender lo que pasó en 1954, hay que retroceder. Hay que viajar en el tiempo hasta Álamos, Sonora, en 1914. Un pueblo pequeño, polvoriento, aplastado por el sol del desierto, rodeado de sierra y de silencio. Las calles eran de tierra. Los burros caminaban junto a los niños descalzos. El olor a frijoles refritos se mezclaba con el polvo que el viento levantaba cada tarde.

 Ahí nació María, la octava de 11 hermanos, en una casa de adobe con techo de teja, donde las paredes guardaban el frío de la noche y el calor del mediodía con la misma indiferencia. Su padre, Bernardo Félix, era un hombre de carácter duro, militar de profesión, político de ambición, con silencios largos que pesaban como piedras en cada cuarto de la casa.

Cuando Bernardo entraba a una habitación, los niños se callaban. Cuando se sentaba a la mesa, nadie hablaba hasta que él hablara primero. Cuando levantaba la voz, las paredes temblaban. Su madre, Josefina Guereña, era todo lo contrario, suave, musical, con una voz que llenaba la casa cuando cantaba por las mañanas mientras preparaba el desayuno.

 Josefina cantaba canciones de Sonora, canciones viejas que hablaban de amor imposible, de mujeres que esperaban junto a la ventana, de hombres que se iban y no volvían, canciones que olían a tierra mojada y a nostalgia. María creció escuchando esas canciones. Creció mirando a su madre doblegarse ante su padre.

 Mirando como la belleza de una mujer podía ser una trampa tanto como un regalo. Mirando como los hombres del pueblo hablaban de Josefina como si fuera un adorno y no una persona. Y desde niña, sin palabras todavía, pero con una certeza que le vivía en el pecho como una brasa que nunca se apagaba, decidió algo en silencio. Ella no iba a doblarse ante nadie nunca, ni ante un padre autoritario, ni ante un marido abusivo, ni ante un director de cine que le dijera cómo pararse frente a una cámara, ni ante Hollywood.

 Esa decisión tomada en una casa de adobe en un pueblo del desierto la llevaría más lejos de lo que cualquier niña de Álamos hubiera soñado jamás. La llevó primero a Guadalajara, donde se casó a los 17 años con Enrique Álvarez a la Torre. Un hombre que resultó ser tan controlador como su padre. Un hombre que cuando ella pidió el divorcio en 1938 le arrebató a su único hijo Enrique como castigo por atreverse a ser libre.

 Ese trauma, ese hijo arrancado de sus brazos como se arranca una rama de un árbol. Esa herida que nunca cerró del todo, la marcó de una manera que el mundo no podía ver, pero que María cargaba en cada paso, en cada decisión, en cada mirada de acero que las cámaras confundían con arrogancia y que en realidad era protección, la protección de alguien que ya perdió lo más importante y que no va a dejar que nadie le quite nada más.

Luego la llevó a la Ciudad de México, a los estudios cinematográficos de la época de oro, donde un fotógrafo llamado Alex Philips la miró a través de su lente y dijo en voz alta lo que todos pensaban en silencio. Esta mujer no actúa para la cámara. La cámara actúa para ella. Su primera película fue El Peñón de las Ánimas en 1943.

Tenía 28 años y no sabía actuar. No importó. La pantalla la amaba de una manera que no se puede enseñar ni fingir ni comprar con ningún contrato. Algo en su rostro, en la manera en que sus ojos capturaban la luz, en la forma en que se movía como si el aire a su alrededor le perteneciera, hacía que fuera imposible mirar hacia otro lado.

 El público mexicano la vio y ya no pudo dejar de verla. En tr años era la estrella más grande del cine nacional. En cinco, Europa la estaba llamando. En 10, el mundo entero sabía su nombre. Pero esa primavera de 1954, en una ciudad que no era la suya, en un idioma que no era el suyo, algo en María Félix estaba a punto de tomar la decisión más importante de su vida.

 Y nadie, absolutamente nadie, iba a entender por qué. Hay una fotografía de María Félix tomada en París en 1952. Está sentada en una terraza del café de Flore en el Boulevar Saint-Germain, el mismo café donde Jean Paul Sartre escribía y Simone de Boboir discutía sobre libertad. Tiene un cigarrillo francés en la mano derecha, una copa de vino blanco en la izquierda y mira hacia la calle con una expresión que no es arrogancia, aunque todo el mundo la llame así. Es distancia.

 La distancia de alguien que aprendió muy temprano que el mundo puede quitarte cualquier cosa en cualquier momento, un hijo, un embarazo, un amor, la juventud y que la única forma de sobrevivir es no aferrarse demasiado a nada. Ese año 1952, María estaba en la cima de algo que muy pocas personas alcanzan toda una vida. No era solo fama, que ya la tenía desde hacía una década.

 Era algo más extraño y más poderoso. Era leyenda en vida. Los franceses la llamaban la doña, igual que en México, pero en su boca sonaba diferente. Sonaba como un título nobiliario, como algo que se gana en batalla, no en un escenario. Jan Cook Teau le escribió un poema donde la describió como una mujer tan hermosa que hacía daño.

 Diego Rivera le pintó el rostro en un mural y dijo de ella que era un ser monstruosamente perfecto. Agustín Lara, que había sido su tercer esposo y que seguía siendo su devoto desde la distancia, componía canciones pensando en ella aunque ya no estuviera, porque María Félix era de esas mujeres que te habitan incluso después de irse.

Octavio Paz escribió que María nació dos veces, que sus padres la engendraron y luego ella se inventó a sí misma. María coleccionaba adoraciones con la misma elegancia con que coleccionaba joyas de cartier, sin demasiado apego, sin perder el sueño, como quien recoge flores del camino sabiendo que se marchitarán, pero las recoge igual porque son hermosas mientras duran.

 Pero ese año también pasó algo que las biografías mencionan de pasada y que la historia nunca terminó de entender del todo. María perdió un embarazo. No fue el primero. Había perdido antes en silencio, como se pierden las cosas que duelen demasiado para ser dichas en voz alta. Pero este fue diferente. Este llegó más lejos.

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