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Madre Besaba una Cicatriz en su Brazo Cada Noche… Su Hija Supo la Verdad a los 30

 Mamá, ¿por qué besas eso? Rosa la miraba, sonreía de esa manera suya,  que no era exactamente alegría, sino algo más tranquilo, más hondo, porque me lo merece mi hija. Y eso era todo. Eso era siempre todo lo que decía. Y Elena aprendió que había preguntas que su madre respondía y preguntas que su madre guardaba y aprendió a distinguirlas.

 y aprendió,  como aprenden los hijos de las mujeres fuertes, a respetar los silencios sin dejar de querer saber. Rosa Vargas había llegado al pueblo de San Cristóbal del Monte siendo una niña con trenzas y sin padre, que es la manera más honesta de decir que llegó con su madre,  con una maleta de cartón y con esa mirada que tienen los que vienen de lejos y no saben bien si van a quedarse. Tenía 8 años.

 Su  madre, Guadalupe lavaba ropa ajena y planchaba vestidos de fiesta para las señoras del pueblo.  No era una vida fácil, pero era una vida. Y Guadalupe la vivía sin quejarse, que es la única manera que conocía. Rosa creció entre olores de almidón y jabón, entre manos siempre húmedas y espaldas siempre inclinada sobre la arteza.

 Aprendió a ayudar antes de que se lo pidieran. Aprendió que el trabajo no se discute, se hace. Aprendió que hay dignidad en hacer bien lo que toca hacer, aunque no sea lo que uno hubiera elegido.  Y aprendió sobre todo a no pedir lo que no iba a recibir, que también es una forma de sabiduría, aunque duela  aprenderla.

 A los 17 años conoció a Marcos. Marcos Fuentes era hijo de un herrero y tenía las manos grandes y la risa fácil. y esa manera de mirar a la gente como si genuinamente le importara  lo que iban a decir. Se enamoraron despacio, como se enamoran los que no tienen prisa porque tampoco tienen a dónde ir.

 Se casaron con una fiesta pequeña en el patio de la casa de Guadalupe con tamales y música de viento  y un vestido blanco que Rosa se hizo ella misma en tres noches seguidas. Al año nació Elena y al año siguiente  nació el problema. Marcos cayó enfermo de algo que los médicos del pueblo no supieron nombrar bien al principio.

  Era una enfermedad del corazón, decían. Era el estrés, decían. Era el clima, decían. Lo que nadie decía con claridad era lo que Rosa ya sabía con esa claridad brutal  que tienen las mujeres cuando algo se está yendo, que Marcos se  estaba yendo no de un golpe, no deprisa, sino de esa manera lenta y obstinada  que tienen ciertas enfermedades que es como si el cuerpo fuera soltando cosas de a poco sin hacer escándalo.

 Rosa tenía 20 años y una niña de uno y un marido que cada semana podía hacer menos y no había seguro, no había ahorros, no había familia con dinero,  había trabajo y había voluntad, que son dos cosas distintas, pero que en manos de ciertas mujeres  se vuelven lo mismo.

 Empezó a lavar ropa como su madre. Luego encontró trabajo en la cocina de una fonda, luego aprendió a cocer de noche cuando Elena dormía. trabajaba con las manos hasta  que las manos le dolían y entonces seguía un poco más porque el dolor era suyo, pero la necesidad era de los tres. Marcos la miraba desde la cama con ojos que ya no podían ayudar en nada, pero que todavía podían ver.

 Y en esa mirada había una gratitud tan  grande y tan pesada que a veces Rosa tenía que salir al patio para que él no la viera aguantar.  El accidente pasó una tarde de marzo. Rosa estaba cortando tela para un vestido de encargo. Las tijeras eran viejas y la luz era mala y el cansancio era de semanas acumuladas una sobre otra. Resbaló.

 La hoja le abrió el antebrazo izquierdo  en un tajo que sangró más de lo que debía. No fue grave en el sentido  médico, fue grave en el sentido de que Rosa estaba sola con Elena dormida en el cuarto y Marcos sin poder levantarse y las manos temblando mientras se envolvía el brazo con lo primero que encontró.

Fue al médico.  Al día siguiente le cosieron. Le dijeron que había tenido suerte. Ella asintió  y pagó lo que pudo y volvió a su casa. Y esa misma tarde volvió a coser con el brazo vendado y la aguja  moviéndose despacio, pero moviéndose. Marcos murió ese mismo año, en septiembre,  cuando empezaban a caer las primeras hojas del árbol grande que había en el patio, murió de noche sin hacer ruido, como había vivido los últimos meses.

Rosa se quedó con Elena, que tenía  2 años, y no iba a recordar a su padre, y con una cicatriz en el brazo izquierdo y con todo lo que había que seguir haciendo, y siguió. Eso es lo que hay que entender de Rosa Vargas, que siguió no porque fuera de piedra, no porque no doliera, sino porque Elena estaba ahí y porque detenerse no era una opción que Rosa se pudiera permitir.

siguió cociendo, siguió cocinando en la fonda, siguió lavando ropa ajena cuando faltaba y fue ahorrando de a poco, de a muy poco, con esa paciencia de las personas que saben que los  centavos también son dinero. Elena creció viendo a su madre trabajar. Creció con el sonido de la máquina de coser como música de fondo, con el olor a jabón y a comida caliente, con la sensación de que en esa casa pequeña  había algo sólido, aunque no hubiera mucho.

 Rosa nunca le habló de lo difícil, no porque quisiera mentirle, sino porque había cosas que una madre guarda para que sus hijos no crezcan con el peso  de ellas. Lo que sí le daba Rosa a Elena era tiempo, eso sí, tiempo y atención. y la convicción de que estudiar era la manera de no tener que elegir entre lo malo y lo peor. Elena  estudió.

 Fue la mejor de su clase en la primaria, la mejor en la secundaria. ganó una beca para la preparatoria en la ciudad y Rosa la acompañó hasta la terminal  de autobuses con una maleta que ella misma había cosido y un sobre con algo de dinero y un abrazo largo del que ninguna  de las dos quería soltarse. Elena se fue y Rosa volvió a su casa vacía y siguió.

 Los años pasaron de la manera en que pasan los años cuando uno está ocupado viviendo, que es sin que uno se dé bien cuenta. Elena terminó la preparatoria, luego la universidad,  estudió contabilidad, encontró trabajo, se hizo una vida en la ciudad, una vida propia, con su departamento pequeño y sus cuentas ordenadas y sus amigos y su rutina, pero volvía al pueblo  cada vez que podía.

 Volvía a esa casa donde Rosa seguía cociendo, aunque ya con menos urgencia, donde el árbol del patio había crecido hasta tocar el techo de la bodega, donde todo era casi igual que siempre, pero con esa pátina que pone el tiempo sobre las cosas conocidas. Y cada vez que volvía veía el gesto rosa en el borde de la cama, el brazo levantado, el beso sobre la cicatriz, siempre, sin excepción. Sin explicación.

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