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Lupillo Rivera acusa a Harfuch en programa nacional… ¡y termina humillado con una sola frase!

 Te ves cansado, mi rey. Estoy bien, mija. Es que vengo de Brasil y todavía traigo el cuerpo medio descompuesto, pero ya estoy aquí. Ya estamos al 100. La maquillista asintió sin convicción y se retiró. Lupillo se quedó solo frente al espejo del camerino. En el reflejo se vio la barba arreglada, los ojos un poco hinchados, el tatuaje de Belinda que ya casi no se notaba después de las pasadas con láser.

 Esa última semana había sido un infierno. La demanda seguía abierta. Los abogados de Belinda no aflojaban. Y para colmo, esa misma tarde su prometida, Taína Pimentel, le había mandado un mensaje desde Miami que él prefirió no contestar de inmediato. “Mi amor, no hables de más esta noche, por favor.” Lupillo bufó. que no hable de más, como si él fuera un niño chiquito al que hay que estarle diciendo lo que tiene que decir.

 Como si no fuera el hermano de Jenny Rivera, el que llenaba estadios, el que se había hecho solo, el toro del corrido. Que no hable de más.  país donde ya nadie podía decir nada sin que se le viniera el mundo encima. Lupillo, dos minutos”, avisó un asistente desde la puerta con la diadema puesta y una tableta en la mano.

 “Voy, voy.” Caminó por el pasillo angosto del foro hasta llegar al set principal. El programa se llamaba En vivo y sin filtro, una de esas producciones de Primetime que mezclaban espectáculo, política y polémica con dos copas de tequila escondidas debajo de la mesa. Lo conducía Verónica Salgado, una periodista de 4 y tantos años.

 Cabello castaño hasta los hombros, voz grave, fama de no soltar la presa cuando olía sangre. A Lupillo le caía bien. Habían cenado juntos un par de veces hacía años en una fiesta de la revista Quién. Pero Verónica era de las que se vestía de amiga para sacarte el alma en cámara y eso él también lo sabía.

 Cuando entró al set, los aplausos del público en vivo lo recibieron con calidez. Había unas 120 personas en las gradas, en su mayoría mujeres de 40 para arriba. fans de toda la vida, varias de ellas con copias del libro Tragos Amargos en las manos, esperando que tal vez al final del programa pudieran tomarse una foto con el cantante.

 Una señora de la primera fila, con el pelo teñido de rojo y un suéter beige le gritó, “¡Te amo, Lupillo!” Y el cantante le mandó un beso al aire agradecido. Levantó la mano, sonrió esa sonrisa torcida que tanto le gustaba a las cámaras y se sentó en el sillón de cuero blanco junto a Verónica. El estudio estaba iluminado por luces que cambiaban de color cada cierto número de segundos.

 Una decisión escenográfica relativamente nueva que el productor había impuesto creyendo que daría una vibra moderna al programa. En realidad, lo único que hacía era resaltar las imperfecciones de los invitados cada vez que el azul se transformaba en magenta. A Lupillo, sin embargo, le quedaba bien. La luz violácea hacía que su chamarra de cuero pareciera todavía más oscura, casi negra absoluta, y que los anillos de plata que llevaba en los dedos brillaran como pequeñas estrellas.

 “Bienvenido, Lupillo Rivera”, exclamó ella cruzando la pierna y mirándolo directo a los ojos. Qué gusto tenerte aquí en en vivo y sin filtro. El gusto es mío, Vero. Siempre es un placer venir a tu programa. Pues fíjate que esta noche no vienes solo a hablar de música, ¿verdad? Vienes a hablar de muchas cosas, de tu libro, de tu vida, de tus polémicas, porque Lupillo, polémicas no te faltan.

 Pues mira, polémicas tiene todo aquel que dice la verdad en este país. Y yo nunca me he callado. Ya me conoces. El público aplaudió. Verónica sonríó asintiendo. Empezaron con lo de siempre. Las preguntas suaves, las anécdotas de Jenny que el cantante repetía como un rosario, los conciertos en Estados Unidos, el libro Tragos amargos, que seguía dando de qué hablar.

 Meses después de su publicación. Lupillo se iba relajando, tomaba sorbos de agua mineral, bromeaba con el público, contaba chistes pasados de moda que de todas formas hacían reír. Todo iba bien, todo iba como debía ir. Hasta que después del primer corte comercial, Verónica cambió el tono. Lupillo, quiero llevarte a un terreno distinto.

 Mira, llevas mucho tiempo viviendo entre México y Estados Unidos. ¿Has visto este país desde adentro y desde afuera? ¿Cómo ves la situación de México hoy? Hablo de seguridad, hablo de violencia. Lupillo se acomodó en el sillón. Aquí vamos, pensó. No te metas a la política, Lupillo. No te metas. Pero al mismo tiempo, algo dentro de él, esa mezcla de orgullo, cansancio y rencor acumulado, empezó a empujarlo en la dirección contraria.

 Mira, Verónica, te voy a ser bien honesto. Yo amo a mi país. Soy mexicano hasta los huesos, aunque viva del otro lado. Pero México está mal, está bien mal. Y no me vengan con cuentos de que ya bajaron los homicidios, porque yo veo lo que pasa en los pueblos, yo veo lo que pasa en Sinaloa, lo que pasa en Michoacán, lo que pasa en Guerrero.

 La gente sigue muriendo. ¿Y a qué le atribuyes esa situación? A la corrupción. A la corrupción de siempre. y a que los que están arriba no son lo que aparentan ser. Verónica se inclinó hacia adelante con esa sonrisa de cazadora que sabía que estaba ante un momento de oro. ¿A quién te refieres exactamente, Lupillo? El cantante miró al público, miró las cámaras y por una milésima de segundo vio el rostro de Taína en su cabeza.

 Oyó su voz pidiéndole que no hablara de más, pero ese instante pasó. Lo arrastró el ego, lo arrastró el coraje y abrió la boca. Mira, Vero, te voy a decir algo y que sepan los que me están viendo en su casa. Aquí en México todo el mundo anda hablando del señor García Harfuch, el secretario de seguridad, que es el héroe, que es Batman, que es el Salvador, que va a ser presidente en el 2030.

 Pues yo, con todo respeto, no me trago ese cuento. El público en el estudio se quedó en silencio. Hubo un par de murmullos en las gradas. En la cabina de producción, detrás de los vidrios del foro, el productor levantó la cara de su tablet. Verónica abrió un poco los ojos, pero mantuvo la sonrisa. ¿Por qué no te lo tragas, Lupillo? Explícanos.

 Porque ese señor viene de donde viene. Porque su papá, Javier García Paniagua, fue jefe de la Dirección Federal de Seguridad en los años 70. ¿Y sabes qué hacía esa gente? Torturaban estudiantes, desaparecían gente. Esa es la herencia familiar. Su abuelo, el general García Barragán, fue el que mandó la orden de Tlatelolco en 68, Vero, cuando mataron a cientos de estudiantes.

 Esa es la sangre que corre por las venas del señor Harfuch y ahora me lo quieren vender como el ángel de la guarda de México. Pues no, hermana, no, Lupillo, estás haciendo señalamientos muy fuertes. Intervino Verónica sin perder la calma, pero con esa pequeña vena profesional que se le marcaba en la frente cuando sabía que el momento valía oro. Y todavía no termino.

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