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Luis Miguel Escuchó a un Joven Cantar “La Incondicional” en la Calle — Nadie Esperaba lo que Pasó…

 No necesitamos imitadores de Luis Miguel, le decían con desprecio,  como si cantar parecido a alguien fuera un defecto en lugar de un don. Esa tarde había decidido hacer lo que otros músicos sin oportunidades hacían. Cantar en las calles esperando juntar algunos pesos para comer. Eligió la esquina frente al estudio porque sabía que por ahí pasaban productores, directores y gente de la industria del entretenimiento.

 Tal vez, solo tal vez alguien lo escucharía. comenzó a cantarla incondicional, porque era la canción que mejor le salía, la que había practicado mil veces frente al espejo roto de su cuarto. Su voz salía clara y potente, llenando la calle con una emoción que hacía que la gente se detuviera.  Algunos dejaban sentavos en la funda abierta de su guitarra, otros simplemente escuchaban conmovidos antes de seguir su camino.

Pero lo que Arturo no sabía era que Luis Miguel estaba a solo 15 m de distancia escuchando desde la entrada del estudio. Luis Miguel había pasado toda la mañana grabando promocionales y ensayando para sus presentaciones  y estaba exhausto. El calor del foro, las luces intensas, las repeticiones interminables de la misma toma habían agotado hasta su legendaria energía.

 estaba listo para subir a su automóvil e irse a casa, quitarse el maquillaje, descansar la voz,  pero esa voz lo detuvo completamente. Al principio pensó que alguien estaba reproduciendo una de sus grabaciones en la radio, pero luego se dio cuenta de que el sonido venía de una guitarra  acústica y una voz humana.

 Caminó despacio hacia donde estaba el joven ocultándose entre la gente que se había detenido a escuchar. Se quedó ahí parado observando a este muchacho delgado con ropa gastada que cantaba su canción como si le estuviera arrancando el alma.  El pantalón del joven estaba parcheado en las rodillas. Sus zapatos, probablemente heredados, estaban tan gastados que Luis Miguel podía ver donde cartón reemplazaba la suela,  pero su postura era orgullosa, digna.

 No cantaba como mendigo,  cantaba como artista. Y no solo eso, la cantaba con la misma inflexión, el mismo quiebre de voz en las notas difíciles, el mismo sentimiento que Luis Miguel ponía cuando la interpretaba. Luis Miguel sintió algo extraño en ese momento. No era celos ni molestia, era reconocimiento, como ver un espejo del tiempo verse a sí mismo años atrás,  cuando también había sentido la misma presión, la misma hambre, el mismo sueño imposible.

 Cuando Arturo terminó la canción, el pequeño grupo que se había formado aplaudió y algunas personas dejaron monedas de 50 centavos. En lugar de 10, Arturo sonrió agradecido, sin saber que entre esa gente estaba el hombre cuya voz acababa de replicar con perfección casi sobrenatural. Luis Miguel se acercó todavía sin identificarse.

 Llevaba lentes oscuros y una chamarra que ocultaba parte de su rostro. “Canta otra”, dijo con voz tranquila. Arturo lo miró, asintió sin reconocerlo y comenzó a tocar culpable o no.  Y otra vez esa similitud imposible, cada matiz, cada vibrato, cada respiración. Luis Miguel sintió un escalofrío recorrer su espalda porque era como escucharse a sí mismo en una dimensión paralela.

 Cuando la segunda canción terminó, Luis Miguel se quitó los lentes oscuros despacio. Algunas personas en el pequeño grupo lo reconocieron inmediatamente y comenzaron a murmurar. Arturo seguía sin darse cuenta, guardando las monedas que había recibido en su bolsillo.  “¿Sabes quién soy?”, preguntó Luis Miguel.

 Arturo levantó la vista, lo miró directamente y su rostro se puso  pálido. La guitarra casi se le cae de las manos. “Señor, señor Luis Miguel” logró articular con voz temblorosa.  Yo, yo solo estaba. Luis Miguel levantó la mano para detenerlo. Tranquilo, cantas así siempre o solo cuando imitas. La pregunta tenía un filo que Arturo sintió como una puñalada.

 Todos le decían que era imitador,  que no tenía voz propia, que vivía de copiar a otro y ahora el mismo Luis Miguel estaba ahí frente a él, probablemente para decirle lo mismo.  Yo no imito respondió Arturo con una dignidad que sorprendió incluso a sí mismo. Esta es mi voz. Nací así, no la  escogí.

 Luis Miguel estudió su rostro por varios segundos que se sintieron eternos. Vio la vergüenza mezzlada con orgullo, la desesperación contenida, el hambre  oculta detrás de los ojos. Vio algo que le recordó lo duro que era empezar cuando nadie abría una puerta. ¿De dónde eres?, preguntó Luis Miguel. De Puebla.

  Llegué hace curo semanas buscando oportunidades y las has encontrado. Arturo negó con la cabeza.  Nadie me nadie me escucha. Dicen que soy imitador. Luis Miguel asintió despacio como si cada palabra confirmara algo que ya sabía. Ven conmigo”, dijo señalando hacia el estudio.  “Quiero que grabes algo.

” Arturo parpadeó sin entender. “Grabar ahora. Ahora aquí conmigo.” La gente que había estado observando la escena comenzó a aplaudir. Algunos comentaban entre ellos porque en 1989, aunque no había cámaras personales como las conocemos hoy, los reporteros de espectáculos a veces rondaban los estudios con sus cámaras profesionales buscando historias.

 Arturo tomó su guitarra con manos temblorosas y siguió a Luis Miguel hacia el interior del estudio.  Caminaron por pasillos que Arturo nunca había imaginado que vería por dentro. Las paredes estaban decoradas con fotografías a color de las estrellas de la música mexicana.

 Juan Gabriel miraba desde un marco dorado. Rocío Durcal sonreía con esa presencia que paralizaba corazones. Pasaron junto a postes de discos y giras que Arturo había visto desde los aparadores de las tiendas de su pueblo, pegando la cara al vidrio sin poder comprarlos.  El olor del estudio era particular, una mezcla de barniz fresco, humo de cigarro, perfume caro y algo indefinible que solo existía en los lugares donde se fabricaban sueños.

 Finalmente llegaron al estudio de grabación donde Luis Miguel había estado trabajando toda la mañana. Los ingenieros de sonido miraron confundidos cuando Luis Miguel entró con este desconocido que parecía salido de la calle. Preparen todo otra vez, ordenó Luis Miguel. Este muchacho va a cantar. Arturo se paró frente al micrófono profesional, tan diferente de las esquinas donde había cantado, las luces del estudio,  el equipo técnico, los ingenieros observándolo.

 Todo le recordaba cuán lejos estaba de su cuarto en la colonia Doctores. “Canta culpable o no”, dijo Luis Miguel desde la cabina de control. “Y no pienses en nada más que en la canción.” Arturo cerró los ojos, respiró profundo y comenzó a cantar. Su voz llenó el estudio con la misma emoción que había llenado la calle. Minutos después, los ingenieros se miraron entre sí con expresiones de asombro absoluto.

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