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Los mejores abogados del Millonario no tenían una solución, entonces la nueva secretaria susurró…

Era enorme, evidente, pero los abogados no lo veían. Encuentren algo”, ordenó Alejandro golpeando la mesa con fuerza. Karen apretó los labios. Sabía que no debería meterse. No tenía un título de abogada ni un diploma prestigioso como todos en esa sala. Solo tenía la costumbre de fijarse en todo.

 Herencia de su padre, quien siempre repetía que un detalle mal colocado podía destruir un trabajo completo. Y no pudo callar más. Se acercó despacio a Alejandro, que respiraba hondo mientras miraba hacia la ventana. Nadie notó su presencia hasta que habló en voz baja, casi un susurro. El problema no está en las penalizaciones, está en la cláusula de jurisdicción. Página 82.

Alejandro se quedó inmóvil, apenas giró un poco la cabeza. ¿Qué dijiste? preguntó con un tono que mezclaba sorpresa y amenaza. Karen mantuvo la compostura. Página 82. Inciso de usaron definiciones basadas en leyes suizas para un contrato cuya empresa matriz exige que todo se rija por leyes mexicanas. La contradicción hace que el contrato se vuelva imposible de aplicar en caso de disputa.

 Los abogados guardaron silencio absoluto. Uno de ellos agarró el documento con manos temblorosas y comenzó a buscar desesperado. No, no puede ser, murmuró. Pero así es, tiene razón. El resto empezó a ojear frenéticamente, murmurando entre ellos. Alejandro ya no veía a los abogados. Miraba directo a Karen como si la estuviera viendo por primera vez.

 Ella sostenía la cafetera con firmeza, aunque el corazón le latía con fuerza. “Todos ustedes”, dijo Alejandro sin apartar la mirada de ella. “Fuera. Pero señor Lujan, debemos evaluar la estrategia.” Dije que se vayan y están despedidos. Los abogados recogieron sus cosas a toda prisa. En menos de un minuto, la sala quedó vacía.

 Karen se quedó sola frente a él, sin saber si acababa de salvar la empresa o de perder el empleo que necesitaba para pagar sus cuentas y los gastos médicos atrasados que aún arrastraba tras la enfermedad de su padre. Alejandro caminó hacia ella despacio analizándola. ¿Quién eres?, preguntó con un tono que no buscaba una simple presentación.

Karen Beltrán respondió, “Soy su nueva secretaria.” “No, eso ya lo sé.” Se acercó un poco más. Pregunto como una secretaria encuentra en minutos lo que 10 abogados pasaron por alto durante 6 horas. Karen respiró hondo. “Porque los detalles fuera de lugar me molestan”, respondió casi sin pensar. Y porque lo correcto es lo correcto, aunque no sea mi trabajo señalarlo.

Un silencio pesado llenó la sala. Alejandro finalmente sonrió apenas. Acabas de resolver un problema de 1000 millones de pesos y lo hiciste mientras servías café. Ella bajó la mirada un segundo, pero volvió a levantarla con firmeza. Solo hice lo que era necesario. Alejandro caminó hacia la mesa y luego volvió a ella.

Te voy a promover, anunció de golpe. Karen abrió los ojos sorprendida. Promoverme a qué? A jefa de cafeteras. No, dijo él con una media sonrisa. Serás mi asistente especial. A partir de ahora revisarás cada documento, cada contrato, cada línea que llega a mi escritorio. Reportarás solo a mí. Ella tardó en reaccionar.

No sé si sea buena idea. Voy a triplicar tu salario. Karen sintió un golpe en el pecho. Eso significaba pagar deudas, respirar un poco, quizá volver a estudiar algún día. Y tendrás presupuesto ilimitado para café, añadió él en tono casi divertido. Karen soltó una risa pequeña, nerviosa. Entonces quiero una oficina con ventana y una cafetera que no falle.

Alejandro por primera vez soltó una carcajada real. Hecho. Bienvenida al piso 90, Karen. Ella estrechó su mano y ambos sintieron algo que no tenía nada que ver con contratos. Era un inicio, uno que ninguno de los dos imaginaba a dónde los llevaría. La nueva oficina de Karen en el piso 90 llegó al día siguiente.

No era realmente una oficina, parecía más bien una pecera elegante. Las paredes eran de vidrio, permitiendo que Alejandro pudiera verla desde su propio despacho y ella pudiera verlo a él. Tenía un escritorio moderno, una silla que parecía más cara que su renta entera y sí, una cafetera nueva que funcionaba perfectamente.

También tenía una montaña de documentos esperándola. A las 8 en punto, un asistente entró empujando un carrito lleno de contratos gruesos, algunos tan pesados que parecían libros de leyes antiguas. “El señor Lujan pidió que revises todos estos”, dijo el asistente con una mirada de compasión. Todos? Preguntó Karen incrédula.

Sí. Antes del final del día, el asistente salió casi corriendo. Karen respiró profundo. Era un reto imposible, pero algo en ella se encendió. Se arremangó, encendió la cafetera y comenzó. Los contratos eran interminables. Cláusulas, fechas, anexos, pólizas, responsabilidades compartidas, definiciones cruzadas, pero mientras más leía, más se sumergía.

 Era como si su mente se ordenara sola entre las palabras legales. De pronto, todo lo complicado empezaba a tener sentido. A veces levantaba la vista y veía a Alejandro discutiendo por teléfono o revisando informes. En ocasiones él también la veía y al hacerlo levantaba una ceja como retándola. Ella respondía con otra mirada. vas a ver que puedo.

 Era un juego silencioso, extraño, pero estimulante. A las 6 de la tarde, Alejandro apareció en la entrada de su oficina con la intención clara de encontrarla vencida por el cansancio o enterrada bajo una pila de papeles. Pero no era así. Karen estaba tomando café tranquila, rodeada de tres pilas perfectamente organizadas.

¿Terminaste?, preguntó él cruzándose de brazos. Sí, le extendió una hoja. Aquí está el resumen. Alejandro tomó la hoja y la leyó. Mientras avanzaba por las líneas, su rostro cambiaba de incredulidad a asombro. El primer grupo de contratos estaba limpio. El segundo tenía errores menores que su equipo legal podía corregir, pero el tercero, “¿Tantos problemas?”, preguntó él apuntando al montón de carpetas rojas.

Son bombas a punto de explotar, respondió Karen. El acuerdo de desarrollos Montierra puede anularse sin penalización y el contrato con Novatecen con cualquier tecnología derivada. Es demasiado riesgoso. Alejandro dejó caer la hoja sobre el escritorio. Increíble. Karen esperaba un regaño, una exigencia o al menos un cuestionamiento, pero él solo la miró con un respeto que no había mostrado hacia nadie en todo el día.

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