Posted in

Lola Flores Retó a Camilo Sesto a Cantar en Su Tablao — Su Respuesta la Hizo Llorar

 Para entender lo que significaba esa llamada, hay que entender quién era Lola Flores. No como la conocen los que solo han visto fotografías, no como la recuerdan los que la vieron en televisión, sino como la conocían los que habían estado en una sala pequeña con ella y habían sentido lo que era su presencia de verdad. Lola Flores había nacido en Jerez de la Frontera en 1923, hija de una familia de clase trabajadora, mium, criada entre el flamenco y la copla, entre la pobreza y la alegría que los pobres inventan.

Porque la alegría también es una forma de sobrevivir. La llamaban la faraona, la faraona del flamenco. No porque fuera una reina en el sentido convencional, sino porque había algo en ella que no admitía comparación, algo que los flamencos llaman duende y que no se aprende ni se enseña, ni se compra ni se vende, que simplemente está o no está.

En los años del franquismo, cuando España vivía encerrada en sí misma, Chumil, la voz de Lola Flores, había sido una de las pocas cosas libres. No libre de censura, sino libre en el sentido más profundo, libre de falsedad. Cuando Lola cantaba, nadie dudaba de que era verdad. Pero Lola también era algo más.

 era la guardiana de algo, de una tradición que no se escribía en libros, sino que pasaba de garganta en garganta, de tablao en tablao, de generación en generación. Y ella vigilaba esa tradición con una severidad que podía parecer orgullo, pero que en realidad era amor. Y tenía una frase que se había hecho famosa, que ella no sabía cantar, pero que no se podía dejar de escucharla.

 lo decía de sí misma con esa mezcla de orgullo y honestidad que solo tienen las personas que han dejado de necesitar la aprobación de nadie, porque Lola Flores sabía exactamente lo que era y lo que no era, y en esa claridad residía parte de su poder. Había visto surgir a Camilo VI desde lejos. Había escuchado sus canciones.

 Había notado algo en esa voz que no sabía bien cómo clasificar. No era flamenco, no era copla, era otra cosa. Pero había momentos, ciertos momentos en ciertas canciones en que algo en esa voz le recordaban algo antiguo, a algo que ella reconocía. Esa noche Lola Flores había decidido averiguarlo. El tabllao de Triana no tenía nombre en ningún letrero, no hacía falta.

 Los que debían saber dónde estaba lo sabían. Los demás no eran bienvenidos. Era el tipo de lugar que existe en todas las ciudades que tienen historia de verdad. Un lugar que no haya cambiado porque nadie ha querido que cambiara con las mismas sillas de siempre. Shaming, el mismo olor a madera vieja y vino y sudor y empeño, la misma guitarra que lleva décadas aprendiendo a mi hablar.

 Camilo había entrado con la conciencia clara de que era un invitado, no en el sentido cortés de la palabra, en el sentido y honesto, que ese espacio tenía sus propias reglas y que él no las conocía del todo. Había pedido un vino, había escuchado, no había intentado ser el centro de nada, había hecho lo único sensato que se puede hacer cuando uno entra en un mundo que no es el suyo, callarse y aprender.

 Y mientras escuchaba, algo fue ocurriendo dentro de él que no supo bien cómo nombrar, la guitarra, las palmas, la voz de Lola cuando empezaba baja, y luego de repente se abría como se abre una puerta que lleva mucho tiempo cerrada. Algo en eso le recordaba algo. A la cocina de su madre en Alcoy a las mañanas de domingo a una radio pequeña que sonaba mientras su madre fregaba.

 Y él, el pequeño, el último de seis, escuchaba desde el suelo sin saber todavía que era lo que escuchaba. Llevaba una hora escuchando cuando Lola lo señaló. Ti Camilo se levantó, respiró un segundo, lo suficiente para que el tablao entero lo notara, lo suficiente para que esa respiración dijera algo antes de que ninguna nota sonara, que esto no era una actuación, que esto era otra cosa.

 Caminó entre las mesas, los ojos de todos siguiéndole, sin hostilidad, pero sin calidez tampoco. Con esa mirada de espera que tienen los que conocen bien su mundo y están a punto de ver si un extraño lo entiende, se plantó delante de Lola de cerca. Y Lola Flores era más pequeña de lo que parecía en el escenario, pero tenía esa cosa que tienen ciertas personas, que hace que el espacio a su alrededor parezca más suyo que de nadie, como si la gravedad funcionara diferente cerca de ellas.

 Le miró durante unos segundos sin decir nada. Dicen que cantas bonito, dijo finalmente, que tienes una voz, que llegas a la gente. Camilo no respondió. No era el momento de responder, pero yo necesito saber otra cosa. Continuó Lola. Necesito saber si tienes duende. ¿Sabes lo que es el duende? Creo que sí”, dijo Camilo.

 Lola inclinó ligeramente la cabeza, como si esa respuesta le pareciera interesante, pero insuficiente. “El duende no se aprende en ningún conservatorio.” Dijo, “No está en la técnica, no está en los años de estudio. O lo tienes o no lo tienes. Y esta noche vamos a ver si tú lo tienes.” Hizo un gesto hacia el guitarrista. El guitarrista se acomodó en su silla, los dedos sobre las cuerdas.

 Foim esperando, el guitarrista esperaba, la sala esperaba y Camilo VI cerró los ojos. En el segundo antes de cantar, Camilo pensó en su madre. No fue una decisión consciente, fue algo que llegó solo. Como llegan los recuerdos cuando uno está nervioso de verdad y el cuerpo busca algo sólido donde apoyarse. Su madre en la cocina de Alcoy el domingo por la mañana, la radio encendida y ella cantando en voz baja mientras trabajaba, sin darse cuenta de que cantaba.

 Morspon de la manera en que la gente canta cuando no está actuando para nadie, cuando la música sale sola, porque es la única manera que tiene del cuerpo de procesar lo que siente. Eso era lo que Camilo había aprendido de verdad antes de aprender ninguna técnica. Que la música no es algo que se hace, es algo que le pasa a uno.

 Pensó en eso mientras el guitarrista esperaba y decidió. La zarzamora le dijo al guitarrista en voz baja. En la sala hubo un movimiento imperceptible, no un ruido, algo más sutil. Imbishim, el tipo de tensión que se instala en un espacio. Cuando alguien hace algo que podría ser un error muy grande o algo extraordinario y todavía no se sabe cuál de las dos cosas.

 La zarzamora era la canción de Lola, la suya, la que la gente asociaba con ella antes que con ninguna otra cosa. Cantar la zarzamora delante de Lola Flores era o lo más valiente o lo más insensato que alguien podía hacer en esa sala. El guitarrista miró a Lola un solo segundo. Lola no dijo nada.

 Sus ojos estaban fijos en Camilo. El guitarrista sintió despacio y comenzó a tocar. Los primeros compases llenaron la sala. Camilo no abrió los ojos todavía. Escuchó la guitarra. Esperó el momento exacto, no el momento técnico, el momento en que la música te dice que ya. Cuando empezó a cantar, lo hizo de una manera que nadie en esa sala esperaba.

Read More