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Lo Que Pedro Infante Dijo Antes De Subir Al Avión Aún Estremece a México

Pedro Infante la miró  a los ojos al entregarle sus documentos y le dijo algo que ningún pasajero le había dicho antes, ni le dijo nunca después. le dijo, “Cuide bien este lugar, señorita. Los lugares que nos ven partir merecen ser cuidados.” Guadalupe  pensó que era un cumplido extraño.

 Sonrió, selló los documentos  y él siguió caminando hacia la pista. Solo mucho después entendió que no  había sido un cumplido, había sido una despedida. Lo que nadie sabía  esa mañana era que las últimas semanas habían sido para Pedro una especie de inventario silencioso, como si algo dentro de él,  algún instinto que la razón no podía explicar ni controlar, hubiera comenzado a cerrar cuentas pendientes, a decir cosas importantes, a mirar a las personas con una intensidad nueva, más larga,  más profunda, como quien

graba una imagen en la memoria, sabiendo que no tendrá otra oportunidad. Sus  amigos más cercanos lo habían notado. No lo dijeron en ese momento porque habría sonado a locura, a  superstición, pero lo notaron. Y cuando el teléfono sonó esa tarde con la noticia, cada uno sintió en el estómago algo que no era exactamente sorpresa.

 Era la confirmación de un miedo que habían tenido sin atreverse  a nombrarlo. Pedro Infante tenía 39 años esa mañana en Mérida. Tenía películas pendientes,  canciones a medio componer, amores que todavía no habían encontrado su forma definitiva. Era el hombre más querido de México, el ídolo que hacía llorar a las abuelas y suspirar a las jóvenes, el actor que llenaba cines con su  sola presencia, el cantante cuya voz sonaba en cada radio de cada cocina, de cada hogar del país.

 Y sin embargo, esa mañana  en ese aeropuerto pequeño de Mérida, con el calor ya instalándose sobre el asfalto, Pedro Infante se detuvo un momento antes de subir al avión. se giró hacia los pocos que estaban presentes y dijo algo que ninguno  de ellos olvidaría mientras viviera. Lo que dijo, como lo dijo y por qué esas palabras todavía estremecen a quienes las escuchan décadas después, es la historia  que vamos a contar hoy.

 La noche anterior al vuelo, Pedro Infante no durmió bien.  Esto lo saben porque no estaba solo y porque la persona que estuvo con él esa noche lo contó, no a los periódicos ni a los biógrafos, sino en conversaciones privadas que con  los años fueron filtrándose hacia la superficie con la lentitud inevitable de las verdades que no pueden quedarse enterradas para siempre.

 Pedro se despertó pasadas las 3 de la mañana y  no volvió a dormirse. Se quedó sentado en el borde de la cama mirando por la  ventana del hotel hacia la oscuridad de Mérida. esa oscuridad particular del sureste que nunca es completamente  negra porque el calor mismo parece tener luminosidad propia.

 Estuvo así durante casi una hora sin decir nada, simplemente mirando. Cuando  le preguntaron qué le pasaba, dijo que nada, que había soñado algo raro, que se le pasaría. no dijo  que había soñado. A las 4:30 de la mañana, cuando el silencio del hotel hacía que  cualquier sonido pareciera amplificado, Pedro tomó papel y pluma de la mesita de noche y escribió durante  casi 20 minutos.

Escribió con concentración, sin pausas largas, como alguien que no está componiendo,  sino transcribiendo algo que ya existe completo en su interior y solo necesita ser trasladado al papel antes de  que se disuelva. Lo que escribió esa madrugada no se conoce completamente. Existió.  Eso es lo que se sabe con certeza.

 Hubo papeles. Hubo algo parecido a una carta escrita de madrugada  en un hotel de Mérida por un hombre que en pocas horas subiría a un avión por última vez. Esos papeles  tuvieron un destino que nunca fue completamente aclarado, que entró en esa zona gris donde la historia personal de los grandes ídolos se mezcla con la protección familiar, con el deseo completamente humano de controlar cómo se recuerda a quién se amó.

 Lo que sí se sabe es lo que Pedro hizo después de escribir. Dobló los papeles con cuidado, los guardó en el bolsillo  interior de su chaqueta, la misma que llevaría puesta cuando subiera al avión, y se quedó quieto otro momento largo, mirando hacia ningún lugar en particular. Luego hizo algo que la  persona presente recordó siempre como el detalle más extraño de esa madrugada, más extraño  que el insomnio, más extraño que la escritura silenciosa.

Pedro Infante empezó a cantar muy bajito, casi sin  voz, como quien tararea sin darse cuenta. Pero no era un tarareo inconsciente, era una canción específica, completa, cantada desde el principio hasta el final, con esa voz que México entera conocía de memoria y que en ese cuarto de hotel sonaba diferente a como sonaba en los discos.

  Sonaba como algo que se canta para uno mismo, como algo que se canta cuando  no hay nadie mirando y no importa si sale perfecto. La canción era Amorcito Corazón, la cantó entera. Cuando terminó, se quedó en silencio y luego dijo,  en voz baja, pero perfectamente audible, una frase que quien la escuchó tardó años en poder repetir sin que la voz se le quebrara.

Dijo,  “Qué bonita es la vida cuando uno ha querido de verdad.” No como pregunta, no como lamento, como conclusión, como alguien  que está haciendo un balance y el balance, a pesar de todo, a pesar del cansancio y el peso de ser quien era, resulta  positivo, como alguien que en el fondo de una madrugada difícil encuentra que ha valido la pena.

Amaneció. Pedro se duchó, se vistió  con esa elegancia natural que no le requería esfuerzo, desayunó con apetito sorprendente para alguien que había dormido tan pooco y salió hacia el aeropuerto con paso firme. La chaqueta con los papeles en el bolsillo interior iba puesta.

 En el aeropuerto  esa mañana había más gente de lo habitual, no una multitud, pero sí la pequeña congregación que se forma naturalmente  alrededor de Pedro Infante en cualquier lugar público. Reconocerlo  era inevitable. Había algo en su presencia que era físicamente distinto al resto, no solo por su  fama, sino por esa cualidad que algunos seres humanos tienen de ocupar el espacio de manera diferente, de hacer que el aire a su alrededor parezca más cargado de posibilidad.

Los que estaban  ahí esa mañana se convirtieron sin saberlo en los últimos testigos civiles de Pedro Infante en vida. Algunos lo abordaron para pedirle autógrafos. Pedro firmó todos  los que le pidieron con su firma completa, sin el garabato apresurado que los ídolos desarrollan cuando la demanda supera la paciencia.

 Una mujer llamada Esperanza Tun, maestra de primaria  que viajaba a visitar a su madre enferma, le pidió una fotografía. No tenía  cámara. se lo dijo con la vergüenza amable de quien pide algo sin tener con que registrarlo. Pedro la  miró y le dijo que no importaba, que las mejores fotografías eran las que se guardaban aquí  y se tocó el pecho con dos dedos, exactamente donde estaba el bolsillo interior de su chaqueta, exactamente donde llevaba los papeles que había escrito de madrugada. Esperanza T contó

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