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Lo que le robaron a Pedro Infante después de morir y su familia nunca pudo recuperar

Personas que se sentaron a su mesa, que recibieron su cariño, que vivieron de su generosidad durante años y que en el momento en que su  cuerpo todavía estaba tibio, decidieron quedarse con todo. Esta es  la historia que vamos a contar hoy. No la del ídolo que todos conocen, sino la del hombre que  fue despojado, la del dinero que desapareció dentro de un laberinto legal tan bien construido que nadie pudo desmantelarlo.

la de la madre que fue a cobrar la pensión de su hijo muerto y regresó con las manos vacías. La de las 50 personas que un día dejaron de recibir el dinero que les permitía vivir y descubrieron  que el suelo que creían sólido no existía. Es una historia que duele porque  es verdadera y que importa porque habla de algo que todos hemos sentido alguna vez.

 La traición de alguien en quien  confiábamos sin reservas, multiplicada aquí a una escala que resulta difícil de contemplar sin que algo se mueva adentro. Caminaremos por  ella despacio, con respeto, pero sin miedo. Porque Pedro Infante merece que se diga la verdad completa. No solo la mitad luminosa, la otra también.

 Para entender lo que se perdió, hay que  entender primero lo que existía. Y lo que existía era considerable, construido con años de trabajo sin pausa y una disciplina  creativa que dejaba exhaustos a quienes intentaban seguirle el ritmo. Pedro Infante había llegado desde Sinaloa con las manos vacías y una  voz que parecía hecha de otra sustancia que la del resto de los seres humanos.

No había habido  padrinos poderosos, ni herencias familiares, ni golpes de suerte que explicaran su ascenso. Solo trabajo, talento y una presencia escénica tan magnética que las cámaras parecían enamorarse de él antes de que él hiciera nada. Había grabado cientos de canciones, había filmado decenas de películas, había actuado en obras  de teatro, había hecho giras, había prestado su imagen, había invertido en negocios con la energía de  alguien que no sabe lo que es estar quieto. Al momento de su muerte, en

abril de 1957,  su patrimonio se estimaba en 20 millones de pesos. Una cifra que en  aquel México de mediados del siglo XX representaba una fortuna de dimensiones casi incomprensibles para el ciudadano común. Era el tipo de dinero que no solo compraba  comodidad, sino seguridad para generaciones.

El tipo de dinero que, bien administrado, debía haber garantizado el bienestar de su familia  por décadas. Tenía propiedades en varias ciudades. Tenía acciones en productoras cinematográficas de las más importantes de la época. Tenía participación en una compañía  aérea. Tenía automóviles, joyas, cuentas en distintas instituciones bancarias.

Había construido  un imperio real, tangible, Dakevel, con cada canción grabada y cada escena filmada a lo largo de una carrera que no había dado señales de querer detenerse. Y sin embargo, 15 días después  de su muerte, comenzaron a circular versiones que nadie esperaba.

 Voces sin nombre que decían que Pedro en realidad no había dejado tanta fortuna como se creía, que sus finanzas  eran más complicadas de lo que parecían, que había compromisos, deudas, situaciones difíciles de resolver. Las palabras llegaban desde lugares imprecisos, como siempre  llegan las mentiras cuando están bien organizadas, sin firma, sin cara, sin un punto de origen al que  alguien pudiera ir a pedir explicaciones.

La familia escuchaba. Los abogados preguntaban y cada puerta  que abrían encontraban la misma respuesta. El dinero no estaba, las propiedades no estaban a nombre de Pedro. Las cuentas no eran suyas formalmente. El imperio  que todos sabían que existía había desaparecido dentro de un laberinto que alguien había construido con mucho tiempo y mucha paciencia.

 Hay un dato sobre Pedro Infante que sus biógrafos mencionan casi de pasada como si fuera una curiosidad  menor, pero que en realidad es la clave que explica todo lo que vino después. Pedro Infante era absolutamente incapaz de administrar su propio dinero. No por irresponsabilidad, no por descuido, ni por una actitud despifarradora,  sino por temperamento puro.

 Pedro era un hombre de emociones,  de impulsos creativos, de conexiones humanas. El mundo de los números, los contratos, las cláusulas, las  regalías, las inversiones le parecían no solo tedioso, sino genuinamente ajeno, como si perteneciera a una dimensión de la realidad en la que él  simplemente no encajaba.

 Cobraba por grabar una canción y eso era suficiente. No  entendía bien el mecanismo de las regalías, esa fuente de ingresos que para un artista de su nivel y su catálogo debía haber representado una entrada permanente y sustancial de dinero durante décadas. No revisaba contratos en detalle, no verificaba que las propiedades que pagaba quedaran registradas a su nombre.

Firmaba lo que le ponían enfrente porque confiaba en quién se lo ponía y confiaba en una persona en particular más que en ninguna otra para todo lo relacionado con su dinero. Un hombre que había entrado en su  vida de una manera que hacía la confianza casi inevitable. Antonio Matute era un empresario de origen  libanés, millonario por derecho propio, hombre de mundo y de contactos en los círculos  más altos de la industria del espectáculo y los negocios mexicanos.

Vestía con precisión. Hablaba con la autoridad tranquila  de quién sabe exactamente cuánto vale y nunca necesita demostrarlo. Y tenía algo que lo vinculaba a Pedro de una manera que iba más allá  de cualquier relación comercial. era el padrino de Irma Dorantes, la mujer que Pedro amaba, la madre de su hija.

 Ese lazo lo convertía casi en familia. Y Pedro Infante,  que construía sus lealtades sobre el afecto y los vínculos humanos más que sobre cualquier evaluación racional,  lo trató exactamente como a un familiar. Le abrió su mundo sin condiciones, le entregó  la administración completa de sus finanzas con la naturalidad de quien le pide un favor a un hermano.

 Matute se convirtió en su apoderado legal.  el hombre que manejaba sus cuentas, que supervisaba sus inversiones, que compraba en su nombre, que firmaba cuando Pedro estaba  ocupado siendo Pedro Infante, que era básicamente todo el tiempo. Y Matute,  desde esa posición de confianza absoluta, comenzó a construir algo, algo que Pedro no podía ver porque no miraba en esa dirección, algo que solo se vería completo cuando ya fuera demasiado tarde para deshacerlo.

 La mecánica de la traición era simple en su  concepto, aunque sofisticada en su ejecución. Cada vez que Pedro le pedía a Matute que comprara algo, una propiedad  en tal ciudad, un automóvil, una participación en tal empresa, Matute lo compraba, usaba  el dinero de Pedro, salía de las cuentas de Pedro, se pagaba con los ingresos de Pedro.

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