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Le pagaron $5,000 para presentarse fea a una cita — sin saber que él era su CEO multimillonario

 Sí, soy yo. Ángela se sentó sin pedir permiso. Necesito que sabotees una cita. Tú irás en mi lugar y usarás mi nombre. Haz que él te odie. 5,000. Efectivo. Diana se quedó inmóvil. ¿Y a quién debo espantar? A Sergio Altamira. La respiración se le atoró. Altamira como Altamira corporativo. El mismo trabajo ahí.

 Diana también, pero en diseño. Con miles de empleados jamás había visto al director general. Ángela continuó. Llegas, actúas como una pesadilla, haces que no quiera volver a verme. Listo, ¿aceptas o no? Diana pensó en la renta, en la tableta rota, en sus deudas. Acepto. Esa noche, Valeria la ayudó a prepararse para lucir lo menos favorecida posible.

Sudadera enorme café, pantalones verdes llenos de bolsillos, tenis viejos de colores, cabello en un chongo inclinado y falso acné dibujado con delineador rojo. “Perfecto, dijo Valeria. Este hombre huida en el restaurante Los almendros del centro, la mirada del balet fue suficiente para confirmar que no encajaba ahí.

Reservación a nombre de Villaseñor”, dijo con seguridad fingida. Caminar entre mesas repletas de comensales vestidos con ropa costosa fue una tortura. Hasta que lo vio. Sergio Altamira estaba sentado, serio, elegante, con una presencia imposible de ignorar. Cuando levantó la mirada hacia ella, Diana sintió que la observaba por completo, como si pudiera ver más allá de su disfraz.

Ángela preguntó con voz profunda. Sí, soy yo. Dijo Diana con un tono agudo e incómodo. Tú eres Sergio no. Él asintió con una leve sonrisa intrigado. Se sentaron. Diana se apresuró a derribar el vaso de agua para parecer torpe. Soy un desastre, lo siento. Una vez tiré un pastel de boda encima de la novia.

 ¿Eras la novia? preguntó él divertido. Diana intentó recuperar el guion que había ensayado, pero Sergio parecía disfrutar cada una de sus exageraciones. Nada funcionaba como Ángela había prometido. Pidió el vino más barato del menú, habló de un exnovio inexistente y fue deliberadamente ruidosa. Aún así, Sergio la observaba con interés creciente.

Cuando llegó el postre, ocurrió lo peor. Olvidó su actuación. Al ver el tiramisu, sus ojos se iluminaron sin querer. ¿Te gusta?, preguntó Sergio inclinándose. Es bueno, intentó fingir, pero ya era tarde. Él sonrió satisfecho, como si hubiera descubierto algo valioso. Al finalizar la cena, Diana esperaba que él escapara.

En cambio, caminó junto a ella hacia la salida. “Gracias por esta noche”, dijo él. fue memorable. Memorable bueno o memorable malo. Aún lo estoy decidiendo. Se acercó peligrosamente. Quiero verte otra vez, Ángela. Diana sintió que el piso desaparecía. Em, tengo que pensarlo. Decide pronto.

 Prefiero un sí, dijo él seguro. Antes de irse, tomó su mano y la besó con suavidad. Ella quedó paralizada. En cuanto el chóer asignado por él la llevó de vuelta a su departamento, supo la verdad. Estaba en problemas. Diana se despertó sobresaltada al día siguiente. Su celular vibraba sin descanso. Cuando contestó, escuchó la voz tensa de Ángela.

 ¿Qué hiciste? Exactamente lo que pediste, respondió Diana, despeinada, aún medio dormida. Fui terrible. No lo suficiente”, replicó Ángela furiosa. Sergio llamó a mis padres. “¿Puedes creerlo? Les dijo que quiere volver a salir conmigo. ¿Tú entiendes lo que eso significa?” Diana sintió un hueco en el estómago. Yo de verdad hice todo lo posible.

 Pues no sirvió. Ahora sigues. No, espera. El trato era una noche. Yo ya cumplí. ¿Y qué vas a hacer? Decirle la verdad. Que no eres yo, que te pagué por verte mal, que trabajas para él en Altamira Corporativo. ¿Crees que eso te conviene? El frío recorrió la espalda de Diana. ¿Cómo sabes dónde trabajo? Investigué. Eso hacen las personas precavidas”, respondió Ángela con frialdad.

“Sigue saliendo con él hasta que logres que se canse. Si no, yo misma me encargo de que no vuelvas a conseguir trabajo en diseño.” ¿Entendido? La llamada terminó sin darle oportunidad de responder. Apenas Diana dejó el teléfono sobre el colchón, escuchó un golpe en la puerta. Valeria asomó la cabeza despeinada y envuelta en una cobija.

 ¿Quién gritaba? Ángela quiere que siga viendo a Sergio. ¿Y tú qué piensas hacer? No sé, dijo Diana casi al borde del llanto. En ese momento tocaron a la puerta otra vez. Era un repartidor con un enorme arreglo de tulipanes, los más hermosos que había visto. Una tarjeta acompañaba el ramo para el viernes. S. Valeria abrió los ojos con malicia.

Tulipanes. Este hombre no está jugando. No es romántico, respondió Diana débilmente. Es peligroso. Es mi jefe y no lo sabe. El celular vibró de nuevo. Un número desconocido. Valeria la obligó a contestar. Ángela, preguntó Diana. No, respondió él con esa voz profunda que ya conocía. Soy Sergio.

 Ella casi dejó caer el teléfono. Ah, hola. Viernes a las 7. Paso por ti, dijo él con una seguridad que desarmaba. No puedo. ¿Por qué? Preguntó con suavidad, pero también con algo de reto. Porque fui horrible en la primera cita. Deberías haberme bloqueado, al contrario. Me pareces refrescante, respondió él con una sonrisa audible.

 Aunque todavía no decido si eres valiente o estás un poco loca. Ella sintió calor en la cara. Creo que esto es mala idea. ¿Tienes otros planes? No, pero entonces es buena idea. A las 7, Diana, dijo él como si sellara la decisión. Ella colgó con el corazón acelerado. Valeria celebró como si hubiera ganado un premio. Lo lograste.

No es un triunfo, murmuró Diana. Es un desastre en cámara lenta. En lo alto de la residencia Torre Anahuak, Sergio revisaba documentos. Rodrigo, su mano derecha, entró con una tableta en la mano. Tengo lo que pediste sobre Ángela. Su vida coincide con lo que afirma, pero la mujer con la que saliste mostró la pantalla, no es ella.

 Sergio observó las fotos. Ángela era sofisticada, impecable, completamente distinta a la joven en sudadera y tenis que había conocido en el restaurante. Rodrigo continuó y la mujer de la cita se llama Diana Moro. Trabaja en tu empresa en diseño. Sergio se quedó en silencio. Ella abrió el archivo del empleado. El rostro de Diana, sin maquillaje y con el cabello acomodado, aparecía en la foto de identificación.

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