Sí, soy yo. Ángela se sentó sin pedir permiso. Necesito que sabotees una cita. Tú irás en mi lugar y usarás mi nombre. Haz que él te odie. 5,000. Efectivo. Diana se quedó inmóvil. ¿Y a quién debo espantar? A Sergio Altamira. La respiración se le atoró. Altamira como Altamira corporativo. El mismo trabajo ahí.
Diana también, pero en diseño. Con miles de empleados jamás había visto al director general. Ángela continuó. Llegas, actúas como una pesadilla, haces que no quiera volver a verme. Listo, ¿aceptas o no? Diana pensó en la renta, en la tableta rota, en sus deudas. Acepto. Esa noche, Valeria la ayudó a prepararse para lucir lo menos favorecida posible.
Sudadera enorme café, pantalones verdes llenos de bolsillos, tenis viejos de colores, cabello en un chongo inclinado y falso acné dibujado con delineador rojo. “Perfecto, dijo Valeria. Este hombre huida en el restaurante Los almendros del centro, la mirada del balet fue suficiente para confirmar que no encajaba ahí.

Reservación a nombre de Villaseñor”, dijo con seguridad fingida. Caminar entre mesas repletas de comensales vestidos con ropa costosa fue una tortura. Hasta que lo vio. Sergio Altamira estaba sentado, serio, elegante, con una presencia imposible de ignorar. Cuando levantó la mirada hacia ella, Diana sintió que la observaba por completo, como si pudiera ver más allá de su disfraz.
Ángela preguntó con voz profunda. Sí, soy yo. Dijo Diana con un tono agudo e incómodo. Tú eres Sergio no. Él asintió con una leve sonrisa intrigado. Se sentaron. Diana se apresuró a derribar el vaso de agua para parecer torpe. Soy un desastre, lo siento. Una vez tiré un pastel de boda encima de la novia.
¿Eras la novia? preguntó él divertido. Diana intentó recuperar el guion que había ensayado, pero Sergio parecía disfrutar cada una de sus exageraciones. Nada funcionaba como Ángela había prometido. Pidió el vino más barato del menú, habló de un exnovio inexistente y fue deliberadamente ruidosa. Aún así, Sergio la observaba con interés creciente.
Cuando llegó el postre, ocurrió lo peor. Olvidó su actuación. Al ver el tiramisu, sus ojos se iluminaron sin querer. ¿Te gusta?, preguntó Sergio inclinándose. Es bueno, intentó fingir, pero ya era tarde. Él sonrió satisfecho, como si hubiera descubierto algo valioso. Al finalizar la cena, Diana esperaba que él escapara.
En cambio, caminó junto a ella hacia la salida. “Gracias por esta noche”, dijo él. fue memorable. Memorable bueno o memorable malo. Aún lo estoy decidiendo. Se acercó peligrosamente. Quiero verte otra vez, Ángela. Diana sintió que el piso desaparecía. Em, tengo que pensarlo. Decide pronto.
Prefiero un sí, dijo él seguro. Antes de irse, tomó su mano y la besó con suavidad. Ella quedó paralizada. En cuanto el chóer asignado por él la llevó de vuelta a su departamento, supo la verdad. Estaba en problemas. Diana se despertó sobresaltada al día siguiente. Su celular vibraba sin descanso. Cuando contestó, escuchó la voz tensa de Ángela.
¿Qué hiciste? Exactamente lo que pediste, respondió Diana, despeinada, aún medio dormida. Fui terrible. No lo suficiente”, replicó Ángela furiosa. Sergio llamó a mis padres. “¿Puedes creerlo? Les dijo que quiere volver a salir conmigo. ¿Tú entiendes lo que eso significa?” Diana sintió un hueco en el estómago. Yo de verdad hice todo lo posible.
Pues no sirvió. Ahora sigues. No, espera. El trato era una noche. Yo ya cumplí. ¿Y qué vas a hacer? Decirle la verdad. Que no eres yo, que te pagué por verte mal, que trabajas para él en Altamira Corporativo. ¿Crees que eso te conviene? El frío recorrió la espalda de Diana. ¿Cómo sabes dónde trabajo? Investigué. Eso hacen las personas precavidas”, respondió Ángela con frialdad.
“Sigue saliendo con él hasta que logres que se canse. Si no, yo misma me encargo de que no vuelvas a conseguir trabajo en diseño.” ¿Entendido? La llamada terminó sin darle oportunidad de responder. Apenas Diana dejó el teléfono sobre el colchón, escuchó un golpe en la puerta. Valeria asomó la cabeza despeinada y envuelta en una cobija.
¿Quién gritaba? Ángela quiere que siga viendo a Sergio. ¿Y tú qué piensas hacer? No sé, dijo Diana casi al borde del llanto. En ese momento tocaron a la puerta otra vez. Era un repartidor con un enorme arreglo de tulipanes, los más hermosos que había visto. Una tarjeta acompañaba el ramo para el viernes. S. Valeria abrió los ojos con malicia.
Tulipanes. Este hombre no está jugando. No es romántico, respondió Diana débilmente. Es peligroso. Es mi jefe y no lo sabe. El celular vibró de nuevo. Un número desconocido. Valeria la obligó a contestar. Ángela, preguntó Diana. No, respondió él con esa voz profunda que ya conocía. Soy Sergio.
Ella casi dejó caer el teléfono. Ah, hola. Viernes a las 7. Paso por ti, dijo él con una seguridad que desarmaba. No puedo. ¿Por qué? Preguntó con suavidad, pero también con algo de reto. Porque fui horrible en la primera cita. Deberías haberme bloqueado, al contrario. Me pareces refrescante, respondió él con una sonrisa audible.
Aunque todavía no decido si eres valiente o estás un poco loca. Ella sintió calor en la cara. Creo que esto es mala idea. ¿Tienes otros planes? No, pero entonces es buena idea. A las 7, Diana, dijo él como si sellara la decisión. Ella colgó con el corazón acelerado. Valeria celebró como si hubiera ganado un premio. Lo lograste.
No es un triunfo, murmuró Diana. Es un desastre en cámara lenta. En lo alto de la residencia Torre Anahuak, Sergio revisaba documentos. Rodrigo, su mano derecha, entró con una tableta en la mano. Tengo lo que pediste sobre Ángela. Su vida coincide con lo que afirma, pero la mujer con la que saliste mostró la pantalla, no es ella.
Sergio observó las fotos. Ángela era sofisticada, impecable, completamente distinta a la joven en sudadera y tenis que había conocido en el restaurante. Rodrigo continuó y la mujer de la cita se llama Diana Moro. Trabaja en tu empresa en diseño. Sergio se quedó en silencio. Ella abrió el archivo del empleado. El rostro de Diana, sin maquillaje y con el cabello acomodado, aparecía en la foto de identificación.
Era un contraste enorme con la versión caótica de la cena, pero era ella. ¿Por qué Ángela elegiría a una empleada mía para reemplazarla? Tal vez para vengarse porque no aceptaste salir con ella. Quizá, respondió Sergio sin apartar la mirada de la foto, pero Diana se apoyó en el escritorio pensativo. En la cita, lo único real fue cuando probó el postre. Ahí dejó de actuar.
Quiero conocer a esa versión de ella. Rodrigo levantó una ceja. Sergio, es tu empleada. Hay reglas. Lo sé y las cumpliré. Pero primero quiero saber quién es realmente. El viernes llegó más rápido de lo esperado. Valería revisó todo el armario de Diana. Tienes que ser tú. Nada de disfraces esta vez.
Eso es lo que me da miedo murmuró Diana. Al final eligieron jeans y un suéter azul sencillo. Cuando Sergio llegó, tocó la puerta suavemente. Al abrir, Diana lo vio con ropa casual, algo que lo hacía ver más cercano y aún más atractivo. Él la miró de arriba a abajo y una sonrisa lenta apareció en su rostro. “Hola hola”, respondió ella sintiéndose vulnerable.
¿Te ves? La observó un poco más bajando la voz hermosa. Ella bajó la mirada nerviosa. Gracias por las flores. Dijiste que eran tus favoritas. Nunca te lo dije, susurró. Tu reacción fue suficiente, respondió él con sencillez. Durante el trayecto al cine, el silencio entre ellos era distinto, cómodo, expectante. ¿Estás nerviosa?, preguntó Sergio un poco.
¿Por qué? Porque hoy sí soy yo, sin actuación. Y no sé si te voy a gustar así. Ya me gustas más así, respondió él sin vacilar. La sinceridad lo volvió aún más peligroso para su corazón. En el cinépolis del parque Aurora caminaron entre la gente mientras él mantenía su mano junto a la de ella como esperando que se animara a tomarlo, pero no la presionó.
Cuando se detuvieron frente a la cartelera, él dijo, “Elige tú. Quiero saber que te gusta.” Ella señaló una comedia romántica. Perfecto, respondió Sergio como si hubiese elegido la mejor opción del mundo. Cuando entraron a la sala, Diana notó a dos mujeres mirándolo con claro interés. Una de ellas, Lorena Barrenechea, se acercó de inmediato.
“Sergio, qué sorpresa verte aquí”, dijo con una sonrisa demasiado amplia. Luego fijó los ojos en Diana. “¿Y tú eres mi cita?”, respondió el sin titubear, tomándola de la mano. El gesto la descolocó, pero al mismo tiempo sintió una protección inesperada. Lorena la miró con desdén. “Qué estilo tan relajado.” “Gracias”, respondió Diana simplemente.
Cuando por fin se alejaron, Sergio se inclinó hacia ella. “Perdón, esa clase de personas puede ser agotadora. No me molesta”, mintió Diana. En la sala, Sergio levantó el descansabrazos entre ellos sin preguntar. Para estar más cómodos, dijo. Las luces se apagaron. Él no dejó de observarla durante los avances, apreciando cada reacción.
Cuando ella se rió por primera vez, él murmuró, “Quería escuchar eso.” Ella fingió no entender, pero su corazón sí lo entendió. La película avanzaba entre risas y momentos dulces. Pero Diana apenas podía concentrarse. Sergio, aunque miraba la pantalla, tenía parte de su atención en ella, notándolo todo cuando se reía, cuando se tensaban sus hombros, cuando trataba de ocultar que estaba disfrutando la historia.
En un momento emotivo, el personaje principal lloraba por la pérdida de su abuela. Diana sintió un nudo en la garganta y, sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro. intentó limpiarlas rápido y esconderse entre las sombras. Sergio notó su incomodidad. “No te escondas”, susurró con voz suave.
Ella negó con la cabeza. Estoy llorando en una comedia romántica. Es ridículo. Es humano respondió él. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo y se lo entregó. “¿Traes un pañuelo? Vi reseñas de la película ayer. Decían que tenía una parte triste. Pensé que quizás lo necesitarías. Ella lo miró sorprendida. Pensó en todo lo que Ángela había dicho sobre él, que era frío, egoísta, inaccesible.
Nada de eso coincidía con el hombre sentado a su lado. Diana tomó el pañuelo y se limpió los ojos. Gracias. No tienes que agradecerme por eso”, respondió él con sinceridad. La película continuó y aunque ambos intentaron concentrarse, había algo distinto en el aire. No era tensión incómoda, era otra cosa, un puente invisible que parecía atraerlos cada vez más.
Al salir del cine, Sergio preguntó, “¿Quieres comer algo?” “Helado, tal vez.” “Perfecto, conozco un lugar cerca. Caminó junto a ella hacia helados la montaña, un pequeño local iluminado con luces cálidas. El empleado los atendió con una sonrisa cansada y Sergio ordenó dos vasos de helado de caramelo salado sin siquiera preguntarle. “¿Cómo supiste?”, dijo Diana.
“Adiviné”, respondió él encogiéndose de hombros. “¿Y por qué miraste ese sabor cuando entramos? Aunque fingiste que no.” Ella no pudo evitar sonreír. Se sentaron en una banca afuera del local. La noche estaba fresca con un viento ligero que movía los cabellos sueltos de Diana. Sergio la observó en silencio durante unos segundos. Siempre has trabajado como diseñadora.
Sí, es lo que más disfruto. Me gusta sentir que puedo crear algo ordenado cuando todo lo demás es un caos y lo demás es caótico. A veces, respondió ella mirando su helado. La vida puede cambiar muy rápido. Sergio apoyó los codos en sus rodillas, inclinándose levemente hacia ella. Me gusta escucharte. Hablas con honestidad, aunque lo intentes evitar.
Ella lo miró sorprendida por su precisión. ¿Y tú te arrepientes de algo? De muchas cosas, respondió él sin ocultar la verdad. Empecé al Tamira corporativo demasiado joven. Tuve que madurar de golpe, trabajar día y noche. Me perdí de cosas que otras personas disfrutan a los veintitantos. ¿Como qué? Salidas espontáneas, momentos simples, enamorarse sin pensar en consecuencias.
Diana sintió un leve temblor en las manos. ¿Y te molesta haber perdido eso? A veces, admitió él, pero otras veces, como esta, pienso que quizá valió la pena. Ella tragó saliva. Sergio, sí. No deberíamos estar aquí, no de esta manera. Él frunció el seño sin enojo, más bien con duda.
¿Por qué lo dices? Porque tú eres tú. Y yo se detuvo. No podía confesarlo. No soy quien crees. ¿Y quién creo que eres? preguntó él con voz baja. Diana no pudo responder. Sergio respiró hondo como si intentara controlarse. “Mira”, dijo con calma. La mujer que conocí en la primera cita era exagerada, torpe a propósito, ruidosa sin razón.
Diana bajó la mirada. “Pero esta versión, esta versión eres tú. La que se emociona con el postre, la que llora en una película, la que se ríe sin miedo cuando se le olvida que está actuando. Su voz se suavizó. Esa es la persona que quiero conocer. Diana sintió que su pecho se apretaba. No deberías decir cosas así.
Es la verdad, respondió él. Y tú, ¿qué sientes? Ella se levantó repentinamente de la banca. Necesito aire. Sergio la siguió de inmediato. Diana, es demasiado. No debería gustarte. No, así ya lo haces complicado tú sola dijo él con un suspiro paciente. No necesitas esforzarte tanto. Se quedaron frente a frente bajo un poste de luz.
Él dio un paso hacia ella, pero no la tocó. No te pediré nada hoy, dijo despacio. Solo quiero que podamos seguir conociéndonos. Ella sintió que la tensión en su pecho se aflojaba un poco, pero sabía que era peligroso dejarse llevar. Regresaron al carro en silencio. Sergio la llevó hasta la puerta de su edificio y se detuvo antes de despedirse.
“Gracias por hoy”, dijo ella. “Gracias a ti por dejarme ver algo real”, respondió él. “Y Diana. Ella lo miró. “Quería besarte”, confesó él, “pero no sin que tú lo quisieras también.” Diana sintió que el mundo se detenía. “Tal vez algún día”, susurró. Sergio sonrió apenas. “Entonces esperaré.
” “Buenas noches, Diana.” Buenas noches. Él se retiró sin mirar atrás, pero ella se quedó en la entrada tocándose los labios con las yemas de los dedos, como si el beso que no sucedió siguiera latiendo. Ahí dentro del departamento, Valeria la esperaba ansiosa. ¿Y cómo te fue? Diana suspiró profundamente. Estoy perdida y no sé cómo salir de esto.
Pero una parte de ella no quería salir. Ese era el verdadero problema. El lunes por la mañana, Diana llegó a Altamira corporativo con el estómago hecho un nudo. Apenas entró, sintió que todos los sonidos del edificio parecían más fuertes de lo normal. Teclados, teléfonos, conversaciones lejanas. Todo la ponía nerviosa. En su bandeja de entrada había un correo marcado con alta prioridad.
Reunión general con dirección. Jueves 10 de la mañana. Daniela, su compañera, se acercó emocionada. ¿Supiste? Va a venir el director general. No lo hemos visto en meses. Dicen que es intimidante, que no sonríe, que hasta hace llorar a la gente en las juntas. Diana tragó saliva. Sí. ¿No te da miedo? Un poco mintió.
Lo que sentía no era miedo, era pánico puro. Cuando llegó el jueves, Diana se aseguró de estar lista, ropa formal, carpeta organizada, todo controlado, pero nada podía prepararla para la sensación de verlo entrar en la sala de juntas. Sergio Altamira se movía con una seguridad que imponía respeto inmediato. Traje impecable, expresión seria, pasos firmes.
Nada que ver con el hombre que le compró helado y le ofreció un pañuelo en el cine. Aquí era otra persona. Aquí era su jefe. Buenos días, dijo él tomando su lugar al frente. Empecemos. Los jefes de área presentaron sus proyectos uno por uno. Sergio daba indicaciones precisas, siempre conciso, siempre firme.
Cuando mencionaban su nombre, algunos empleados se enderezaban como si esperaran ser regañados. Había una autoridad natural en él, dura y elegante a la vez. Finalmente, llegó el turno del proyecto de Diana. Rediseño del portal del cliente elaborado por Diana Morel”, anunció uno de los supervisores. Sergio proyectó su trabajo en la pantalla.
Diana sintió que se le aflojaban las rodillas. “Excelente manejo de color”, dijo él. Y la organización del contenido es clara y funcional. Este es el tipo de dirección que buscamos. Por un momento, la sala quedó en silencio. Diana sintió todas las miradas sobre ella. Muchas gracias, dijo con voz suave, intentando sonar profesional. Cuando Sergio pasó a la siguiente diapositiva, hizo un comentario adicional.
Quisiera ver a la diseñadora después de la reunión para discutir detalles de implementación. Su corazón dio un salto. Sí, señor, dijo ella. La reunión terminó después de casi una hora. Cuando todos comenzaron a levantarse, Diana se quedó sentada esperando reunir valor. Daniela le dio un apretón en el brazo antes de salir. Suerte. Y respira.
Parece que quiere hablar contigo en serio. Eso no ayudó. Subió al último piso donde estaba la oficina principal. La asistente la recibió con expresión neutra. Puede pasar. Él la está esperando. Sergio estaba de espaldas mirando por los ventanales hacia toda la ciudad. “Cierra la puerta, Diana”, dijo con voz baja. Esa sola frase la estremeció.
Era su nombre real. No, Ángela, no excusas, no dudas. Ella cerró la puerta con cuidado. Él se giró lentamente. Ya no tenía la expresión dura de la junta, pero tampoco la suavidad del helado en la banca. Era una mezcla de ambas cosas, control y vulnerabilidad en la misma mirada. “Hola”, dijo el primero.
“Hola”, respondió ella, incapaz de moverse. Sergio avanzó unos pasos hacia ella. “Así que trabajas aquí desde hace 3 años.” Sí, susurró. Y nunca coincidimos, añadió él casi como pensando en voz alta. Ella tragó saliva. No quería que te enteraras así. Si querías que me enterara, preguntó él con calma, aunque había algo afilado en su tono. Diana cerró los ojos un momento.
Tenía miedo, mucho miedo. Él respiró profundo, luchando contra su propio enojo contenido. Y sabías que me estabas engañando desde la primera cita. Intenté decirte la verdad, pero Ángela me amenazó con arruinar mi carrera y luego todo se complicó. Él la observó con atención. Sí, ella me lo dijo esta mañana. Llegó muy alterada a mi oficina.
Diana se cubrió la boca con la mano. Ángela, ¿estuvo aquí? ¿Qué te dijo? Todo respondió él sin rodeos. ¿Qué te pagó? ¿Que usaste su nombre? ¿Que te pidió seguir saliendo conmigo para alejarme de ella? Diana sintió que el mundo se le caía encima. Sergio, yo. Él levantó una mano para detenerla. Tengo que preguntártelo directamente.
¿Alguna vez pensaste decirme la verdad por tu cuenta? Antes de que esto explotara, ella se armó de valor. Sí, varias veces. Pero siempre pasaba algo. O tú estabas ocupado o yo temía que me despidieras. Eso sí podría haber pasado, admitió él. Las reglas aquí son estrictas. Yo no puedo tener una relación con alguien que me reporte directamente.
Por eso ya no lo haces. Ella abrió los ojos con sorpresa. ¿Qué? ¿Qué hiciste? Te transferí ayer al área de Rodrigo. Ya no dependo de tu trabajo, ni tú del mío. Lo hice porque pensé que se detuvo un segundo, que quizá habría una posibilidad para nosotros. A ella se le estremeció el cuerpo, “Sergio, pero ahora,” continuó él con voz más dura.
“Ya no sé si esa posibilidad existe.” Diana dio un paso hacia él. “Yo no quería enamorarme. ¿No se suponía que pasara y pasó?”, preguntó él acercándose también. Ella sintió que su respiración temblaba. Sí, me enamoré de ti sin querer, sin planearlo y sin merecerlo. Sergio la miró largo rato como intentando decidir qué hacer con todo lo que sentía.
Entonces, la puerta se abrió de golpe. Ángela Villaseñor entró sin pedir permiso, con el rostro rojo de rabia. Esto es culpa tuya gritó señalando a Diana. Te pedí algo tan simple y lo arruinaste. Ángela, sal de mi oficina”, ordenó Sergio con voz firme. No hasta que esta impostora admita que me usó. Diana respiró hondo. No te usé.
Acepté tu trato porque necesitaba el dinero para arreglar mi tableta. No pensé que esto se saldría de control. “Exacto!”, gritó la otra. Y ahora él piensa que tú eres mejor que yo. Sergio frunció el seño. Ángela, esto se terminó. No quiero volver a hablar de este tema. ¿Crees que me importa? Exclamó ella completamente desbordada.
Él es mío. No soy de nadie, respondió Sergio con frialdad. Ángela lo miró como si se quebrara por dentro. Nunca vas a elegirla. Ella es una nadie, una empleada más. Sergio avanzó un paso y su voz se volvió hielo. Esa empleada es la persona más honesta que has traído a mi vida, incluso con sus errores. Ahora sal de aquí antes de que seguridad te acompañe.
Ángela lo observó con incredulidad, luego con furia y finalmente salió dando un portazo. Cuando quedaron solos, Sergio apoyó una mano en el escritorio respirando hondo. Diana se sintió más pequeña que nunca. Lo siento tanto”, susurró ella. Él levantó la mirada hacia ella. “Estoy enojado”, admitió mucho.
“Pero también estoy confundido y no puedo negar que se acercó dejando la distancia de un suspiro. Que te quiero, Diana.” A pesar de todo, ella sintió que se le quebraba la voz. Yo también te quiero demasiado. Sergio pasó una mano por su rostro delicado. Esto no será fácil, pero no pienso renunciar a lo que siento, aunque todo haya empezado de la peor manera. Ella tomó su mano.
No quiero que renuncies. No, otra vez. Él sonrió con cansancio. Bien, porque tampoco pienso hacerlo. El momento se rompió cuando su celular sonó. Sergio lo observó y casi hizo una mueca. Mi madre, si no contesto, vendrá hasta aquí, contestó y después de varios segundos soltó un suspiro pesado. Mi madre quiere que vayamos a cenar los dos.
Este viernes, Diana abrió los ojos aterrada con tus padres. Ahora lo sé, es demasiado pronto, pero no tengo escapatoria y preferiría que fueras conmigo. Ella sintió que el corazón se le detenía. Y si no les gusto, ese no será un problema, dijo él convencido. Diana respiró hondo temblando. Está bien, iré.
Sergio la miró como si acabara de recibir la mejor noticia del día. Gracias. Ella no sabía que esa cena sería decisiva para todo lo que vendría después. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra manzana en la sección de comentarios. Solo quien llegó hasta aquí lo entenderá. Continuemos con la historia.
El viernes llegó más rápido de lo que Diana hubiera querido. Pasó toda la tarde revisando su ropa junto con Valeria, quien había tomado la misión muy en serio. “Tienes que verte como tú, no como Ángela ni como la versión rara de la primera cita”, insistió Valeria. Algo sencillo, elegante, pero que no parezca que lo intentaste demasiado.
Después de muchos intentos, eligieron un vestido discreto y de tonos suaves. Cuando Sergio llegó a recogerla, se quedó quieto al verla en la puerta. “Te ves increíble”, dijo sin dejar de mirarla. Diana sintió que la voz le fallaba. “Gracias, tú también.” Él ofreció su mano y ella la tomó.
El camino hacia la residencia Torre Anahuak transcurrió en silencio, aunque no un silencio frío, sino expectante. Ella no podía dejar de pensar en todos los errores que podría cometer esa noche. Él no dejaba de mirarla de reojo, como si quisiera tranquilizarla sin decir nada. Al llegar, la puerta se abrió antes de que tocaran.
Una mujer de rostro alegre y elegante los recibió con un abrazo cálido. Tú debes ser Diana. exclamó Beatriz Altamira, madre de Sergio. Pasa, mi niña, pasa. Sergio carraspeó. Mamá, déjame saludar a la muchacha, respondió ella con entusiasmo. Diana sonrió con timidez. Mucho gusto, señora Beatriz, por favor. Nada de formalidades.
Un hombre deporte serio apareció detrás de ella. Sergio, hijo. Luego miró a Diana. Bienvenida. Soy Enrique. Diana sintió la presión en el pecho. Un placer conocerlo. Sergio se acercó a ella discretamente, tocando su espalda con suavidad. “Respira”, susurró. caminaron hacia el comedor. Todo estaba ordenado, iluminado y sofisticado.
Se notaba que la familia estaba acostumbrada a reuniones formales, pero el ambiente era cálido, no intimidante. Durante la cena, Beatriz hizo preguntas constantemente. ¿A qué te dedicas, Diana? Diseño gráfico. Trabajo en una empresa de tecnología. Sergio intervino rápido. Es independiente, toma proyectos variados.
Diana asintió de inmediato, agradeciendo que él la ayudara a evitar una mentira más complicada. “¡Qué interesante”, dijo Beatriz. “Sergén era muy creativo de niño, ¿sabías?” “Mamá”, murmuró él avergonzado. Enrique soltó una leve risa. tenía un cuaderno lleno de dibujos de robots y edificios. Diana lo miró sorprendida.
De verdad. Sergio frunció los labios resignado. Era un niño inquieto. Beatriz tomó la palabra otra vez. Y cuéntanos, Diana, ¿cómo se conocieron tú y mi hijo? Diana casi se atraganta con el agua. Sergio respondió rápido. Fue un encuentro organizado por amigos. Una cita a ciegas. Nada espectacular. Diana sentía con la cabeza, agradeciendo que él llevara el control.
“Pues qué bonito”, dijo Beatriz. “Yo siempre pensé que Sergio necesitaba a alguien que lo desconectara del trabajo. Es demasiado serio a veces.” Diana abrió la boca para responder, pero Sergio la miró como si temiera que dijera algo demasiado honesto. Ella se contuvo. Cuando terminaron de cenar, Sergio tomó la mano de Diana y la llevó al balcón.
Desde ahí, la ciudad brillaba bajo ellos como un inmenso cielo invertido. “Lo hiciste muy bien”, dijo él, apoyándose en la varanda. “Sentí que iba a desmayarme tres veces”, respondió ella. No se notó. Ella soltó un suspiro cansado. Tus padres son muy amables. Lo son, dijo él mirándola fijamente. Y están felices porque yo lo estoy. Diana sintió el pecho apretarse.
Sergio, no deberías decirme esas cosas. ¿Por qué no? Porque sabes que esto empezó mal, muy mal. Él se acercó lentamente. Sí. Pero no terminó mal. No todavía. El aire entre ellos se volvió más denso. Él acarició su mejilla con el dorso de los dedos. La otra noche, cuando te dejé en tu departamento. Tenía tantas ganas de besarte, admitió él, pero no quería que fuera en medio del caos.
Ella sostuvo su mirada y ahora él respiró hondo. Ahora también quiero, pero solo si tú quieres. Las palabras resonaron en su mente como un eco interminable. Diana no respondió con palabras, simplemente dio un pequeño paso hacia él. Sergio entendió, tomó su rostro entre sus manos y la besó con suavidad al principio como si buscara permiso.
Ella correspondió y él profundizó el beso lento, seguro, envolvente. Diana sintió que todo se detenía. Las luces de la ciudad, los sonidos del departamento, incluso sus dudas por un momento. Cuando se separaron, Sergio apoyó su frente contra la de ella. No te imaginas cuánto quise hacer eso. Diana estaba demasiado conmovida para hablar.
Volvieron al interior, donde sus padres los esperaban con sonrisas que ellos intentaron disimular sin éxito. Beatriz se acercó y le dio un abrazo más leve. Esta vez eres bienvenida cuando quieras, Diana. De regreso en el auto, el silencio era distinto, cómodo, íntimo, lleno de algo que ambos entendían sin decirlo. “¿Estás bien?”, preguntó él.
“Mucho más de lo que creí posible”, respondió ella. Sergio la acompañó hasta la puerta de su edificio. Antes de que ella pudiera despedirse, él tomó su mano. “Diana, quiero que intentemos hacer esto bien.” Sin mentiras, sin máscaras. Yo también quiero, respondió ella, sintiendo un calor extraño en el pecho.
Pero cuando subió a su departamento, encontró su celular vibrando sin parar. ¿Cómo va todo? Ya se aburrió de ti, decía un mensaje de Ángela. Diana lo apagó de inmediato. Por primera vez desde que todo había comenzado, entendió que no quería arruinar esa oportunidad. No quería hundir su vida en medio de mentiras ajenas. Quería a Sergio y eso lo complicaba todo, pero estaba dispuesta a pelear por algo real.
Los días siguientes a la cena con los padres de Sergio fueron extraños para Diana. Por un lado, se sentía más conectada a él que nunca. Por otro, sabía que la verdad pendía sobre ellos como una sombra inevitable. Cada vez que él le enviaba un mensaje, su corazón se aceleraba. Cada vez que pensaba en Ángela, la culpa la recorría por completo.
Aún así, la conversación entre ellos no disminuyó. Sergio parecía decidido a hacer la parte de su vida, aunque todavía no sabía cuánto le estaban ocultando. Esa semana comenzó con un correo inesperado que se esparció como fuego entre los empleados. Invitación obligatoria. Gala anual de Altamira Corporativo. Diana sintió que el mundo se le caía encima.
Esa gala reunía ejecutivos, inversionistas, prensa y figuras cercanas a la empresa. Todos sabrían quién era Sergio y todos verían que ella estaba con él. Era una presentación pública que jamás había imaginado. ¿Vas a ir?, preguntó Daniela mientras revisaban unos archivos. No tengo opción, respondió Diana sintiendo mareo.
Es obligatoria. No te preocupes tanto, nadie va a morderte. Diana forzó una sonrisa, pero sabía que era más que nervios, era pánico absoluto. Esa noche, en una videollamada con Valeria, ella trató de animarla. Es una gala. Usa vestido, maquillaje, es tu momento. No puedo disfrutarlo. Es demasiado. Diana, tú puedes con esto y además Sergio estará ahí.
Ese es el problema, murmuró ella. El viernes por la tarde, Diana se preparó con más dedicación de la que hubiera esperado. El vestido azul que Valeria le ayudó a elegir le quedaba perfecto. No era ostentoso, pero llamaba la atención de una manera elegante. Cuando terminó de arreglarse, se quedó un momento frente al espejo, intentando convencerse de que podía manejar esa noche. El celular vibró.
Era un mensaje de Sergio. Ya voy en camino. No respires demasiado hondo. Solo quiero verte. Diana sintió el corazón retumbarle. Cuando abrió la puerta, Sergio se quedó sin palabras por primera vez desde que lo conocía. Te ves. Se acercó lentamente. Hermosa. Ella desvió la mirada sonrojándose. Gracias. En el coche, Sergio la tomó de la mano.
“No te soltaré en toda la noche”, susurró. Pero la tranquilidad duró poco. Al llegar al centro de convenciones Reforma, los flashes de las cámaras explotaban frente a ellos. Periodistas, fotógrafos y asistentes se aglomeraban alrededor de Sergio apenas lo veían llegar. Él, sin embargo, mantuvo su mano firme en la de Diana.
lista, preguntó. No, pero aquí estoy, respondió ella. En cuanto entraron al salón imperial, las miradas se dirigieron hacia ellos como imanes. Algunas personas murmuraban entre sí, curiosas. Otras solo analizaban a Diana de pies a cabeza. “Respira”, le dijo Sergio inclinándose hacia ella. “Nadie aquí tiene derecho a juzgarte.
” Un grupo de inversionistas se acercó al instante. Sergio, buenas noches. ¿Quién es tu acompañante? Ella es Diana Moro. Dijo él con naturalidad. Está conmigo. La frase está conmigo recorrió a Diana como un latigazo. Era simple, pero tenía un peso que la llenó de temor y emoción al mismo tiempo.
Pasó casi una hora de saludos, presentaciones y comentarios vacíos. A ratos, Sergio hablaba con socios importantes, pero nunca soltaba la mano de Diana o la alejaba de su lado. Ella intentaba no mostrar su nerviosismo, aunque por dentro sentía que cada paso era un desafío. “Voy al baño”, susurró ella. “Regreso pronto. Te espero aquí”, respondió Sergio.
Diana caminó hacia el área de los sanitarios tratando de mantener la postura. se mojó ligeramente las manos y respiró profundo. Por un segundo pensó que tal vez lograría pasar el evento sin problemas hasta que la puerta se abrió y entró Lorena Barrenechea. La expresión de Lorena era un cóctel de burla y superioridad. Bueno, mira quién está aquí.
Diana sintió un escalofrío. Buenas noches dijo con amabilidad forzada. Buenas noches. Interesante forma de saludar a la persona que podría arruinar tu relación con Sergio, respondió Lorena mientras se acomodaba un mechón perfectamente ondulado. No entiendo a qué te refieres. No te hagas la ingenua, Diana. Todos aquí conocemos a Sergio.
Sabemos el tipo de mujeres con las que se relaciona. Y tú, la recorrió con la mirada de arriba a abajo. Claramente no perteneces a ese grupo. La voz de Lorena era como un cuchillo afilado. Tu historia es conocida. La empleada que se enamora de su jefe. Qué quiche. Eso siempre termina mal. Diana apretó los puños. Yo no estoy aquí por tu aprobación.
Lorena soltó una carcajada seca. No estás aquí porque Sergio tiene un mal momento de juicio. Pero no te ilusiones, cariño. Esto se le pasará y cuando se le pase, volverá a mirar a mujeres como yo. Diana sintió rabia por primera vez desde que todo comenzó. Sergio sabe elegir a las personas que quiere en su vida.
Claro, replicó Lorena. Por eso eligió a alguien que lo engañó desde la primera cita. Diana se congeló. Lorena sonrió al ver su reacción. ¿Te sorprende que lo sepa? No soy tonta. Y Sergio tampoco. Diana respiró hondo. Cometí errores, pero no estoy aquí por interés. Lo quiero. Ah, qué conmovedor, dijo Lorena con desprecio.
Pero el mundo no funciona con sentimientos, funciona con poder. Y tú no tienes ninguno. Diana la miró con una calma que no sabía que tenía. Quizá no, pero tengo algo que tú no tienes. ¿Qué podrías tener tú que yo no? Honestidad. Lorena retrocedió un paso molesta. Diana tomó aire y la miró fijamente. Sergio puede elegir a quien quiera y si un día decide que no soy yo, lo aceptaré.
Pero mientras me elija, no pienso dejar que tus inseguridades me digan quién soy. Lorena abrió la boca para responder, pero Diana salió antes de que pudiera hacerlo. De regreso al salón, buscó a Sergio entre la multitud. Él caminó hacia ella en cuanto la vio. ¿Estás bien?, preguntó con preocupación. “Solo necesitaba aire”, respondió ella tratando de sonar firme.
Sergio tomó su mano otra vez. “Si algo te molesta, dímelo. No quiero que pases esto sola.” Diana sintió un nudo en la garganta. “Iremos un paso a la vez”, susurró. Pero Sergio parecía tener otro plan. Diana, necesito hacer algo”, dijo de pronto. Ella lo miró sin entender. ¿Qué cosa? Él respiró hondo. Confiar en mí, solo eso.
Y se dirigió hacia el escenario principal, donde un presentador estaba terminando un discurso. Diana sintió el corazón acelerar. No sabía que estaba a punto de hacer Sergio, pero por la expresión decidida en su rostro sospechaba que sería algo imposible de ignorar, algo que cambiaría todo.

Diana sintió que el aire se volvía pesado cuando vio a Sergio subir al escenario del salón imperial. No era parte del programa, nadie lo esperaba ahí, así que el auditorio se quedó en silencio casi de inmediato. Las cámaras giraron hacia él con rapidez y los murmullos crecieron como una ola que amenazaba con romperse en cualquier momento.
Sergio tomó el micrófono con una seguridad que solo mostraba cuando actuaba como líder de Altamira corporativo. Sin embargo, sus ojos buscaron a Diana entre la multitud antes de decir una sola palabra. Cuando la encontró, su expresión se suavizó. Buenas noches. Comenzó con voz firme. Agradezco la presencia de todos en este evento tan importante para nosotros.
Pero antes de continuar, quiero decir algo personal. El silencio se volvió absoluto. Diana sintió que sus piernas temblaban. En las últimas semanas, continuó él, conocí a alguien que cambió por completo mi día a día, alguien inesperado, alguien que no llegó a mi vida de la manera más común. Varios asistentes se miraron con curiosidad, otros sacaron discretamente sus teléfonos para grabar.
“Esa persona cometió errores”, dijo él. Yo también los cometí, pero lo que encontré detrás de esos errores fue honestidad, fuerza y un corazón que no esperaba encontrar. Diana sintió que la respiración se le atoraba en la garganta. “Quiero que todos lo sepan”, añadió Sergio con voz más baja, más sincera.
“Estoy completamente enamorado de esa persona y no pienso ocultarlo solo porque nuestra historia no empezó de la manera más tradicional.” El salón estalló en murmullos. Algunos sonrieron, otros parecían intrigados, otros sorprendidos. Sergio bajó del escenario sin esperar aplausos ni comentarios. Cruzó el salón caminando hacia Diana, ignorando a quienes intentaban detenerlo para preguntarle algo.
Sus ojos solo estaban en ella. Cuando llegó frente a ella, extendió su mano. Diana Morel dijo, “Estoy diciendo esto frente a todos porque quiero que quede claro, te elijo a ti públicamente sin miedo.” Ella no pudo hablar. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar. Sergio apenas murmuró. Él le tomó suavemente la cara entre las manos.
Quiero que nadie más hable por nosotros. ni el pasado, ni los errores, ni los rumores, solo tú y yo. El salón, que hacía unos momentos estaba lleno de ruido, se quedó mudo alrededor de ellos. Diana sintió la presión de cientos de miradas, pero también sintió algo más fuerte, la fuerza con la que Sergio se aferraba a su mano.
“No tienes que responder ahora”, susurró él. Pero tenía que decírtelo delante de todos para que nunca más tengas miedo de quién eres a mi lado. Ella sintió que las lágrimas amenazaban con salir. Yo no sé qué decir, admitió. No necesitas decir nada, respondió él. Solo dime si quieres que nos vayamos de aquí. Diana asintió. Sí, vámonos.
Entre cámaras y voces que intentaban detenerlos, Sergio la guió hacia la salida con determinación. Cuando finalmente llegaron al exterior, el aire fresco los envolvió. Solo entonces Diana logró recuperar la voz. Sergio, lo que acabas de hacer fue demasiado. No para mí, respondió él. Tenía que hacerlo.
No podía permitir que lo que sentimos siguiera escondido bajo mentiras ajenas. Ella bajó la mirada sintiendo el peso de lo que venía después. Ahora todos saben. Y no me arrepiento, dijo él. Tú sí. Diana levantó los ojos y lo miró directamente. No, pero todo esto se siente irreal. No sé cómo procesarlo. Lo procesaremos juntos. Un paso a la vez, respondió él.
Sergio hizo una señal y un chóer se acercó con discreción. ¿A dónde quieres ir?, preguntó él. A ningún lugar lleno de gente, dijo ella, temblando aún. Entonces iremos a casa respondió Sergio con suavidad. A la residencia Torre Anahuak. Ahí estaremos tranquilos. Durante el trayecto, él no soltó su mano ni un segundo.
Diana miraba por la ventana, preguntándose cómo había sido posible que todo su mundo cambiara en tan poco tiempo. No solo había enfrentado sus miedos, también se había enfrentado a la mirada de cientos de personas mientras Sergio declaraba su amor por ella. Cuando llegaron, subieron al departamento en silencio.
Una vez dentro, Sergio se sentó frente a ella, serio, pero no distante. “Sé que necesito darte espacio para procesar lo de hoy,”, comenzó él. “Pero también sé que no quiero perder lo que tenemos, lo que está creciendo.” Diana respiró hondo. “No quiero que lo perdamos tampoco”, admitió. Pero hay algo que todavía no puedo perdonarme, haberte mentido al principio, aunque tuviera mis razones.
Sergio la escuchó sin interrumpirla. Los errores no definen a una persona, Diana, dijo con calma. Lo que haces después de ellos sí. Ella bajó la mirada. Tu mundo es tan distinto al mío, susurró. Eso no importa, respondió él. Quiero que construyamos algo que sea nuestro sin que nadie interfiera. Hubo un silencio largo.
Luego Diana levantó la vista. Cuando estabas en el escenario, pensé que iba a desmayarme, pero también pensé que nunca había sentido algo igual en mi vida. Sergio la tomó de las manos. Miedo. No. Sentí que por primera vez alguien estaba dispuesto a luchar conmigo, no contra mí. Él sonrió levemente. Entonces, no lo arruinemos. Los dos permanecieron en silencio un momento, como si trataran de grabar en la memoria lo que estaban compartiendo.
Finalmente, él acercó su frente a la de ella con una ternura que la desarmó. “Lo de hoy fue solo el comienzo”, susurró él. Ella cerró los ojos descansando en ese contacto. “Sergio, gracias por no rendirte conmigo.” Él acarició suavemente su mejilla. Jamás lo haría. Pero mientras se abrazaban, Diana sabía algo más.
A partir de esa noche, todo sería mucho más complicado. El mundo ya los había visto y no todos estarían dispuestos a aceptar su relación. Sin embargo, por primera vez desde que todo comenzó, no le temía a lo que vendría. Mientras él estuviera a su lado, estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera. La mañana siguiente al evento, Diana llegó a su trabajo sintiendo que todas las miradas se clavaban en ella.
Aunque nadie decía nada directamente, la tensión era evidente. Algunos compañeros la observaban con curiosidad, otros con confusión y algunos con una sutil mezcla de envidia y sorpresa. Daniela se acercó de inmediato. “¿Qué fue eso anoche?”, susurró con ojos enormes. Sergio Altamira detuvo la gala para hablar de ti.
“¿Están juntos oficialmente? Es en serio. Diana tragó saliva abrumada. Estamos intentando algo. No sé en qué va a terminar. Pues de entrada, dijo Daniela cruzándose de brazos, ya hiciste historia en este edificio nadie había visto al director hablar así sobre alguien. Diana suspiró. Justo eso me preocupa. Pero antes de que pudiera explicar más, su teléfono interno sonó.
Diana Morao escuchó la voz de la asistente de Rodrigo. Él quiere verla en su oficina. Diana colgó sintiendo que el piso se movía bajo sus pies. ¿Crees que sea algo malo?, preguntó Daniela. Solo hay una forma de saberlo, respondió Diana con un nudo en la garganta. Rodrigo la recibió con su expresión habitual, serena, casi imperturbable.
“Pasa, siéntate”, dijo sin rodeos. Tenemos que hablar sobre lo ocurrido anoche. Diana asintió sintiendo que el corazón le golpeaba el pecho. Sé que fue inesperado. Más que inesperado, respondió él. Fue histórico para esta empresa. Sergio nunca había hecho algo así en público, ni siquiera cuando tuvo parejas en el pasado. Diana se quedó en silencio.
Rodrigo juntó las manos sobre el escritorio. Quiero que entiendas algo. No estoy aquí para juzgarte. Mi deber es asegurarme de que la empresa no enfrente problemas por un asunto personal del director. La respiración de Diana se volvió más lenta. Ya no trabajas bajo su mando directo, lo cual era una condición necesaria para evitar conflictos, continuó Rodrigo.
Pero después de anoche es evidente que la situación está lejos de ser discreta. Diana bajó la mirada. Lo sé. No fue mi intención que esto se hiciera público. Estoy consciente, respondió Rodrigo con calma. También sé que Sergio no suele hacer las cosas sin pensarlas. Si habló así de ti en un evento corporativo, es porque lo decidió con responsabilidad, no por impulso.
Ella levantó los ojos sorprendida de escuchar eso. Entonces, ¿no estoy en problemas? No, por ahora, respondió él. Pero debe ser consciente de lo que significa estar vinculada al director general. Cada paso que dé será observado, cada error será exagerado y cada éxito puesto en duda. Diana sintió una mezcla de alivio y miedo.
Rodrigo dijo ella con voz temblorosa. Yo no busqué esto. Todo empezó con una mentira y sé que es mi responsabilidad enmendarlo. Ya lo estás haciendo. Sergio lo sabe y yo también. La firmeza tranquila de Rodrigo logró calmarla un poco. “Gracias”, susurró. “Haz tu trabajo como siempre”, dijo él. Eso bastará. Esa noche Sergio pasó por ella para cenar.
No era un lugar elegante, solo un sitio tranquilo donde podían sentarse en una mesa apartada sin cámaras ni gente atenta a cada movimiento. “¿Cómo estuvo tu día?”, preguntó él mientras observaba su expresión. Intenso, respondió ella. Por la gala, por lo que dijiste, por todo. Sergio apoyó una mano sobre la mesa. Si dije todo eso, fue porque quería que sintieras que no tienes que esconderte más. Diana lo miró fijamente.
A veces siento que no soy lo suficientemente fuerte para todo esto. Lo eres, respondió él sin dudar. Y si en algún momento no lo sientes así, yo estaré contigo para cargar lo que no puedas. Ella sonrió con un poco de incredulidad. Eres demasiado seguro. Cuando se trata de ti. Sí, dijo él con una sinceridad que la dejó sin respiración.
Después de cenar, caminaron por una calle tranquila. Aunque habían pasado pocas semanas desde que se conocieron, ambos sentían que habían vivido meses de emociones contenidas. En un semáforo, Sergio tomó su mano. “No quiero que sigas cargando sola lo que pasó al principio”, murmuró. Lo de Ángela, las amenazas, las mentiras, ya terminó.
“Y si vuelve a intentar algo, no podrá.” Yo mismo hablé con ella después del evento. Le dejé claro que no habrá unos otros para ella, ni ahora ni nunca. Diana se estremeció. por primera vez no sintió culpa, sintió protección. “Gracias por defenderme”, dijo ella. “No lo hice por obligación, lo hice porque te quiero.
” Caminaron de nuevo hasta el auto, pero justo antes de subir, él la tomó de la cintura y la acercó. “Quiero decirte algo”, susurró. “A veces siento que la vida me dio una segunda oportunidad contigo. No quiero desperdiciarla. Ella lo miró a los ojos y por un instante se vio reflejada en ellos, temerosa, enamorada, pero dispuesta a arriesgarse.
“No la desperdiciaremos”, murmuró. Sergio rozó sus labios con los de ella, lento y cuidadoso, esperando que fuera Diana quien completara el beso. Cuando ella lo hizo, él respondió con un cariño profundo, sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo para memorizarla. Días después, mientras trabajaba en un nuevo diseño, Diana recibió un mensaje inesperado.
¿Podemos vernos hoy por la tarde? Es Ella sintió un pequeño sobresalto. Claro, algo pasó. No es nada malo. Te aviso cuando esté afuera. La incertidumbre la acompañó durante el resto del día. Cuando finalmente salió de la oficina, Sergio la esperaba en la entrada, apoyado en su automóvil. Parecía ligeramente nervioso, algo raro en él. “¿Todo bien?”, preguntó ella.
Sí, pero necesito mostrarte algo. Súbete. El trayecto fue silencioso. No un silencio incómodo, sino uno lleno de expectativa. Llegaron a un pequeño parque casi vacío. Había árboles, bancas y un sendero iluminado por faroles. Sergio salió primero y abrió la puerta para ella. Ven”, dijo.
Caminó junto a él hasta una banca al borde del sendero. Sergio tomó aire. “He estado pensando mucho en nosotros, en cómo empezamos, en lo que enfrentamos, en lo que quiero construir contigo.” Diana sintió que el corazón le latía rápido. “Y me di cuenta de algo,”, continuó él. “No quiero que sigamos avanzando con miedo.
Quiero que esto sea real para ti y para mí. Sin sombras, esperó sin atreverse a hablar. Por eso dijo él finalmente, “Quiero que conozcas a mis padres otra vez.” Esta vez como Diana, no como la versión obligada que tuvo que inventar una historia. Diana abrió los ojos sorprendida. ¿Hablas en serio? Totalmente. Quiero que sepan quién eres tú realmente y quiero que tú sepas quiénes son ellos sin presiones.
Ella no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa incrédula. Sergio, eso es importante. Lo sé, por eso quiero hacerlo contigo. Diana sintió que algo dentro de ella se acomodaba por primera vez desde que todo comenzó. Me gustaría eso, admitió Sergio. Tomó su mano. Entonces será este fin de semana y después hay algo más que quiero pedirte.
Ella parpadeó confundida. ¿Qué cosa? Él sonrió de un modo que mezclaba emoción y nervios. Lo descubrirás pronto. Y aunque ella no sabía que venía, por primera vez no sintió miedo. Sintió emoción. expectativa y la sensación de que algo grande estaba a punto de pasar, algo que marcaría un antes y un después en su historia.
Otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra mango. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. El fin de semana llegó más rápido de lo que Diana hubiese deseado. Aunque estaba feliz por la decisión de reencontrarse con los padres de Sergio, también estaba nerviosa.
Esta vez no existiría ninguna mentira que la protegiera. Sería ella, tal cual era, frente a dos personas que habían criado al hombre del que se había enamorado. Sergio la recogió temprano por la tarde. No dijo mucho durante el camino, solo mantenía su mano entre la de él. como un recordatorio silencioso de que estaban juntos en lo que viniera.
Cuando llegaron a la residencia Torre Anahwak, Beatriz abrió la puerta con una sonrisa cálida. Diana, bienvenida de nuevo dijo mientras la abrazaba. Esta vez quiero conocer a la verdadera tú. Diana sintió un calor inesperado en el pecho. Gracias por recibirme otra vez. Enrique también la saludó con una expresión amable.
Siéntete como en casa. El ambiente era distinto al de la vez anterior. Ya no había una tensión oculta, ni la sensación de que cualquier palabra podía destruir el equilibrio. Ahora había comodidad, naturalidad. Y Sergio parecía más relajado que nunca. Durante la comida, Beatriz preguntó, “Entonces, Diana, ¿qué te hizo entrar al mundo del diseño? Siempre me gustó crear cosas desde cero, respondió ella con honestidad.
Me da calma cuando nada más parece tenerla. Enrique asintió con interés. Eso dice mucho de ti. La creatividad requiere disciplina. Sergio la miró con orgullo. Es muy buena en lo que hace. Diana sintió que se le calentaban las mejillas. Gracias, susurró. La tarde avanzó entre conversación y risas suaves.
Cuando se sentaron en el balcón, donde las luces de la ciudad se extendían como un mar brillante, Beatriz tomó la palabra. Solo quiero decir algo. Comenzó con tono cariñoso. Estoy feliz de verte así, hijo. Hace años que no te veía tan tranquilo. Sergio apretó la mano de Diana. Es porque encontré algo que no sabía que necesitaba, dijo él.
a alguien que me hace querer ser mejor. Diana sintió que sus ojos se llenaban de emoción. Beatriz sonrió con ternura. Cuiden eso dijo. Las cosas que llegan en momentos inesperados suelen ser las más valiosas. De regreso en el automóvil, el silencio era cómodo, cálido. Sergio tomó la mano de Diana y la acarició con el pulgar.
Gracias por ser tú”, dijo de pronto. “Gracias por querer conocer a esa versión”, respondió ella. Cuando llegaron al edificio de Diana, él apagó el motor y respiró hondo, como si reuniera valor para algo. “Diana, hay algo que he querido darte desde hace varias semanas”, admitió. Ella lo miró confundida.
“¿Qué cosa?” Sergio salió del auto y caminó hacia el lado de ella, abriendo la puerta. le tendió la mano para que bajara. El aire de la noche estaba suave y la calle tranquila, iluminada solo por un par de faroles. Cuando quedaron frente a frente, él tomó ambas manos de Diana entre las suyas. Lo que siento por ti empezó de un modo caótico, pero hoy respiró hondo.
Hoy sé que lo que quiero contigo es algo serio, algo que no se limite a citas o mensajes, algo que podamos construir juntos. Diana sintió un temblor en todo el cuerpo. Sergio, él sacó algo de su bolsillo, una pequeña caja azul. No era grande ni extravagante, pero sí especial. Diana contuvo la respiración. Relájate, dijo él con una leve sonrisa.
No es lo que crees. Abrió la caja y reveló un anillo sencillo con una piedra azul que reflejaba la luz de los faroles. Era delicado, elegante. No es un compromiso, aclaró él. Es una promesa, una que quiero darte antes de seguir avanzando. Diana sintió que la vista se le nublaba por las lágrimas. ¿Qué significa? Preguntó con voz entrecortada.
Significa, dijo él mientras tomaba el anillo, que quiero seguir contigo sin mentiras, sin máscaras. Quiero que esto sea real. Quiero que cada paso que demos sea porque ambos lo decidimos. Y quiero que este anillo te recuerde que estoy aquí, que te elijo hoy y mañana también. Ella apenas podía hablar. Sergio, nunca pensé que intentó decir, pero la emoción la sobrepasó.
Él sonrió con ternura. ¿Puedo ponértelo? Ella extendió la mano temblorosa. Sergio deslizó el anillo lentamente sobre su dedo. Le quedaba perfecto, como si estuviera hecho para ella. Diana lo abrazó sin pensarlo, aferrándose a él con fuerza. “Si quiero esto,” susurró contra su hombro. Quiero todo lo que venga, aunque de miedo.
Sergio la rodeó con sus brazos, sosteniéndola con una calma profunda. Yo también tengo miedo, confesó. Pero prefiero tener miedo contigo que no tenerlo sin ti. Se quedaron así un largo rato, sin prisa por separarse. Diana sintió que por fin podía respirar plenamente. Meses después, sus vidas habían cambiado por completo.
Diana se había convertido en directora creativa de un proyecto importante dentro de Altamira Corporativo. Ya no era la empleada asustada que temía perderlo todo. Ahora caminaba con seguridad, con convicción. con un nuevo propósito. Sergio, por su parte, parecía haber encontrado un equilibrio entre su mundo profesional y su vida personal.
Pasaba más tiempo fuera de juntas interminables y cada día enviaba a Diana mensajes breves, pero significativos que la acompañaban en su rutina. La relación había crecido de manera natural. Habían enfrentado comentarios, rumores, miradas ajenas, pero lo enfrentaron juntos. Hasta que un día, mientras paseaban por Playa Esmeralda en Oaxaca, Sergio se detuvo frente a ella con una expresión distinta.
Esta vez sí era nerviosismo puro. Diana, dijo con voz suave, ¿recuerdas lo que te prometí? Lo recuerdo, respondió ella. Él tomó una pequeña caja blanca distinta de la primera. Esta vez sí se arrodilló. Diana se cubrió la boca aturdida. Esta vez no es una promesa”, dijo él mirándola a los ojos.
Es una pregunta la más importante que he hecho en mi vida. Abrió la caja. Dentro había un anillo más delicado, más elegante, más significativo que el primero. “Diana Morel, ¿quieres casarte conmigo?” Ella sintió que el mundo se suspendía. Ninguna duda, ningún miedo, ninguna sombra quedaba dentro de su pecho. “Sí”, respondió con una sonrisa llena de lágrimas. “Claro que sí.
” Sergio se levantó, la tomó en brazos y la besó mientras las olas chocaban suavemente detrás de ellos. No importaban los comienzos difíciles, ni las mentiras iniciales, ni los tropiezos. Habían sobrevivido a todo eso juntos. Ese día celebraron con una pequeña ceremonia. Valeria lloró sin control. Beatriz abrazó a Diana como si fuera su propia hija.
Enrique dio un discurso que hizo reír a todos. Rodrigo levantó su copa en silencio, pero con orgullo. Cuando el sol comenzó a bajar, tiñiendo el mar de tonos dorados, Sergio y Diana se quedaron mirándose, tomados de la mano. “Gracias por haber aceptado aquel trato caótico, sin imaginar lo que vendría”, dijo él en un susurro. “Gracias por haber visto en mí algo que ni yo sabía que tenía”, respondió ella.
Sergio besó su frente. Gracias por elegirme. Ella sonrió. Gracias por elegirnos. El mar, el viento, la luz del atardecer, todo parecía perfecto en ese momento. Su historia había empezado con un plan destinado a fracasar, pero terminó convirtiéndose en algo real, profundo y lleno de verdad. habían demostrado que incluso un mal comienzo podía transformarse en un amor capaz de desafiarlo todo.
¿Qué parte esta historia te conmovió más? Déjalo en los comentarios y califica la historia del cer al 10. No olvides darle me gusta, suscribirte al canal y activar la campanita para seguir disfrutando de nuestras próximas historias llenas de emociones. Y si quieres vivir otra aventura intensa, aquí en pantalla te dejamos otra historia que no te puedes perder.