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Le Dijo a Camilo “Siguiente Cantante” — Hoy el Bar Tiene un Cartel que Dice “Aquí Cantó Camilo”

 Y mira, conozco bien esta canción. Camilo la canta con más potencia, más limpia. Tú la estás haciendo demasiado ronca. El hombre sonríó levemente. Sí, yo también la canto diferente cada vez. Ernesto no entendió la frase. Pensó que era una respuesta extraña de alguien que no quería admitir que estaba desafinando.

Hay gente esperando. Siguiente cantante, por favor. El hombre dejó el micrófono sobre el soporte. Volvió a su mesa sin decir nada más. Si todavía no te has suscrito al canal, Umi, hazlo ahora. Porque lo que Ernesto no sabía en ese momento era que esa voz ronca era exactamente la voz que había grabado esa canción.

 La cantina del Ángel estaba en la colonia Roma. No era un lugar famoso, no tenía reseñas en ninguna guía. Era el tipo de bar que existe porque el barrio lo necesita, con mesas de madera gastada, luces que nunca son demasiado brillantes y una clientela que vuelve cada semana. No porque la comida sea extraordinaria, sino porque se sienten en casa.

 Los viernes por la noche eran la noche de aficionados. Cualquiera podía subir al escenario pequeño del fondo y cantar lo que quisiera con pista. La regla no escrita era simple. Si cantas bien, el público te lo dice con aplausos. Si cantas mal, Ernesto te lo dice con educación y te sienta. Ernesto Fuentes tenía 34 años en 1992. Llevaba 5 años llevando esas noches.

 Era bueno en lo suyo. Tenía buen oído. Sabía leer el ambiente de la sala. Conocía cuando alguien necesitaba más tiempo y cuando necesitaba menos. Umimbi había parado a decenas de cantantes a lo largo de los años, sin malicia, solo manteniendo un nivel mínimo para que la noche fuera disfrutable para todos. Esa noche de octubre había comenzado bien.

Buen ambiente, varios cantantes decentes, una mujer que había arrancado aplausos con una ranchera, un joven que había intentado Luis Miguel con más valentía que afinación. La noche de aficionados tenía su propio ritmo. Primero llegaban los valientes, los que no necesitaban mucho alcohol para subir al escenario.

 Luego hacia las 10 y llegaban los que necesitaban dos o tres copas para encontrar el coraje. Y siempre había alguien que sorprendía, alguien que Ernesto habría apostado que no podría con la canción y que de repente abría la boca y hacía que el bar entero dejara de hablar. Esos momentos eran la razón por la que Ernesto seguía haciendo ese trabajo después de 5 años, la posibilidad de que cualquier noche, cualquier viernes, ocurriera algo que no esperaba.

 A las 10:30, un grupo de cuatro personas entró por la puerta. Tres hombres y una mujer. Uno de los hombres era mayor que los otros. y gafas oscuras que no se quitó al entrar, ropa que no llamaba la atención en ningún sentido. Se sentaron en una mesa del fondo. Ernesto no les prestó atención especial. Eran cuatro personas más en un bar lleno.

 Cuando ese hombre pidió el micrófono, Ernesto no le prestó demasiada atención. La pista de vivir así es morir de amor comenzó. Ernesto la conocía bien. Era una de las canciones más pedidas en esas noches. Puon la conocía también. que en los primeros segundos de cualquier interpretación ya sabía si el cantante la ibane a manejar o no.

 El hombre Simonber empezó en cantar. La voz era ronca, no de alguien acatarrado y nervioso. La ronquera de algo que se hama usado mucho, que lleva años trabajando, que carga con décadas de conciertos y grabaciones y madrugadas y todo lo que una voz acumula cuando se la exige sin descanso. Pero Ernesto no pensó en eso.

 Pensó, “No suena como el disco.” Y en su cabeza, “No sonar como el disco significaba que algo estaba mal.” Y Ernesto observó desde su puesto con ese ojo clínico que había desarrollado en 5 años. No era mal cantante, estaba en el tono. Conocía la melodía, pero había algo en la calidad de la voz que no correspondía con lo que Ernesto esperaba de esa canción.

 No sonaba como Camilo, o al menos no sonaba como el Camilo que Ernesto tenía en la cabeza. 30 segundos. Paró la pista. La sala se quedó en silencio. El intercambio fue breve. Ernesto explicó. El hombre respondió con calma. Ernesto insistió. El hombre dijo esa frase extraña, que él también la cantaba diferente cada vez.

Ernesto no entendió. Dijo siguiente cantante, y el hombre se fue. La noche continuó. otros cantantes, otras canciones. El bar siguió su ritmo. Ernesto llevaba 10 minutos con el siguiente cantante cuando Sofía Medrano se acercó a su puesto. Sofía Medrano era clienta fin habitual de la cantina del Ángel, 42 años, secretaria en una empresa de seguros de lunes a viernes, los viernes por la noche y una persona completamente diferente.

 que llegaba al bar, pedía una cerveza y se sentaba inunda a escuchar a los aficionados con la concentración de quien toma eso en serio. Sofía era fanática de Camilo S desde los 15 años. Tenía todos sus discos. Había ido a tres de sus conciertos. Conocía su cara mejor que la de muchos familiares. Por eso, cuando el hombre de las gafas subió al escenario y empezó a cantar, Sofía dejó la cerveza sobre la mesa, frunció el ceño, inclinó la cabeza hacia un lado. No podía ser.

Cuando Ernesto paró la pista, Sofía sintió que quería levantarse y decir algo, pero el intercambio fue tan rápido que no tuvo tiempo. Y cuando el hombre volvió a su mesa, Sofía se quedó mirándole durante varios minutos. La forma de caminar, la manera de sentarse, los gestos. Era él. Estaba segura. Sofía era clienta habitual, 42 años.

 Venía casi todos los viernes. Ernesto la conocía bien. Llegó con la expresión de quien tiene algo urgente que decir y no sabe exactamente cómo empezar. Chopingum Ernesto. ¿Sabes quién era el señor que acabas de parar? Un aficionado. Era Camilo VI. Ernesto se quedó mirándola. ¿Qué? Camilo VI. El cantante, el que hizo la canción que acabas de parar.

Ernesto sintió que el suelo del bar se hundía bajo sus pies. No puede ser. Es él. Le conozco. Fui a verle en el palacio de los deportes el año pasado. Es él. O Ernesto. Ernesto miró hacia la mesa del fondo. El hombre con gafas, sentado tranquilamente con sus amigos, bebiendo, hablando como si nada hubiera pasado, sin enojo visible, sin drama, con la misma calma con que había dejado el micrófono.

 Ernesto fue a la barra, le pidió al dueño del bar, don Aurelio, que mirara hacia esa mesa. Con Aurelio miró, tardó 5 segundos, se santiguó en silencio. Es él, dijo. Vi, Dios santo, Ernesto. Es Camilo VI. ¿Qué hago? Don Aurelio le miró. Lo que debas hacer. Ernesto tomó aire, tomó el micrófono y lo que hizo a continuación fue lo más difícil de su carrera.

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