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Le Dijo a Andrés Segovia Que Probara Las “Guitarras Para Principiantes” —Pero Jorge Negrete Vio Todo

Esa tarde la tienda tenía movimiento moderado, algunos clientes circulando entre las secciones, un técnico afinando un instrumento al fondo y el dueño resolviendo papeleo en la oficina trasera sin saber lo que estaba a punto de ocurrir en el salón principal. Era una tarde común de miércoles que no había dado ninguna señal de que sería diferente a cualquier otra.

 El tipo de tarde que uno recuerda después, no por lo que esperaba, sino por lo que no esperaba en absoluto. Andrés Segovia había llegado a Ciudad de México tres días antes para una serie de presentaciones con entradas agotadas desde hacía semanas y esa tarde había salido solo a caminar por el centro sin ningún compromiso marcado, algo que hacía cuando necesitaba silencio entre los ensayos y el ruido de las presentaciones.

 Entró a casa Hernández porque el aparador había llamado su atención desde la acera, no por la decoración, sino por una guitarra específica que había visto a través del vidrio y que quería examinar de cerca, con la misma curiosidad directa y sin ceremonia con que examinaba cualquier instrumento que le llamara la atención, sin importar el lugar ni la hora, no había anunciado quién era, no había esperado ningún trato especial, simplemente había entrado como cualquier persona entraría y fue directo a la vitrina con los ojos ya fijos en la

guitarra que había visto desde la calle. Había algo en esa forma de entrar, directa y sin rodeos, que ya decía algo sobre quién era ese hombre antes de que alguien lo nombrara. Jorge Negrete llevaba unos 10 minutos en la tienda cuando Segovia entró, verificando un pedido de cuerdas que había hecho la semana anterior y conversando brevemente con uno de los empleados que lo conocía de visitas anteriores.

 Estaba de espaldas a la entrada cuando escuchó la campanilla de la puerta. giró levemente la cabeza por reflejo y reconoció a Segovia de inmediato, porque había asistido a una de sus presentaciones años antes y había un tipo de presencia en ciertas personas que no se olvida fácilmente, aunque se las vea fuera del contexto donde fueron conocidas.

 se quedó donde estaba sin acercarse y entonces escuchó a Rodrigo aproximarse a Segovia y decir la frase sobre las guitarras para principiantes con una desenvoltura que dejó a Jorge parado por un segundo procesando lo que acababa de escuchar. Miró a Segovia, miró a Rodrigo y se quedó en silencio observando para ver qué ocurría a continuación, con la expresión de quien está calculando cuánto tiempo más puede quedarse callado antes de que el silencio se convierta en complicidad.

 Segovia escuchó el comentario del vendedor sin cambiar la expresión, lo que era en sí mismo una respuesta, porque había un tipo específico de calma que las personas desarrollan cuando pasan la vida siendo subestimadas en lugares donde deberían ser reconocidas y aprenden que reaccionar rara vez resuelve algo que el tiempo no resuelva mejor.

 Miró la vitrina por algunos segundos más. Luego miró a Rodrigo con una atención tranquila y dijo que prefería examinar la guitarra expuesta en el centro. si no había inconveniente. Rodrigo abrió la boca para responder, pero antes de que dijera nada, Jorge Negrete dio dos pasos en dirección a los dos. Se detuvo al lado de Rodrigo y dijo el nombre de Segovia en voz suficientemente alta para que las otras personas en la tienda escucharan, no con intención de crear una escena, sino con la claridad de quien entendió que el silencio en ese

momento era la elección equivocada. Había algo en esos dos pasos y en ese nombre dicho con calma que cambió el clima de toda la tienda antes de que alguien tuviera tiempo de procesar lo que estaba ocurriendo. El nombre de Segovia cayó en el salón de Casa Hernández con el peso específico que tienen los nombres que la gente reconoce antes de terminar de escucharlos, Rodrigo se quedó parado con la boca levemente abierta mirando a Jorge, luego mirando al hombre que había intentado dirigir hacia el fondo de la tienda y en

su expresión se podía ver el momento exacto en que las piezas encajaron y la dimensión del error se hizo completamente visible. El técnico que afinaba un instrumento al fondo dejó de hacerlo. Dos clientes que estaban en la sección de vientos giraron la cabeza al mismo tiempo y Segovia, que había escuchado su nombre dicho por Jorge, con la misma calma con que había escuchado todo lo demás hasta ese momento, miró a Jorge por primera vez desde que había entrado a la tienda, con una expresión que no era sorpresa, sino algo más

parecido al reconocimiento tranquilo de quien acaba de recibir un gesto que no esperaba, pero que sabe apreciar. En ese instante, la tienda entera entendió que lo que estaba ocurriendo no era una situación ordinaria, aunque nadie hubiera podido anticipar exactamente cómo había llegado a ese punto. Jorge se presentó brevemente, dijo su nombre, aunque era probable que Segovia lo conociera, y luego hizo algo que nadie en la tienda anticipaba.

 se dirigió directamente a la vitrina central. señaló la guitarra española que Segovia había venido a examinar desde la calle y le preguntó si quería verla de cerca, como si fuera él quien tuviera alguna autoridad sobre ese instrumento y no el vendedor que había estado ahí todo el tiempo.

 Rodrigo no dijo nada porque no había nada que decir que mejorara la situación en la que estaba y simplemente abrió la vitrina con una eficiencia repentina que contrastaba completamente con la actitud que había tenido 3 minutos antes. Segovia tomó la guitarra con las dos manos, la examinó en silencio durante algunos segundos con esa forma suya particular de sostener un instrumento, como quien escucha algo que los demás no pueden oír.

 Y luego miró a Jorge con una expresión que era la más cercana a la gratitud que alguien con el carácter de Segovia solía mostrar en público. No era una gratitud expresiva ni ruidosa. el tipo de gratitud que se comunica con una mirada sostenida un segundo más de lo necesario y que por eso mismo llega con más peso que cualquier palabra.

 Lo que siguió fue una conversación entre los dos que el personal de la tienda observó desde una distancia respetuosa, sin acercarse demasiado, pero sin alejarse lo suficiente como para perder el hilo. Segovia tocó la guitarra durante varios minutos, primero en silencio, explorando la tensión de las cuerdas y la respuesta de la madera con movimientos pequeños y precisos que no parecían una demostración, sino un diálogo privado entre él y el instrumento.

 Jorge escuchó sin interrumpir, con los brazos cruzados y una atención genuina que los músicos que lo conocían reconocerían como la misma que tenía cuando escuchaba algo que le importaba de verdad. Rodrigo se había retirado hacia el mostrador sin que nadie le dijera que lo hiciera, porque hay situaciones en que la única decisión inteligente es hacerse a un lado. Y ese era uno de esos casos.

 El dueño de la tienda, que había escuchado el nombre de Segovia desde la oficina, apareció en la puerta del salón. y se quedó parado ahí sin interrumpir, porque también entendió en segundos lo que estaba pasando y tuvo la inteligencia de no intentar convertirse en parte de algo que no le pertenecía.

 Cuando Segovia terminó de examinar el instrumento, lo posó con cuidado sobre el mostrador y dijo que era una pieza extraordinaria, que la madera tenía una respuesta que pocas guitarras de ese tipo lograban tener y que quien la había construido sabía exactamente lo que estaba haciendo. El dueño dio un paso hacia adelante para participar de la conversación.

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