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La viuda embarazada fue a vivir a una casa misteriosa, pero lo que halló en el umbral…

 Llevaba 6 meses de embarazo. No tenía familia en esa ciudad. Había llegado a Mérida desde el sur siendo casi una niña y Gastón había sido todo su mundo. Del otro lado del ataúd, la familia Fuentes la observaba. Su suegro, don Benigno Fuentes, era un hombre de hacienda, duro y acostumbrado a que las cosas se hicieran a su manera.

A su lado, doña Consuelo, la madre de Gastón, mantenía el rostro rígido como piedra y entre ellos la cuñada Pilar, que lanzaba miradas cargadas de algo que iba mucho más allá del duelo. Cuando la ceremonia terminó y los asistentes comenzaron a dispersarse, don Benigno se acercó a Sofía con pasos medidos.

 Mañana en la hacienda a las 10 hablar. No fue una invitación, fue una orden. Esa noche Sofía no pudo dormir. Algo en los ojos de su suegro le había helado la sangre. No era compasión lo que había visto ahí. Era cálculo. A las 10 de la mañana siguiente llegó a la hacienda Fuentes. Era una propiedad colonial imponente con paredes color ocre y un patio de naranjos.

 En la sala principal, don Benigno y doña Consuelo esperaban sentados. Pilar estaba de pie junto a la ventana con los brazos cruzados. Había también un hombre que Sofía no conocía de traje oscuro y maletín sobre las rodillas. Siéntate, ordenó don benigno señalando una silla solitaria frente a ellos. Gracias por venir”, comenzó doña Consuelo, aunque su tono no contenía ningún agradecimiento.

El licenciado Herrera le explicará la situación. El hombre del traje abrió su maletín. “Señora Sofía, lamento su pérdida. Sin embargo, debo informarle que la casa donde usted reside y los bienes de su esposo son propiedad de la familia Fuentes.” El señor Gastón dependía de un subsidio familiar que con su fallecimiento termina.

 Tiene 30 días para desalojar. Sofía sintió que el piso se movía bajo sus pies. Pero vivo ahí. Es mi hogar. Nunca lo fue, interrumpió Pilar con frialdad. Todo era de mi hermano y mi hermano ya no está. Don Benigno se inclinó hacia adelante. Hay además cuestiones que debemos aclarar. Gastón era un hombre sano, siempre fue fuerte y de repente, en 7 días muerto.

Tú eras la única que estaba con él. ¿Qué está insinuando? Que mi hijo murió bajo circunstancias muy convenientes para ti, dijo doña Consuelo con voz temblando de rabia. Llegaste a esta familia sin nada, sin nombre, sin linaje, y ahora mi hijo está muerto, y tú querrías quedarte con lo que es nuestro.

 Las palabras cayeron sobre Sofía como hierro candente. Yo amaba a Gastón, jamás le haría daño. No queremos tus explicaciones, cortó don Benigno. Queremos que te vayas de esta ciudad. Si cooperas, no presentaremos cargos ante las autoridades. Si te resistes, haremos que investiguen la muerte de mi hijo a fondo. ¿Me explico? El licenciado Herrera sacó más papeles.

Firme aquí, señora. renuncia a cualquier reclamación sobre los bienes de Gastón Fuentes y se compromete a abandonar Mérida en un plazo no mayor a 30 días. Sofía miró los documentos durante un largo silencio. Con mano temblorosa tomó la pluma y firmó. No tenía fuerzas para pelear. No tenía dinero para un abogado.

No tenía a nadie. Salió de la hacienda y en la calle los vecinos la miraron de una manera distinta. El rumor ya corría. Una mujer que barría su banqueta sacudió la cabeza al verla pasar. Un grupo que conversaba en una esquina enmudeció y luego cuchicheó. Sofía alcanzó a escuchar fragmentos. Esa es la que se casó con el Fuentes.

Dicen que ella lo mató por dinero. Pobre familia. Qué vergüenza. Sofía apretó el paso sin volver la vista atrás. Los días que siguieron fueron un infierno. Empacó sus pocas pertenencias mientras buscaba desesperadamente un lugar a donde ir. Las pocas personas que llamaba amigas se alejaron en cuanto corrió el rumor.

 Los teléfonos no contestaban, las puertas se cerraban. La ciudad, que una vez le pareció acogedora, se había vuelto una prisión de miradas acusadoras y murmullos venenosos. Una tarde, revisando los últimos papeles de Gastón, Sofía encontró en el fondo de una caja vieja un sobre amarillento. Dentro había una llave oxidada y un papel doblado con la letra de su esposo.

Decía solamente, “San Cristóbal de las Casas, Chiapas, camino a las cañadas. Si algún día todo falla, ve ahí, es tuyo.” Sofía no entendía qué había en Chiapas. Gastón nunca le había mencionado tierras fuera de Mérida, pero no tenía otra opción. Con el poco dinero que le quedaba, compró un lugar en una carreta de carga que partía al sur dos días después. El viaje duró 16 días.

 Sofía iba entre bultos de mercancía, con el vientre cada vez más pesado y los riñones ardiendo de tanto traqueteo. El paisaje fue cambiando despacio. Las tierras planas del norte se volvieron valles, luego montañas cubiertas de neblina, luego los caminos de tierra roja de Chiapas bordeados de seivas enormes.

 Llegó a San Cristóbal de las Casas entrada la noche con los pies hinchados y el corazón encogido. Era una ciudad colonial de piedra y tejados de barro, con calles empedradas que brillaban húmedas bajo los faroles. El frío de la montaña le calaba los huesos. No conocía a nadie. Encontró una posada pequeña.

 Pagó por un cuarto y durmió con una mano apoyada en su vientre. Al día siguiente comenzó a buscar. Fue al registro de tierras, a la notaría, a la alcaldía. Nadie tenía información sobre propiedades a nombre de Gastón Fuentes. Pasaron los días, el dinero se agotaba. Sofía ya empezaba a perder la esperanza cuando una tarde comprando pan en una tienda, escuchó a dos hombres hablar entre ellos.

Esa casa extraña del camino a las Cañadas, la que construyó aquel forastero hace años. Dicen que la dejó enterrada en la tierra como madriguera y nunca volvió. Sofía se acercó. Disculpen, ¿de qué casa hablan? Los hombres la miraron, vieron el vientre, el reboso raído y algo en sus ojos se suavizó. Una casa rara, señora.

 Saliendo por el camino viejo a las cañadas, metiéndose por el bosque. Tiene el techo de pasto y la puerta redonda. Como de cuento, está abandonada desde hace años. El corazón de Sofía dio un vuelco, sacó la llave oxidada del bolsillo. El sendero hacia la casa no estaba en ningún mapa. Siguió las indicaciones caminando casi una hora por una vereda que se fue estrechando hasta casi desaparecer entre los elechos. El bosque era alto y húmedo.

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