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La viuda embarazada ayudó al ranchero enfermo, pero lo que encontró en su rancho guardaba un secreto

 La casa donde habían vivido era rentada. El patrón no tardó en pedir que se desocupara y Rosalía, con 6 meses de embarazo y sin familia cercana en el pueblo, había aceptado el cuarto pequeño que le ofreció doña Presentación, la partera, a cambio de ayudarla con las hierbas y los mandados. No era gran cosa, pero era techo y era compañía, y en ese momento eso valía más que cualquier otra cosa.

 Esa mañana había salido temprano al monte a cortar las hierbas que doña presentación necesitaba para sus remedios. El camino de regreso era de bajada, lo que aliviaba algo el cansancio, pero el sol de mediodía ya calentaba sin consideración y Rosalía caminaba despacio, cuidando cada paso en el terreno irregular. Fue entonces cuando escuchó el ruido.

Primero los cascos del caballo sobre las piedras, irregulares, sin el ritmo firme de animal bien guiado. Luego la figura que apareció doblando la curva del camino. Era un hombre a caballo, o mejor dicho, era un hombre encima de un caballo que hacía lo posible por mantenerlo en la silla. estaba encorbado hacia delante, con una mano aferrada al pomo y la otra colgando sin fuerza al costado.

 El sombrero de ala ancha le cubría el rostro, pero lo que se veía debajo el cuello, la camisa empapada de sudor, la postura de quien está usando las últimas reservas del cuerpo, decía todo lo que hacía falta saber. El caballo, un animal oscuro y serio, caminaba solo, despacio, como si supiera que su jinete no estaba en condiciones de dar instrucciones.

Rosalía se detuvo en el medio del camino. El hombre levantó la cabeza apenas, lo suficiente para verla. Sus ojos estaban hundidos, el rostro pálido bajo el color tostado de hombre de campo, los labios resecos. Señora, dijo, y la voz le salió tan débil que casi no llegó. Rosalía dejó la cesta en el suelo y se acercó.

 Se llamaba Leandro Sarate y era dueño del rancho El Sausal, a unos 4 km por el camino del norte. Había salido tres días atrás hacia el pueblo para vender dos costales de maíz y comprar lo necesario para el mes. En el camino de regreso, la fiebre que llevaba días ignorando se impuso de golpe.

 Había pasado dos noches tirado bajo un árbol sin poder avanzar. Hasta que esa mañana el caballo, que había permanecido junto a él con una fidelidad que Leandro no hubiera sabido explicar, pareció decidir que era hora de seguir. Tenía 48 años. Era viudo desde hacía seis. No tenía hijos. Vivía solo en el rancho con un peón que venía tres veces por semana y un perro viejo que dormía en el corredor.

 Todo eso Rosalía lo fue sabiendo después de a pedazos. mientras lo ayudaba a mantenerse en la silla y guiaba el caballo por el camino del norte hacia el sausal. En ese momento solo sabía que el hombre estaba muy enfermo, que no podía seguir solo y que ella no tenía manera de dejarlo ahí. ¿Puede aguantar?, le preguntó con la mano en el brazo de él para darle algo donde apoyarse.

 Aguanto dijo él, aunque era evidente que aguantaba apenas. Rosalía recogió la cesta del suelo, tomó las riendas del caballo con la mano libre y empezó a caminar. El camino al rancho tardó más de lo que esperaba. Leandro se desmayó dos veces. La primera, Rosalía lo sostuvo empujando con el hombro contra su pierna hasta que volvió.

 La segunda tuvo que detener el caballo, encontrar la manera de subirse al lomo detrás de él y rodearle la cintura con el brazo para que no cayera, sin soltar las riendas, con la esta colgando del otro brazo y el vientre apretado contra la espalda del hombre. No era cosa fácil para una mujer embarazada de 6 meses, pero Rosalía había aprendido desde niña que el cuerpo da más de lo que uno cree cuando no hay otra opción.

 Cuando el rancho apareció al final del camino entre los árboles, ella soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta. Era una propiedad modesta, pero bien plantada. Casa de adobe con corredor amplio, techo de teja, paredes encaladas que el tiempo había ido tiñiendo, de un color entre blanco y ocre.

 Había un corral con algunas cabras, un gallinero, un pozo cerca de la casa y, efectivamente, un perro viejo dormido en el corredor que levantó la cabeza cuando llegaron y volvió a recostarla sin mayor alboroto. Rosalía bajó primero, ató el caballo al poste, ayudó a Leandro a desmontar. El hombre pesaba y ella no tenía mucha fuerza de más, pero entre los dos llegaron al corredor.

 Lo sentó en el banco de madera. entró a la casa a buscar agua. La casa por dentro era la casa de hombre que vive solo desde hace mucho tiempo. Limpia en lo básico, ordenada con la practicidad de quien no tiene a nadie que impresionar. Había una cocina con fogón de leña, una mesa con una sola silla, trastos colgados en la pared, una olla, un comal.

 En el cuarto del fondo, una cama de madera con cobijas dobladas con cuidado. En la sala, una mecedora vieja, un baúl de madera oscura contra la pared y una repisa con algunos objetos que Rosalía no miró en ese momento, porque lo urgente era el agua y las hierbas. Encontró una jarra, fue al pozo, volvió, preparó una infusión con las hierbas medicinales que traía en la cesta, las mismas que cortaba para doña presentación, buenas para la fiebre y para fortalecer el cuerpo débil.

 obligó a Leandro a tomar despacio, sorbo a sorbo, sentado en el banco del corredor con la espalda apoyada en la pared. El hombre la miraba con esos ojos hundidos, de quien ya no tiene energía ni para preguntar por qué alguien está siendo amable con él. ¿Cómo se llama?, preguntó finalmente con la voz algo más firme.

Rosalía. Rosalía Mendoza. Del pueblo? Sí, de San Andrés. Él asintió despacio. Leandro, Sárate, este es mi rancho. Lo sé. Me lo dijo en el camino. Le dije algo en el camino. Poco, pero suficiente. Leandro miró el vientre de Rosalía, luego la cesta de hierbas, luego el camino por donde habían venido, como calculando la distancia y el esfuerzo.

No debería haberse molestado, dijo. No me molesté, respondió Rosalía. Y era verdad. La fiebre empeoró esa tarde. Rosalía sabía que no podía dejar al hombre solo. Envió al peón, que apareció al atardecer con cara de susto al ver a la extraña en el corredor a avisar a doña Presentación en el pueblo que ella se quedaba esa noche en el sausal y que no se preocupara.

 El peón, un muchacho joven de nombre Tranquilino, miró a su patrón tirado en la cama con fiebre. Miró a la mujer embarazada que se movía por la cocina preparando remedios. y decidió que lo mejor era obedecer sin hacer preguntas. Esa noche, Rosalía no durmió. Cambió las compresas en la frente de Leandro cada hora le dio la infusión cada vez que el hombre podía tragar.

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