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La viuda de los huevos rotos pasó 15 días con el Apache ciego y su regreso humilló a sus cuñadas

 Pero en Santa Jacinta se convirtió en una acusación, una viuda sin hijos era para muchas lenguas venenosas, una mujer sin ancla, sin defensa y sin verdadero lugar en la memoria de nadie. Las peores eran sus cuñadas, Ofelia y Ramona Robles, hermanas de Eusebio, dos mujeres endurecidas por la envidia y por esa costumbre mezquina de creer que el dolor ajeno es una oportunidad.

 Ofelia la mayor tenía una voz afilada que parecía hecha para cortar la dignidad de los demás en tiras pequeñas. Ramona, más joven, no hablaba tanto, pero sabía sonreír en el momento exacto en que una crueldad terminaba de hundirse. Desde la muerte de su hermano, ambas habían decidido que Jacinta ocupaba un espacio que no merecía.

 Le repetían con palabras distintas la misma idea miserable, que la casa debía volver a la sangre de los robles, que una viuda sin hijos no tenía derecho a aferrarse a nada, que bastante favor le hacían permitiéndole seguir allí mientras pagara las pequeñas deudas que Eusebio había dejado. Jacinta pagaba como podía, criaba unas cuantas gallinas flacas en el patio trasero, recogía los huevos antes del amanecer y separaba los buenos de los quebrados.

Los enteros los vendía al almacén de doña Bernarda, que siempre encontraba un motivo para rebajarle el precio. Los rotos, los que tenían apenas una fisura o una cáscara vencida por el camino, los llevaba al mercado envueltos con cuidado, suplicando en silencio que al menos alguna mujer pobre se los comprara para hacer tortillas o pan.

 No era una vida, era una resistencia. Y aún así, cada moneda que entraba en su delantal iba destinada a lo mismo, harina, sal, leña y el pago atrasado que Ofelia le recordaba cada semana con el entusiasmo de quien espera ver caer una pared. Aquella mañana, como casi todas, Jacinta había salido antes de que el sol tocara los techos del pueblo.

 Llevaba la canasta apoyada sobre la cadera y un reboso marrón sobre la cabeza. El aire olía a tierra seca y a humo de fogones recién encendidos. En la plaza, los comerciantes acomodaban sus puestos con la lentitud cansada de la costumbre. Los hombres del maíz hablaban de lluvias que no llegaban.

 Las vendedoras de queso se santiguaban al ver pasar al nuevo comisario. Y Jacinta, como siempre, eligió un rincón discreto cerca del puesto de cebollas, donde el sol tardaba un poco más en volverse insoportable. Huevos quebrados, pero frescos, dijo con voz suave, sin mirar demasiado a nadie. Sirven igual para el guiso, para el pan, para el desayuno.

 Una muchacha se acercó, levantó el paño, vio las grietas y torció la boca. “Ni regalados”, murmuró, “lo bastante alto para que otras oyeran. No fue la única. Dos mujeres se rieron al pasar. Un niño señaló la canasta y preguntó si también vendían las cosas rotas de la viuda por dentro. La madre no lo corrigió, solo lo arrastró consigo con esa prisa hipócrita de quien no quiere parecer mala después de haberlo sido. Jacinta no respondió.

Hacía mucho que había aprendido que en ciertos lugares defenderse solo alimentaba la crueldad. Bajó la vista, acomodó mejor el paño y siguió esperando. Por primera vez en muchos meses, sin embargo, sintió el cansancio no en los huesos, sino en el alma. Algo dentro de ella comenzaba a rendirse. No era hambre, no era frío, era peor.

 Era esa sensación de estar desapareciendo a plena luz del día, sin que nadie lo notara. Cerca del mediodía apareció Ofelia. No llegó sola. Nunca lo hacía cuando había oportunidad de humillar. Venía con Ramona y con dos vecinas que fingían casualidad, aunque todas en el pueblo conocían aquel tipo de paseos. Ofelia se detuvo frente a la canasta, observó los huevos rajados y soltó una risa breve. “Mírala nada más”, dijo.

 “La mujer de mi hermano terminó vendiendo desperdicios. Eusebio se moriría otra vez si la viera.” Ramón al ladeó la cabeza con dulzura falsa. No seas dura, Ofelia, al menos trabaja. Aunque bueno, tampoco le queda otra. Cuando una no supo darle hijos a un hombre, por lo menos debería saber conservarle la casa. Las vecinas rieron con esa risa corta y cobarde que tanto daño hace porque se esconde detrás de la costumbre.

 Jacinta apretó los dedos contra la falda, sintió la sangre subirle al rostro, pero no de vergüenza, sino de impotencia. Ya les dije que pagaré lo que falta”, respondió apenas. Ofelia se inclinó hacia ella. Con esto, con cáscaras rotas, no te alcanza ni para el maíz, Jacinta. Escúchame bien, tienes hasta finales de mes.

 Después Ramona y yo vamos a reclamar lo que es de la familia y si no te has ido por tu cuenta, te sacaremos con ayuda del comisario. Aquellas palabras quedaron flotando entre los puestos como un mal presagio. Jacinta supo que no era amenaza vacía. Ofelia llevaba semanas insinuándolo. Pero aquel día había algo definitivo en su tono.

 El valle entero parecía haberlo oído y nadie dijo nada. Cuando por fin se marcharon, Jacinta vendió apenas cuatro huevos, guardó las monedas en el bolsillo interior del delantal y emprendió el regreso con pasos lentos. El camino a su casa bordeaba un arroyo pobre y luego subía por una vereda donde crecían mezquites torcidos y hierbas secas.

 Allí, lejos del murmullo del mercado, pudo permitirse lo que en la plaza no se había dejado hacer. se detuvo junto a una cerca vieja y lloró, no con ruido, no con desahogo. Lloró como lloran las mujeres que llevan demasiado tiempo conteniéndose, en silencio, con los hombros apenas temblando y la boca apretada, para que el mundo no se lleve también ese último resto de dignidad.

 Fue entonces cuando escuchó el trote de un caballo, se secó el rostro con rapidez y dio un paso atrás. Por el camino venía don Laureano Vélez, el escribiente del valle, un hombre seco de bigote ralo y modales ceremonios montado en una mula gris. No era alguien que soliera visitar aquella parte del pueblo sin motivo. Al verla, tiró suavemente de las riendas doña Jacinta Robles.

 Ella asintió desconfiada. Don Laureano rebuscó en su chaqueta y sacó un sobre doblado sellado con cera oscura. Traigo un recado para usted. Me pidieron que se lo entregara en mano y que esperara respuesta antes del anochecer. Jacinta miró el sobre como si fuera un objeto venido de otro mundo.

 Nadie le escribía, nadie tenía por qué hacerlo. Tomó el papel con dedos inseguros. En el frente, con una letra firme y extrañamente elegante, estaba escrito su nombre. ¿De parte de quién?, preguntó don Lauriano Carraspeó del rancho de los Álamos Negros de parte de Matías Cruz. Jacinta levantó la vista de golpe. Aquel nombre no le era desconocido.

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