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La rechazada del viñedo cuidó 6 colmenas del apache viudo… pero quisieron quitarle a su bebé

Caminaba despacio, no por pereza, como decían algunos, sino porque su cuerpo había cambiado en los últimos meses. Bajo la tela floja del vestido, en el vientre ya vencido por el parto reciente, todavía quedaban huellas del dolor y contra su pecho, envuelta en una manta fina que ya no abrigaba suficiente, dormía a rato su hija recién nacida, una criatura pequeña, silenciosa y demasiado liviana para tener apenas 20 días de vida. La niña se llamaba Inés.

Nadie en el viñedo pronunciaba ese nombre con cariño. En realidad, casi nadie pronunciaba ya el nombre de Jacinta, sin dejar caer antes o después una sombra de desprecio. Para los peones viejos era la muchacha descarriada que había vuelto con una barriga sin marido. Para las mujeres de la cocina era un mal ejemplo, una vergüenza que no debía mezclarse con las muchachas solteras.

Para los capataces era un problema porque una madre reciente trabajaba más lento, cargaba a la niña entre los brazos y no podía inclinarse durante horas como los demás. Y para doña Elvira Santibáñez, viuda dueña de la mitad del viñedo del Este, Jacinta era poco menos que una mancha en la propiedad. Lo más cruel de todo era que ninguno de ellos conocía la verdad completa.

 Meses atrás, cuando todavía tenía esperanza en la mirada, Jacinta había creído en las promesas de Anselmo Varela, el hijo menor del administrador de bodegas. Él le había hablado de matrimonio en voz baja junto al lagar. le había jurado que en cuanto pasara la vendimia hablaría con su padre y pediría su mano. Le había dicho que una mujer como ella merecía una casa propia, no seguir sirviendo entre barriles y canastos ajenos.

Jacinta, que había crecido sin madre y con un padre jornalero que murió de una fiebre en temporada de lluvias, necesitaba muy poco para creer en la bondad. Le bastó una voz suave, dos manos insistentes y la ilusión de ser elegida por fin. Pero cuando el vientre empezó a notarse, Anselmo desapareció de su lado con la rapidez cobarde de los hombres que prometen en secreto y niegan en público.

 Primero fueron silencios, luego excusas, después una mentira tan ruin que todavía le ardía a Jacinta cuando la recordaba. dijo que ella lo había perseguido, que era una muchacha confundida, que seguramente ni siquiera sabía quién era el padre de la criatura. Y como el muchacho tenía apellido botas buenas y un padre con influencia en las cuentas del viñedo, el valle decidió creerle a él.

 A Jacinta nadie le pidió versión. La apartaron de la casa grande, donde antes ayudaba a lavar botellas y coser sacos. La enviaron a las hileras más lejanas, donde el sol golpeaba sin misericordia y el trabajo se hacía en silencio. Las otras mujeres dejaron de compartirle agua, algunas por miedo, otras por simple mezquindad.

 Y cuando nació la niña en el cuarto estrecho que le prestó la curandera del arroyo, ni una sola campana sonó por aquella vida nueva. Solo estuvo con ella Tomasa, la vieja partera, que le sostuvo la frente durante las contracciones y murmuró entre dientes que el mundo se había vuelto demasiado duro con las mujeres pobres.

 Aquella mañana, Jacinta había vuelto al trabajo porque no tenía elección. La leche escasea, el maíz se había terminado dos días atrás. Debía tres semanas de alquiler por el cuartito de adobe, donde dormía con la niña, y el dueño ya le había advertido que la paciencia no alimentaba bocas. Caminaba entre las vides cortando racimos tardíos y separando las hojas malas con una lentitud que irritaba al capataz.

 Cada tanto, Inés soltaba un gemido breve y Jacinta debía meserla con una mano mientras seguía trabajando con la otra. Así no vas a rendir ni la mitad, gruñó una voz a su espalda. Era Baltasar Rueda, el capataz del viñedo del oeste, un hombre de cuello ancho, bigote amarillento y ojos pequeños, acostumbrado a mandar más de lo que pensaba.

 Llevaba una vara corta en la mano, no para golpear, al menos no delante de todos. sino para señalar defectos como si las personas fueran animales de carga. Jacinta bajó la mirada. Estoy haciendo lo que puedo, don Baltasar. Él soltó una risa seca, sin alegría. Lo que puedes no alcanza. Aquí se paga por trabajo, no por lástima. Y esa criatura tuya no puede seguir entre las vides como si esto fuera un patio de juegos.

 Jacinta apretó más a la niña contra su pecho. Sintió que algo dentro de ella se encogía, pero no respondió. Había aprendido que en ciertos lugares defenderse solo servía para empeorar el castigo. Baltazar arrancó un racimo, lo miró con desprecio y lo dejó caer al suelo. Doña Elvira no quiere problemas antes de la cosecha.

 Si no completas la cuota esta semana, buscará a otra. Y te diré una cosa, muchacha. Nadie contrata fácil a una mujer con un bebé en brazos y fama torcida, fama torcida. Las palabras se le quedaron clavadas como espinas. Jacinta sintió que la leche se le bajaba de puro dolor. Miró a la niña dormida, tan ajena todavía al veneno del mundo, y por un instante tuvo que morderse el interior de la mejilla para no llorar delante de él.

 Cuando el capataz se alejó, dos mujeres que trabajaban unas hileras más allá cuchichearon sin siquiera molestarse en bajar la voz. “Dicen que el padre era de buena casa”, murmuró una. “Si fuera verdad, no la habría dejado así”, respondió la otra. “Algo habrá hecho ella.” Jacinta siguió cortando sin mirarlas. Eso era lo peor del desprecio.

No siempre gritaba, a veces hablaba bajito, con voces de cocina, con susurros que se metían en el alma y la iban desgastando más que el hambre. El sol subió y el valle se volvió una plancha de luz. Cerca del mediodía, cuando por fin dieron un descanso breve, Jacinta se apartó hacia la sombra escasa de una higuera vieja.

 Se sentó sobre una piedra baja, descubrió el pecho con pudor y trató de amamantar a Inés. La niña prendió con debilidad, como si incluso para vivir necesitara pedir permiso. Jacinta le acarició la mejilla con un dedo tembloroso y sintió una punzada de miedo. Inés estaba demasiado quieta, demasiado pequeña, demasiado frágil.

 “No te me vayas”, susurró inclinándose sobre ella. No me dejes sola también tú. Y fue entonces cuando escuchó el rumor, no llegó como noticia abierta, sino como esas frases que se deslizan primero entre dos personas y luego empiezan a crecer hasta contaminarlo todo. Dos peones que descansaban cerca del carro de herramientas comentaban que en los terrenos altos del otro lado del arroyo seco, el apache viudo buscaba a alguien, no para casarse, no para servir en casa, sino para cuidar unas colmenas hasta la cosecha de otoño. Seis colmenas,

dijeron, seis nada más. Pero había que vigilar la floración tardía, recoger la miel sin estropear los panales y mantener lejos a los muchachos del valle, que a veces robaban cera y rompían cajas por diversión. Yinta alzó apenas la cabeza, el apache viudo. No necesitaban decir su nombre para que el murmullo cambiara de tono.

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