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La PELÍCULA que rodó CANTINFLAS… y que muchos consideraron una TRAICIÓN

 No el dinero, aunque había mucho. No la fama, aunque habría mucha más. Lo que estaba en juego era algo que no aparece en los contratos ni en los comunicados de prensa. La identidad, la pregunta de a quién le pertenece un símbolo cuando el símbolo ya no le pertenece solo a quien lo creó. Y Mario Moreno, sentado en ese lobby con sus manos quietas sobre las rodillas,  lo sabía.

 lo sabía con esa claridad particular de los hombres que han construido todo desde cero y que por eso mismo conocen exactamente el peso de lo que podrían perder. Para entender lo que ocurrió en esa reunión, hay que entender  quién era Mario Moreno antes de que existiera Cantinflas. Hay que regresar a la colonia Guerrero al año 1911 a una vecindad de la calle Magnolia, donde una costurera llamada Soledad Reyes dio a luz al séptimo de sus hijos y lo llamó Mario.

 El padre Pedro Moreno era empleado postal, un hombre de trabajo y de pocas palabras que enseñó a sus hijos que la dignidad no se pide prestada, que se carga todos los días aunque pese. De niño, Mario vendía periódicos en las esquinas del centro. Lustraba zapatos frente al Palacio de Bellas Artes, cuando todavía era un edificio en construcción.

 Cargaba bultos en el mercado de la Mercedo el hambre real, no la del cuento, sino la que se instala en el vientre a las 2 de la tarde, cuando el desayuno fue un café de olla y nada más. Conoció también algo que deja una marca más profunda que el hambre. La mirada de desprecio, la mirada del patrón que no te ve cuando le hablas, la mirada del policía que te para en la calle sin razón y te suelta sin disculpa.

 La mirada del burócrata detrás de su escritorio que te pide papeles que tú no puedes tener porque nadie te enseñó a conseguirlos. Esas miradas recibidas desde niño no se olvidan. Se convierten en algo. En algunos hombres se convierten en rabia. En Mario Moreno se convirtieron en arte. Fue en las carpas donde Mario Moreno comenzó a transformar la humillación en algo que la gente pudiera reconocer y celebrar.

 Las carpas eran los teatros del pueblo. Grandes tiendas de lona instaladas en los barrios populares de la Ciudad de México, en Tepito, en Nonoalco, en la colonia Doctores, donde por unos centavos la gente que no podía pagar el cine ni el teatro veía actuaciones de todo tipo. Era el laboratorio más brutal y más honesto del mundo del espectáculo.

 Si conectabas con la gente, la ovación hacía temblar la lona. Si no conectabas, los chiflidos se escuchaban desde la calle.  En ese ambiente de fuego, Mario Moreno creó Alcantinflas. Y la historia de cómo nació ese personaje es una de las historias más importantes del cine mexicano, precisamente porque no fue un invento, sino un accidente.

 Cuenta la leyenda que tiene más de verdad que de invención, que una noche Mario Moreno salió al escenario con el miedo del principiante y olvidó lo que tenía que decir. El pánico lo paralizó durante un segundo que debió sentirse como una eternidad. Y entonces, para ganar tiempo, comenzó a hablar. a hablar sin parar, a decir cosas que parecían tener sentido, pero que al final no decían nada o que lo decían todo de una manera tan torcida que resultaba imposible estar seguro.

 El público, en lugar de abuchearlo, comenzó a reír y a reír más y a reír hasta las  lágrimas. Había nacido el cantinfleo y con él algo que ninguno de los presentes esa noche pudo haber anticipado. Porque el cantinfleo no era solo un truco cómico, era, en su esencia más profunda, una radiografía del poder. Cuando Cantinflas hablaba con ese torrente de palabras que decían todo y nada, estaba imitando el lenguaje de los poderosos, el discurso del político que promete sin comprometerse, del abogado que confunde para cobrar, del

funcionario que enreda para no resolver. Al usar ese lenguaje desde abajo, desde la perspectiva del peladito,  Cantinflas lo ridiculizaba sin nombrarlo. Lo desnudaba frente a un público que lo reconocía de inmediato porque lo había padecido toda la vida. Eso era lo que hacía a Cantinflas diferente de cualquier otro comediante de su época.

 No era un payaso,  era un filósofo con sombrero roto y pantalones caídos que le decía la verdad al poder con la única arma que el poder no sabe cómo defenderse.  La risa. En 1936, un empresario llamado Santiago Reachi vio en Mario Moreno algo que los demás productores del momento no habían sabido ver.

 Richie se convirtió en su socio y juntos fundaron Posa Films, la productora que llevaría a Cantinflas a la pantalla grande. El primer gran éxito llegó en 1940 con, ahí está el detalle, una película que se convirtió en fenómeno de taquilla y que estableció de manera definitiva la fórmula que consagraría a Cantinflas como el comediante más importante del cine en español durante los años 40 como Leto, los años 40 como Leto, los Tribolito, los Tribolito como Letto  Sega, WW Cantinflas era el rey indiscutible del cine mexicano. Sus estrenos eran

eventos. La gente hacía filas desde la madrugada para conseguir boleto en el cine Alameda del Paseo de la Reforma, en el cine Metropolitan de la calle Independencia, en las salas de los barrios populares, donde el precio de la entrada equivalía a varias horas de trabajo y la gente lo pagaba igual porque ver la nueva de Cantinflas era algo que no se podía perder.

 Era, en el sentido más literal de la palabra una fiesta del pueblo. Pero detrás de esa popularidad arrolladora había una tensión que muy pocos conocían. Mario Moreno era un hombre de convicciones profundas y de una integridad poco común en el medio artístico. Rechazó proyectos que le parecían indignos. exigió control creativo sobre sus películas en una época en que los actores no tenían esa clase de poder.

 Confrontó a productores y distribuidores cuando consideró que las condiciones de trabajo afectaban a los técnicos y trabajadores del set. era respetado y temido a partes iguales, y esa combinación generaba algo que el éxito siempre genera en quienes no lo tienen.  Resentimiento. Había directores que consideraban sus películas demasiado sencillas, críticos que lo acusaban de repetirse, productores rivales que esperaban con paciencia el momento en que la fórmula se agotara y en 1954 creyeron haberlo encontrado.

 Ese año, Cantinflas estrenó abajo el telón. La película no fue un fracaso, pero no alcanzó el nivel de sus grandes éxitos anteriores. La crítica especializada, siempre hambrienta de sangre, comenzó a hablar de crisis creativa. Los columnistas de Novedades y de Excelsior publicaron notas que con  la delicadeza envenenada del medio artístico sugerían que Cantinflas había llegado a su techo, que el personaje ya no tenía nada nuevo que decir.

 Mario Moreno leyó esas notas, las leyó todas y aunque públicamente las ignoró con la elegancia de quien está seguro de su lugar en el mundo, en privado lo afectaron de una manera que estaba lejos de estar dispuesto a admitir. Tenía 44 años, llevaba 15 en la cima y por primera vez en su vida sentía algo que no tenía nombre exacto, pero que se parecía a la fatiga de cargar un peso que ya no era solo suyo.

 Y fue en ese momento, en ese preciso momento de vulnerabilidad silenciosa, cuando llegó la llamada de Michael Todd. Todd era el productor más ambicioso de Hollywood en ese momento. Un hombre enorme, extrovertido, con la energía de alguien que no ha dormido en días y que tampoco lo necesita. había conseguido los derechos de la novela de Julio Berne sobre la vuelta al mundo en 80 días y tenía en mente una producción colosal, 42 millones de dólares de presupuesto, la más cara de la historia de Hollywood hasta ese momento, más de 40 locaciones

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