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La Película Maldita de Pedro Infante: El Secreto que Nadie se Atrevió a Contar

Es como si nunca hubiera  ocurrido. Como si alguien hubiera tomado un borrador y hubiera eliminado esas semanas de la historia  del cine mexicano con una precisión quirúrgica, metódica, deliberada. Pero los rastros no desaparecen del todo, nunca lo hacen. Quedan en los testimonios de quienes estuvieron ahí, en las cartas que se escribieron y que nadie destruyó por completo, en los recuerdos de los hijos de los  técnicos que trabajaron en ese set y que escucharon fragmentos de conversaciones que sus padres nunca

quisieron explicar del todo. En una bobina de celuloide que, según al menos  tres fuentes independientes, todavía existe en algún lugar. guardada, oculta, esperando. Esta es la historia de esa película, de lo que contenía, de quién  ordenó destruirla y de por qué Pedro Infante, el hombre más amado de México, pagó el precio  más alto por haberse atrevido a filmarla.

 Para entender lo que ocurrió, necesitas  conocer primero el contexto. El año era 1956. Pedro Infante estaba en la cima absoluta de su carrera. Había filmado  más de 50 películas. Sus canciones sonaban en todas las radios del país, en todos los hogares, en todas las cantinas. Era el rostro de  México hacia el mundo, el símbolo viviente de lo que este país quería creer de sí mismo.

 Humilde, pero digno, pobre pero orgulloso, capaz de reír en medio del  dolor y de amar sin condiciones. Pero detrás de esa imagen perfecta, Pedro cargaba algo que muy pocos conocían. sabía un secreto, un secreto que involucraba a personas con nombres que todavía resuenan en los pasillos del poder y había decidido contarlo.

 No en una entrevista, no en  un libro, lo iba a contar de la única manera que él sabía hacerlo verdaderamente bien. En una película, el proyecto nació de una conversación que nadie  debió escuchar. Fue en una reunión privada en la colonia San Ángel, en la casa del director Emilio  Fernández, el indio, como todos lo llamaban.

 Era una noche de esas que en el México de los 50 se repetían  con frecuencia entre la élite artística, mecal, música en vivo, conversaciones que comenzaban hablando de cine y terminaban hablando de política, de dinero,  de los hombres que movían los hilos invisibles del país.

 Pedro llegó tarde, como siempre. Entró saludando a todos  con esa naturalidad que desarmaba a cualquiera, ese don de hacer sentir a cada persona en la habitación  como si fuera la única que importaba. Esa noche, Pedro bebió más de lo habitual y habló más de lo que debía. le confió al indio Fernández  algo que llevaba meses guardando.

 Había sido testigo de algo, no un rumor, no una historia de tercera mano. Él lo había visto con sus propios ojos  en un lugar donde no debía estar, en un momento en que las personas involucradas creían estar completamente solas,  lo que presenció involucraba a un funcionario de alto rango del gobierno de Adolfo Ruiz Cortínez,  a una transacción que no tenía ninguna explicación legal posible y a un nombre que Pedro repitió esa noche en voz baja, casi con reverencia, como si pronunciarlo en voz alta fuera ya un

acto de temeridad. El indio lo escuchó en silencio. Luego dijo algo que cambiaría el curso de los meses siguientes. Eso hay que filmarlo. Pedro lo miró. Sonrió. Esa sonrisa  que México conocía de memoria, la que aparecía justo antes de que tomara una decisión que todos  los demás consideraban una locura y dijo que sí.

Lo que siguió fue un proceso extraordinariamente  discreto para los estándares de una industria que vivía del escándalo y la visibilidad. El guion no escribió un hombre cuyo nombre se ha mantenido deliberadamente fuera de esta  historia hasta ahora. Un escritor que había colaborado con las principales productoras del país, pero que en ese momento atravesaba una época difícil,  deudas, problemas con la censura, una reputación que se sostenía con alfileres.

 Pedro lo contactó a través de un  intermediario. Se reunieron tres veces en distintos cafés del centro histórico, nunca en el mismo lugar dos veces. Pedro le explicó  la historia que quería contar, no con nombres reales, nunca con nombres reales, pero  con una fidelidad a los hechos que haría que cualquier persona informada reconociera de inmediato a los personajes detrás de los  personajes.

El escritor tardó seis semanas en entregar el guion. Cuando Pedro lo leyó, supo  que era exactamente lo que buscaba. Una historia de un hombre común que descubre  una verdad que no debería conocer, que intenta contarla, que encuentra todas las puertas cerradas y que al final  tiene que elegir entre su seguridad y su conciencia.

 Era ficción, pero era también un espejo exacto de lo que Pedro había vivido. El problema  era que había personas que sabían que ese espejo existía y estaban observando. El rodaje  comenzó en julio de 1956 en una locación a las afueras de Tlalpan que habían acondicionado como set durante tres semanas previas.

La producción era pequeña comparada con los proyectos habituales  de Pedro, intencionalmente pequeña. Menos técnicos, menos personal,  menos gente que pudiera hablar después. El director no era el indio Fernández,  que finalmente se había echado atrás en el último momento con una excusa vaga que Pedro nunca le  creyó del todo.

 El hombre que tomó la cámara fue un director joven, talentoso,  prácticamente desconocido fuera de los círculos más especializados de la industria. Alguien que no tenía nada que perder todavía, alguien que todavía no sabía cuánto podía costarle  tener algo que ganar. Pedro llegó al set el primer día de rodaje a las 6 de la mañana antes que nadie.

 Los que estuvieron  ahí recuerdan que llegó con el guion bajo el brazo, subrayado, con anotaciones en los  márgenes escritas a mano. Había trabajado en él durante enteras.  Había transformado al personaje desde adentro. le había dado sus propios gestos, su  propia manera de caminar, su propia forma de callar cuando las palabras resultaban insuficientes.

No estaba interpretando a un personaje, estaba contando su propia  historia con otro nombre. La primera semana de rodaje transcurrió sin contratiempos visibles, pero en la segunda semana ocurrió algo que puso a todos en alerta.  Un automóvil desconocido comenzó a aparecer en los alrededores de la locación.

Siempre  el mismo. Un wi negro sin placas visibles estacionado a distancia suficiente para no llamar la atención, pero lo bastante cerca para tener una línea de visión directa hacia el set. El director lo notó  primero, luego lo notó el productor, luego Pedro. Nadie dijo nada en voz alta, pero todos cambiaron su comportamiento de manera sutiles.

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