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La película de pedro infante que Hollywood pagó millones por destruir-

 Cuando los estudios descubran esto, no solo te van a destruir a ti, van a aniquilar a todos, a cada actor mexicano en Hollywood. Entonces, que sepan que no los destruyeron por decir la verdad, sino por quedarnos callados como cobardes. Cobardes, Pedro, yo tengo esposa, dos hijos. Tú tienes millones de seguidores en México.

 ¿Crees que les va a gustar saber que su Pedro Infante es un agitador político? No soy agitador. Soy un hombre fatigado de ser tratado como ciudadano de segunda clase en un país que presume de libertad e igualdad. se volteó hacia Roberto. Sus ojos estaban rojos, no de llanto, sino de noche sin dormir. ¿Sabes qué me dijeron la semana pasada en la audición para Gigante? Que mi acento era demasiado mexicano.

 Demasiado mexicano para interpretar a un mexicano. Roberto, ¿entiendes la ironía enfermiza de eso? Roberto se sentó pesadamente. Lo entiendo. Créeme que lo entiendo. Pero hacer una película sobre eso, documentarlo todo, usar tu fama para exponerlos, eso no es valentía, es suicidio. Tal vez, pero si voy a morir profesionalmente, al menos moriré, habiendo expresado algo que importa. Bebieron en silencio.

Afuera, Los Ángeles brillaba con sus luces de neón. la ciudad de los sueños, la fábrica de ilusiones. Pero para Pedro esas luces se habían convertido en algo distinto, en faros que iluminaban la hipocresía. Marzo de 1955, un año antes, Pedro había llegado a Hollywood con sueños enormes. Era una superestrella en México.

 Películas como nosotros los pobres y ustedes, los ricos lo habían convertido en el actor más querido del país. Cantaba, actuaba, era carismático, tenía todo para triunfar en Estados Unidos, o eso creía. su primer día en los estudios de la RK o fue una bofetada de realidad. El productor ejecutivo, un hombre llamado Howard Huges, ni siquiera se incorporó cuando Pedro entró a su oficina.

 Tú eres el cantante mexicano, ¿verdad? Soy Pedro Infante, señor Huges, actor y cantante. Huges revisó unos papeles sin interés real. Sí, bueno, aquí eso no importa. Aquí eres lo que nosotros digamos que eres. Tenemos un papel para ti en una película del oeste. Interpretas a un bandido. Pedro sintió algo retorcerse en su estómago. Un bandido, señor Huges.

 En México interpreto héroes, personajes complejos, historias románticas. Aquí no estás en México, muchacho. Aquí interpretas lo que te damos o te regresas en el próximo vuelo. Bueno, en realidad llegué en avión. Huges finalmente lo miró. Sus ojos fríos y calculadores. Un graciosito perfecto. Usa ese humor para el papel.

 El bandido puede ser cómico antes de que lo eliminen en el segundo acto. Me matan. Todos los bandidos. mexicanos mueren, muchacho. Es lo que el público aguarda. El americano necesita ver que el bien vence al mal y adivina que tú eres el mal. Pedro salió de esa reunión sintiendo algo que jamás había experimentado en México. Humillación pura.

 No por el papel en sí, sino por el tono, la condescendencia, el tú eres lo que nosotros digamos que eres, como si fuera ganado, no un artista. Pero necesitaba el trabajo, necesitaba establecerse en Hollywood, así que aceptó, firmó el contrato, interpretó al bandido cómico que muere en el segundo acto.

 La película se llamó Frontera en problemas y fue un fracaso comercial, pero eso no importó. Lo que importó fue lo que Pedro observó durante la filmación. vio como los actores blancos tenían camerinos privados mientras los mexicanos compartían uno pequeño y sucio. Vio como los directores lanzaban órdenes a los extras mexicanos como si fueran perros.

 Vio como en los descansos los actores mexicanos comían separados, no porque quisieran, sino porque la atmósfera era tan hostil que preferían el aislamiento a la incomodidad. Y vio algo más. Miedo en los ojos de sus compañeros mexicanos, miedo a quejarse, miedo a ser reemplazados, miedo a perder el sueño americano, que realmente era una pesadilla disfrazada.

Una noche, después de un día particularmente brutal de filmación, Pedro se reunió con otros cinco actores mexicanos en un bar de mala muerte en el este de Los Ángeles. Estaban ahí Arturo de Córdoba, quien sí tenía algo de éxito en Hollywood, Roberto Cobo, Lupita Tobar y dos actores menos conocidos, José y Manuel.

Arturo, el mayor del grupo, fue directo al punto. Llevamos años tolerando esta situación. E años sonriendo mientras nos escupen. ¿Hasta cuándo vamos a continuar? Lupita, la única mujer del grupo, encendió un cigarro con manos temblorosas. ¿Y qué propones, Arturo? ¿Que renunciemos? ¿Que volvamos a México con la cola entre las patas? Al menos allá nos tratan con dignidad.

 Aquí somos decoración, estereotipos ambulantes. José intervino. Pero aquí está el dinero, Arturo. En México cobro 500 pesos por película. Aquí, aunque sea de extra, cobro 10 veces más. Entonces nos vendemos por dinero. Perfecto. Pero al menos seamos honestos sobre eso. Pedro había estado callado escuchando. Finalmente habló.

 Y si no tuviéramos que elegir, todos lo miraron. ¿Qué quieres decir?, preguntó Lupita. Y si pudiéramos ganar el dinero de Hollywood, pero también preservar nuestra dignidad. Y si pudiéramos revelar lo que nos hacen sin arruinar nuestras carreras. Arturo rió amargamente. ¿Y cómo propones ese milagro? Pedro se inclinó hacia delante documentándolo, grabando todo, cada humillación, cada insulto, cada momento de racismo y luego elaborar una película con eso.

 El silencio fue absoluto. Finalmente, Roberto habló. ¿Estás hablando de hacer una película secreta contra Hollywood mientras trabajas para Hollywood? Exacto. Manuel negó con la cabeza. Es imposible. Te descubren en un segundo. Los estudios controlan todo. Cada cámara, cada rollo de película está contabilizado. No si usamos equipo propio.

 Cámaras de 16 mm, las que emplean los documentalistas. pequeñas, discretas. Podemos filmar entre tomas, en descansos, en fiestas del estudio. Lupita lo miró intensamente. Pedro, si te descubren, no solo te corren de Hollywood, te destruyen. Se aseguran de que nunca vuelvas a trabajar en ningún lado. Lo sé.

 Entonces, ¿por qué arriesgarlo? Porque alguien tiene que hacerlo. Porque si nosotros que tenemos nombre, que tenemos algo de poder, no decimos nada, ¿quién lo hará? Los extras que ganan centavos. Los que no hablan inglés y tienen familias que alimentar. Se levantó, caminó hacia la ventana del bar. La ciudad resplandecía afuera, indiferente a su conversación.

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