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La Pelea Oculta de JOSE JOSE vs Ramiro Altamirano — Lo Que la Industria Quiso Enterrar

 Bastó que cruzara el umbral para que varias conversaciones se apagaran por un segundo. No era solo fama lo que provocaba aquel silencio. Era algo más difícil de explicar. José José no entraba a un lugar como un cantante famoso. Entraba como una herida conocida, como alguien que había cantado el dolor de todo sin pedir permiso.

Quien lo miraba recordaba una ruptura, una madrugada de alcohol, una despedida en una estación, una llamada que nunca llegó. Su voz se había instalado en la vida íntima de millones de personas y por eso verlo de cerca producía una mezcla extraña de admiración, gratitud y pudor. El anfitrión, un poderoso ejecutivo musical llamado Arturo Salvatierra, lo vio desde el otro lado del salón y abrió los brazos con entusiasmo.

 José, por fin llegó el príncipe de esta casa. José sonrió con modestia, como si el título aún le pesara. Arturo, no exageres. Vine a felicitarte nada más. No, Señor, esta noche se brinda por ti, por tu voz, por tu entrega y por todo lo que todavía nos vas a dar. Se abrazaron. Salvatiera le colocó una copa en la mano antes de que José pudiera rechazarla. Era whisky.

José la sostuvo sin beber de inmediato. Había aprendido a convivir con las copas como se convive con un enemigo sentado en la misma mesa, sin perderlo de vista. A su alrededor comenzaron los saludos. Una actriz de telenovelas lo besó en la mejilla y le dijo que su madre lloraba cada vez que escuchaba lo pasado pasado.

Un locutor veterano le tomó las manos y le recordó la primera vez que lo presentó en radio cuando todavía era un muchacho flaco con más hambre que seguridad. Un compositor se le acercó para proponerle una canción escrita exactamente para su garganta. José escuchaba a todos con paciencia, con una cortesía casi antigua, pero había cansancio detrás de su sonrisa.

 No un cansancio físico solamente, era algo más profundo. El peso de sostener una imagen mientras por dentro algo se resquebrajaba, el peso de ser llamado príncipe cuando uno se siente a veces un hombre derrotado intentando no caerse frente al público. Cerca de las 11 llegó Ramiro Altamirano.

 Su entrada cambió el clima de la fiesta. Ramiro no era tan querido como José, pero sí respetado. Había estudiado música en Europa, hablaba de técnica vocal, como otros hablan de política, y se había construido una reputación de artista culto exigente, casi inalcanzable. Interpretaba boleros con arreglos sinfónicos, cantaba en italiano, daba conciertos en teatros donde el público aplaudía con elegancia y donde nadie gritaba desde la butaca.

 Su voz era impecable, pulida, medida. Su presencia también. llegó acompañado de su representante, de una pianista extranjera y de dos periodistas culturales que parecían más interesados en ser vistos que en escuchar música. Vestía de gris claro, con pañuel en el bolsillo y una seguridad que rozaba la arrogancia.

 Cuando Ramiro entró, las conversaciones también se detuvieron, pero no por cariño, se detuvieron por cálculo. La gente quería observarlo. Me diumor, saber a quién saludaba primero y a quién ignoraba. Todos sabían que entre José José y Ramiro Altamirano había una tensión antigua. No era una rivalidad abierta.

 No había insultos en público ni declaraciones frontales. Era peor. Era una guerra de frases elegantes, de insinuaciones, de comentarios aparentemente inofensivos que en realidad eran cuchillos envueltos en seda. Ramiro había dicho alguna vez durante una entrevista que la balada popular se había convertido en un refugio para voces rotas que confundían dramatismo con arte.

No mencionó a José, no hacía falta. Todos entendieron. Meses después, José, presionado por un periodista, respondió que una canción perfecta, pero incapaz de conmover, era como una copa de cristal vacía, bonita, pero inútil. Tampoco mencionó a Ramiro, tampoco hizo falta. Desde entonces se evitaban. En programas de televisión saludaban con formalidad, en eventos se colocaban en extremos opuestos.

 Sus equipos estudiaban con desconfianza. Sus admiradores discutían en revistas, en cabinas de radio y en pasillos de disqueras. Para unos, Ramiro representaba la música seria. Para otros, José José era la verdad cantada. Esa noche, durante casi una hora, no se cruzaron. José permanecía en el jardín sentado junto a varios músicos que hablaban de giras, arreglos y grabaciones imposibles.

 Ramiro dominaba la sala principal hablando de Verdi, de técnica respiratoria y de la decadencia del gusto popular. Cada uno tenía su territorio, cada uno fingía que el otro no existía, pero Arturo Salvatierra había bebido demasiado. Y cuando un hombre poderoso bebe demasiado, suele confundirse y creer que puede arreglar con un brindis lo que el orgullo ha construido durante años.

 Cerca de la medianoche, Salvatiera tomó a José del brazo. Ven conmigo, hermano. Hay alguien con quien debes hablar. José lo miró de reojo. Arturo, nada de caras. Esta es una noche de celebración. Lo condujo hacia la sala principal, donde Ramiro sostenía una copa de vino y explicaba una pequeña audiencia porque la emoción sin disciplina era una forma de desorden.

 Al verlos acercarse, varios invitados hicieron silencio. Salvatiera habló con voz demasiado alta. Caballeros, esto tenía que ocurrir. José José y Ramiro Altamirano. Dos maneras de entender la música mexicana, dos gigantes en la misma casa. José extendió la mano primero. Ramiro, buenas noches. Ramiro miró la mano, luego el rostro de José y finalmente correspondió el saludo con una frialdad impecable.

 José, siempre es un acontecimiento verte rodeado de tanta devoción. La frase podía pasar por cumplido. No lo era. José la entendió, pero sonrió. La gente es generosa, más de lo que uno merece, a veces demasiado, respondió Ramiro. El aire se tensó. Salvatierra, que por fin empezaba a notar el peligro, intentó reír. Deberían cantar juntos alguna vez.

Imaginen eso. Una noche histórica, la voz del pueblo y la voz de la academia. Ramiro levantó la ceja. Dependería del repertorio. Hay canciones que exigen precisión, no solo sentimiento. José bajó la mirada un instante, luego volvió a levantarla. Y hay canciones que exigen haber vivido algo, no solo haberlo estudiado.

 Varias personas fingieron interesarse por sus copas. Ramiro sonríó sin alegría. Vivir no garantiza cantar bien. Tampoco estudiar garantiza conmover. Salvatierra intervino. Bueno, bueno, todos aquí sabemos que los dos son extraordinarios. Pero Ramiro ya no miraba al anfitrión, miraba a José con una mezcla de fastidio y desafío. Lo curioso, José, es que siempre se habla de tu emoción, de tu entrega, de tu dolor, como si el dolor por si solo bastara.

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