Posted in

La Noche Que Pedro Infante Desafió al Presidente y Casi Pierde Todo Por Ello

 No era una carta de un fan, era el tipo de sobre que la gente abría con las dos  manos y el estómago apretado. Pedro lo sostuvo un momento sin abrirlo. Algo en el peso de ese papel, en la frialdad del sello oficial, le dijo que lo que había dentro  iba a cambiar algo. No sabía qué, no sabía cómo, pero lo supo con esa certeza  que tienen los hombres que han vivido suficiente para reconocer los momentos bisagra antes de que sucedan.

Lo abrió despacio,  leyó una vez, leyó dos veces y luego lo dobló con cuidado, lo guardó en el bolsillo interior de su chamarra y se quedó mirando el espejo durante un tiempo que nadie supo medir. Afuera, el set lo esperaba. El director golpeaba el piso con impaciencia. Los técnicos ajustaban luces.

 Una actriz repasaba  su diálogo en voz baja. El mundo seguía girando con su ritmo de siempre, pero Pedro Infante, en ese camerino silencioso, ya no era  el mismo hombre que había entrado 3 minutos antes. La carta era breve. Los hombres con poder real nunca necesitan muchas palabras. Decía en esencia  que el señor presidente de la República solicitaba con toda la cordialidad que cabe en una orden envuelta en Seda la presencia de Pedro Infante en un evento especial.

 Una celebración patriótica,  la llamaban, una reunión de unidad nacional, decían. Se llevaría a cabo en el Palacio de Bellas Artes,  tres semanas después ante las cámaras de todo el país, ante la prensa oficial, ante los embajadores extranjeros y ante el pueblo  mexicano que sintonizaría desde sus radios y sus primeros televisores.

 Pedro sería  el acto central. Cantaría tres canciones, daría unas palabras, estrecharía la mano del presidente  frente a todos y con ese gesto simple, esa imagen de 2 segundos le prestaría al gobierno algo que ningún presupuesto  podía comprar. Su cara, su nombre, su pueblo, no era una invitación, era una  designación.

 Y en el México de 1952, nadie designado por la presidencia decía que no. Al menos nadie que quisiera seguir trabajando,  seguir filmando, seguir viviendo con la misma tranquilidad con que había vivido hasta entonces. Pedro lo sabía, lo sabía perfectamente. Lo que el sobre no decía,  lo que ningún sobreoficial diría jamás en voz alta, era el contexto real de ese evento.

 Las elecciones presidenciales se acercaban. El partido  en el poder, ese partido que llevaba décadas gobernando como si el país fuera propiedad privada, necesitaba mostrar  al mundo una imagen de legitimidad, de consenso, de un México feliz y unido detrás de su liderazgo.  Y no había imagen más poderosa de un México feliz que Pedro Infante sonriendo junto al presidente.

 Esa tarde, terminado el rodaje, Pedro manejó solo, cosa rara en él, que siempre tenía alguien alrededor.  Siempre había ruido, gente, movimiento. Esta tarde necesitaba silencio.  Tomó la carretera hacia el sur, sin destino fijo, con la radio apagada y el sobre quemándole el bolsillo como carbón  encendido. Pensó en su madre.

Pensó en Huamuchil, el pueblo polvoriento de Sinaloa, donde había nacido y donde aprendió que la dignidad era  lo único que nadie podía quitarte si tú no se la dabas. Pensó en los años de hambre cuando llegó a Ciudad  de México con nada más que una guitarra y una voz que todavía no sabía lo que valdría.

 pensó en  la primera vez que una multitud lo aclamó y sintió ese terror sagrado de darse cuenta de que ya no era solo suyo, que algo en él pertenecía a otros, a los que lloraban con sus canciones, a los que ponían su foto en los altares junto a la Virgen de Guadalupe.  ¿Qué le debía él a esa gente? ¿Y qué le debía al poder? se detuvo en la orilla de la carretera cuando el sol empezaba a caer.

 Sacó la carta, la releyó  una vez más y entonces, casi como una respuesta del destino que tiene el hábito grosero de llegar justo cuando uno menos  lo necesita, escuchó un golpe en la ventana de su coche. Era un hombre mayor. Sombrero de palma, manos callosas,  ropa de trabajo deslavada por demasiados lunes. Lo miraba sin atreverse a creer lo que estaban viendo sus ojos.

 Pedro bajó el vidrio. El hombre abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir y dijo con una voz  que temblaba de una emoción que no sabía cómo cargar. Que era usted, señor Pedro, que lo  reconocí desde la orilla y dije, “No puede ser, no puede ser, pero si puede ser.” Y aquí está usted solo en esta carretera como cualquier cristiano. Pedro sonrió.

 La sonrisa que le costaba nada. ¿Y usted qué hace por aquí, amigo? El hombre bajó los ojos. Venía de hablar con un licenciado, un asunto de trabajo,  un problema que llevaba tres meses sin resolverse y que no parecía tener solución porque los que podían resolverlo no tenían ningún interés en hacerlo.

 Pedro apagó  el motor, abrió la puerta, se recargó en el cofre del coche con los brazos cruzados, mirando el  horizonte que se incendiaba de naranja y dijo, “Cuénteme, amigo, tengo tiempo.” Y el hombre que no esperaba  eso, que nadie con ese apellido y esa cara le hubiera dicho eso jamás, se sentó en una piedra al lado de la carretera y comenzó a contar.

 El hombre se llamaba Rosendo. Rosendo  Vargas. Había trabajado 22 años en Pemex, en la refinería de Azcapotzalco, haciendo el mismo trabajo en el mismo turno, con la misma dedicación silenciosa de los hombres que  nunca esperan reconocimiento, pero tampoco esperan traición. 22 años sin faltar, sin quejarse, sin pedir más de lo que le correspondía hasta que algo cambió.

 6 meses atrás, las condiciones en la refinería habían  empeorado de golpe. Redujeron turnos, recortaron prestaciones, cambiaron  reglas sin avisar. Los supervisores llegaban con instrucciones nuevas cada semana, instrucciones que venían de arriba, de muy arriba,  de despachos donde nadie sabía lo que era pararse 8 horas frente a una válvula con 40 gr de calor.

 Los trabajadores murmuraban entre  ellos en voz baja, con esa rabia contenida de quién sabe que tiene razón, pero también sabe lo que cuesta demostrarlo.  Rosendo no era hombre de discursos, nunca había levantado la voz en una asamblea  ni escrito una carta de protesta, pero era el más antiguo, el que todos respetaban.

 Y cuando los compañeros más jóvenes empezaron a organizarse, a pedir reuniones con los jefes, a redactar una queja formal,  fue a él a quien buscaron. Porque cuando uno no sabe si lo que va a hacer es valiente o suicida,  busca al más viejo para que le diga que no está loco. Rosendo firmó. Fue el primero en firmar.

Read More