Posted in

La Noche que Jorge Negrete salvó a Pedro Infante de su Peor Humillación

 Su esposa caminaba a su lado con la paciencia aprendida de quien ha  entendido que compartir a ese hombre con el mundo no es una concesión, sino una condición de existencia. Lo que Pedro no sabía era que alguien lo estaba esperando esa noche, no para celebrarlo. Rodrigo Cervantes era corresponsal cultural del periódico  más influyente de España, enviado a México para cubrir el auge de una industria que Europa comenzaba a tomar en serio.

 Tenía  43 años, formación en letras en Salamanca y una reputación construida  durante dos décadas de crítica en tres continentes. Sus admiradores lo llamaban brillante. Sus víctimas lo llamaban despiadado. Él prefería el término  honesto porque en su experiencia la honestidad y la crueldad producían efectos similares y  era más cómodo llamárselo primero.

 Había pasado las semanas anteriores viendo  películas mexicanas de manera sistemática. Había tomado notas detalladas. había llegado a conclusiones que consideraba rigurosas e inobjetables y había decidido que un evento como ese banquete, con toda la industria  reunida en un solo salón era el momento perfecto para compartirlas.

Pedro encontró  su mesa cerca del escenario central. Saludó a Dolores del Río, intercambió  bromas con Tin Tan, aceptó una copa de alguien cuyo nombre olvidó inmediatamente. Todo era familiar y cálido. Este mundo con todos sus defectos era su mundo. Entonces lo vio Jorge Negrete estaba  sentado tres mesas más allá.

Los dos hombres se miraron por un segundo con esa mezcla característica  de admiración y rivalidad que definía su relación desde hacía años. Eran los dos galanes  más grandes del cine mexicano y el público disfrutaba imaginando entre ellos una guerra que en realidad era mucho más complicada y  mucho más humana que cualquier rivalidad simple.

 Pedro levantó su copa. Negrete respondió con un gesto que podía interpretarse como saludo o como advertencia.  Pedro sonrió. Nadie en ese salón sospechaba que antes de que terminara la noche, uno de esos dos hombres  quedaría destruido frente a toda la industria y el otro tendría que elegir entre su orgullo y su conciencia.

 El banquete transcurrió con la cadencia predecible de estos  eventos. Discursos breves, aplausos corteses, brindis que  nadie recordaría al día siguiente. Los meseros circulaban con eficiencia invisible. Las conversaciones en las mesas mezclaban negocios  con chismes con nostalgia en las proporciones habituales.

 Fue durante los postres que Rodrigo  Cervantes pidió el micrófono. El organizador del evento, un productor veterano llamado Ernesto Alcántara,  que conocía bien el valor de la prensa extranjera, se lo concedió sin pensarlo demasiado. Un corresponsal español,  queriendo decir unas palabras sobre el cine mexicano en el banquete anual de la industria, parecía exactamente el tipo de  momento que valdría la pena documentar.

Cervante se levantó con la seguridad tranquila de quién sabe que tiene la atención de todos antes de haber dicho una sola  palabra. Señoras y señores, comenzó su acento castellano, convirtiendo cada sílaba en pequeña demostración  de distancia cultural. He tenido el privilegio de pasar las últimas semanas  estudiando el cine mexicano con la atención que merece una industria de esta envergadura.

 He visto más de 40 producciones, he hablado con directores,  con guionistas, con técnicos y he llegado a conclusiones que considero  mi obligación compartir con ustedes precisamente porque los respeto lo suficiente para no decirles  solo lo que quieren escuchar. El salón prestó atención con la mezcla de curiosidad e incomodidad que produce el preámbulo de  alguien que está a punto de decir algo que no conviene.

 El cine mexicano tiene  fortalezas genuinas, continuó Cervantes. Dirección sólida. fotografía excepcional en algunos casos,  una identidad cultural que sus películas expresan con autenticidad. Sin embargo, tiene también una debilidad que  nadie dentro de la industria parece dispuesto a nombrar en voz alta y que yo, como observador externo considero mi responsabilidad señalar. Hizo una pausa calculada.

 han construido una mitología alrededor de ciertos nombres que no resiste un  análisis honesto. Han llamado grandes actores a personas que son en realidad grandes personalidades,  lo cual es una categoría completamente diferente. Y el ejemplo más claro, el más documentado, el más visible de esta confusión es el señor Pedro Infante.

 El silencio que llegó fue inmediato  y total. Pedro, que estaba llevando una copa a sus labios, se detuvo a mitad del movimiento. Sus ojos se encontraron a Cervantes con una expresión que todavía no era nada definido. Todavía estaba procesando que su nombre había sido pronunciado en ese tono,  en ese contexto. “He revisado su filmografía completa”, continuó Cervantes,  dirigiéndose ahora directamente a Pedro con la comodidad de quien tiene sus notas bien aprendidas.

36 producciones. En 36  producciones, el señor Infante interpreta esencialmente al mismo personaje. El ranchero simpático, el galán de pueblo, el hombre bueno que canta canciones románticas y conquista corazones sin esfuerzo aparente. No hay transformación dramática  real, no hay rango emocional demostrable, no hay técnica actoral en ningún sentido riguroso del término.

 Lo que hay es una personalidad magnética que la cámara ama y que el  público ha decidido llamar actuación porque no tiene herramientas para distinguir una cosa de la otra. Pedro  dejó la copa sobre la mesa sin terminar el movimiento que había comenzado. No es una crítica  a su popularidad, señor infante.

 Su popularidad es un hecho y es merecida en sus propios términos. Es una crítica  a la industria que ha decidido confundir esa popularidad con excelencia artística, que le ha dado premios y reconocimientos que corresponden  a una categoría en la que usted, con todo el respeto que merece su trabajo, sencillamente  no opera.

 Lo que siguió en los próximos 30 segundos fue uno de esos momentos  donde el tiempo parece comportarse de manera diferente a lo habitual. Dolores del  Río se levantó primero. Lo hizo con la elegancia controlada de quien ha aprendido  que la furia sin forma pierde la mitad de su poder. Esto es un banquete, no un tribunal, dijo su voz precisa como visturí.

 Le sugiero que guarde sus análisis para sus columnas. Cervantes la miró con algo que quería parecer respeto y era en realidad con descendencia  refinada. Señora del Río, su defensa del señor infante es completamente  comprensible, pero usted misma es el contraejemplo perfecto de lo que estoy describiendo. Usted  estudió su oficio con rigor.

Read More