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La NOCHE que ATACARON a Pedro Infante en la Radio NACIONAL

48 años, traje de lino, voz de locutor perfeccionada durante décadas y un ego construido ladrillo a ladrillo sobre las ruinas de los artistas que había destrozado en vivo. Casillas no entrevistaba. Kaba. Pedro Infante tenía 29 años y llevaba apenas cuatro en la cima, pero que 4 años. Tres películas, siete canciones en los primeros lugares, una fotografía suya en cada puesto de periódicos del país.

 El pueblo lo amaba con esa devoción ciega y absoluta que solo se le da a los que vienen de abajo y no lo olvidan. Pedro no lo olvidaba. Seguía llegando a los estudios en camioneta. Seguía abrazando a los tramollistas antes que a los directores. Seguía recordando cada nombre. Eso lo hacía peligroso para hombres como casillas, porque los humildes que no se humillan son los más difíciles de destruir.

 La invitación había llegado tres semanas antes. Un sobre con membrete oficial de la XCW, papel grueso, letra de imprenta. Estimado señor infante, nos complace invitarlo a participar en la hora estelar del próximo 14 de febrero, el programa de mayor audiencia de Radio Nacional. Una oportunidad para que el público lo conozca más allá de sus canciones y sus películas.

 Firmado, Armando Casillas, el manager de Pedro, don Refugio Martínez, leyó la carta dos veces, luego la dobló con cuidado y la puso sobre el escritorio. Pedro, no vayas. Pedro lo miró desde el sillón donde estaba afinando una guitarra. ¿Por qué no? Porque Casillas no invita a nadie para hacerle un favor. invita para hacerlo quedar mal en vivo frente a todo el país. Pedro Seguio Tokando.

 Don Refugio se paró frente a él. Escúchame, hace dos años invitó a Jorge Negrete. Le preguntó si era cierto que había abandonado a su primer hijo. Jorge perdió los estribos en vivo, empezó a gritar. Quedó como un loco. Los ratins de casillas se fueron a las nubes. Hace un año invitó a Cantinflas.

 le preguntó si se sentía cómodo haciéndose rico burlándose de los pobres. Cantinflas no supo que responder. Se le fue la lengua. Dijo cosas que no debía. Los periódicos lo despedazaron una semana entera. Pedro dejó de tocar. Eso no me va a pasar a mí. Don Refugio Suspiro. Eso dijeron todos. Pero hay algo que distinguía a Pedro de Negrete y de Cantinflas, algo que Don Refugio sabía pero no sabía cómo explicar.

 Pedro Infante no tenía punto ciego sobre sí mismo. No había en el zonas de vergüenza que alguien pudiera explotar. No le avergonzaba ser pobre. No le avergonzaba no haber terminado la escuela. No le avergonzaba venir de donde venía. Esa transparencia absoluta era su escudo más poderoso y también en manos equivocadas su mayor vulnerabilidad.

 Porque Casillas había encontrado algo, algo que no era vergüenza, sino herida. Y las heridas son más peligrosas que las vergüenzas. Pedro fue al programa. La noche del 14 llegó puntual. Sombrero vaquero, camisa bordada, esa sonrisa que desarmaba a cualquiera. Los técnicos lo saludaron con genuino afecto. Varios pidieron autógrafos.

 Pedro firmó cada uno con el mismo tiempo, el mismo cuidado. Casillas lo observaba desde el fondo del pasillo. Miraba a Pedro saludar a cada técnico, cada camarógrafo, cada asistente y en los ojos de casillas había algo que no era admiración, era hambre. La misma hambre que tiene un depredador cuando ve a su presa moverse sin sospechar nada.

La cabina de transmisión de la XCW olía a tabaco y ambición. micrófonos de metal cromado, paredes con paneles de madera para controlar el eco, una mesa larga con dos sillas enfrentadas como en un interrogatorio. Pedro se sentó en la silla del invitado. Casilla se sentó frente a él, cruzó las piernas, acomodó sus papeles con una lentitud estudiada.

Afuera, en la sala de espera, don Refugio tenía los puños cerrados sobre las rodillas. El asistente de producción levantó tres dedos. Tus uno. Señal de aire. Buenas noches, México. La voz de Casillas llenó la cabina como humo. Esta noche en la hora estelar tenemos a un invitado muy especial. El hombre del momento, el ídolo de las masas, el cantante que pasó de lijar madera en Sinaloa a lijar corazones en toda la República.

 Hizo una pausa breve, calculada, o eso dicen quienes lo admiran. Señores, Pedro Fonte. Aplausos grabados en el fondo. Pedro sonrió hacia el micrófono como si sonreírle al micrófono fuera lo más natural del mundo. Buenas noches a todos, a los que están despiertos y a los que fingen que ya se durmieron para seguir escuchando.

 Risas del equipo de producción Casillas Nuhiu anotó algo en su libreta. Pedro dijo, “¿Te puedo llamar Pedro?” “Claro que sí”, respondió Pedro. Yo a usted lo puedo llamar Armando si quiere o maestro, como prefiera. Que sí es Sonrio. La sonrisa de quien ya está tres jugadas adelante. Pedro, llevas 4 años siendo la sensación del cine y la radio mexicana.

 4 años en que el país no ha hablado de otra cosa. 4 años en que tu cara está en cada revista, en cada cartelera, en cada conversación. Debe ser abrumador para alguien que bueno que viene. ¿De dónde vienes? Pedro no cambió la expresión. ¿A qué se refiere exactamente con de dónde vengo? Maestro Casillas abrió sus papeles. Quamuchil sinaloa.

 Una familia numerosa, economía limitada, educación primaria incompleta, aprendiz carpintero desde los 12 años. Pedro lo miraba tranquilo. Eso es correcto. Todo eso es correcto. ¿Y le parece mal? No, para nada, dijo Casillas. Al contrario, es una historia muy conmovedora. El origen humilde, el talento en bruto, el ascenso milagroso. Es el cuento de hadas que le encanta al pueblo.

 Ahí estaba esa palabra pueblo dicha con esa entonación particular que no era respeto, sino con descendencia disfrazada. Pedro lo escuchó, lo procesó y en sus ojos algo se asentó, algo que no era rabia, sino claridad. La claridad de quien acaba de entender exactamente en qué terreno está parado y qué clase de hombre tiene enfrente.

 El pueblo, repitió Pedro lentamente. Sí, lo digo con cariño. Se apresuró Casillas. La gente sencilla, los trabajadores, los que no tuvieron las oportunidades que otros sí tuvimos. Tu historia los inspira. Les hace creer que cualquiera puede llegar lejos con talento y suerte. Pedro Assenio Despacio. Qué interesante, dijo.

 Cuénteme una cosa, maestro Casillas. Usted habla del pueblo como si fuera un lugar al que fue de visita hace mucho tiempo y ya no recuerda bien cómo era. Casillas levantó una ceja. No estoy seguro de entender la pregunta. Pedro se acomodó en la silla. Es que cuando usted dice pueblo, lo dice como quien dice otra cosa.

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