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La Maldición de “Los Tres Huastecos” — La Película que Condenó a Pedro Infante

 Y en medio de ese esplendor dorado que hacía brillar los letreros de los cines  en cada ciudad del país, aparece un proyecto que desde el primer momento prometía ser algo completamente  distinto a todo lo que se había visto antes. El director Ismael Rodríguez, uno de  los cineastas más ambiciosos y más visionarios de toda la época dorada, concibe una historia que pondrá a prueba los límites del  talento de su actor principal de una manera que nadie en la industria había intentado antes.

Pedro Infante, el  ídolo de Guamuchil, el hombre que había conquistado al pueblo mexicano entero con su voz inconfundible. Su sonrisa genuina y esa autenticidad  que ningún otro actor de la época lograba proyectar con tanta naturalidad, iba a interpretar no a un personaje, sino a tres personajes completamente  distintos dentro de la misma película.

 Víctor, Juan de Dios y Lorenzo Andrade, tres hermanos de carácter completamente  opuesto que compartían la misma sangre, pero no compartían el mismo alma. Para el público que llenó las alas desde el primer día del  estreno, aquello fue una revelación absoluta. Para la industria cinematográfica mexicana  fue una demostración contundente de que Pedro Infante no tenía techo conocido.

 Para los críticos fue la  confirmación de que el cine de oro mexicano estaba viviendo su momento más glorioso. Pero para quienes estaban  detrás de las cámaras, para quienes compartieron set y vivieron ese rodaje desde adentro,  fue el inicio silencioso de algo que ninguno de ellos hubiera querido presenciar jamás.

Una historia que comenzó  con aplausos ensordecedores y terminó con lágrimas que el paso del tiempo nunca logró secar del todo. Una historia que el cine  mexicano guardó en silencio durante décadas porque había cosas en ella que resultaban demasiado difíciles de explicar  y demasiado dolorosas de recordar.

Blanca Estela Pavón tenía 23 años cuando pisó el set de los tres oaztecos y desde el  primer día dejó claro que su presencia en esa película no iba a ser la de una actriz de relleno, ni la de un rostro bonito puesto. Ahí para completar el cuadro. Era joven, pero tenía una madurez escénica que desconcertaba a directores con el doble  de su experiencia.

Su rostro transmitía una pureza genuina que las cámaras amaban con una fidelidad casi obsesiva y el público  respondía a esa pureza con un cariño que iba más allá de la simple admiración por una actriz bonita. La gente la sentía cercana, la gente la sentía real, la gente sentía que Blanca  Estela Pavón era una de las suyas y eso en el cine mexicano de aquella época valía más que cualquier premio o cualquier crítica favorable en los periódicos de  la capital.

Había llegado a la industria con pasos firmes y una determinación  tranquila que impresionaba a todos los que trabajaban con ella. No era de las que hacían escándalos  ni de las que exigían privilegios. Era de las que llegaban al set sabiendo su texto, sabiendo su personaje y sabiendo exactamente lo que querían hacer con cada escena.

 Junto a Pedro  Infante formaba una de las parejas más queridas y más creíbles de toda la pantalla nacional. Cuando los dos aparecían juntos en escena, algo ocurría dentro de las salas de cine que era genuinamente difícil de explicar con palabras. El público los sentía reales, los sentía cercanos, los sentía suyos de una manera que muy pocas parejas cinematográficas han logrado provocar en  toda la historia del cine mexicano.

 Durante el rodaje de los tres oaztecos, la química entre ambos era tan natural y tan poderosa que Ismael Rodríguez  confesó después que en muchas ocasiones apenas tenía que dirigirlos. Se entendían con una mirada, se complementaban con una precisión que solo da el talento  verdadero combinado con una conexión humana que no se puede fabricar en ningún taller de actuación del mundo.

 Los técnicos  del set contaban que ver trabajar a Pedro y a Blanca Estela juntos era como asistir a algo que no se puede repetir ni ensayar porque nace solo en ese instante preciso y nunca vuelve a ocurrir exactamente de la misma manera. Era pura verdad cinematográfica en estado bruto. La película se  estrenó y el éxito fue inmediato y completamente arrollador.

 Las filas para entrar a los cines daban vuelta a la manzana desde antes  de que abrieran las taquillas. Los periódicos la celebraban como una obra maestra del cine  nacional. Pedro Infante consolidaba su lugar como el actor más amado de México y Blanca  Estela Pavón quedaba grabada en la memoria colectiva del país como la mujer que supo estar a su altura  en cada escena, en cada mirada y en cada momento de verdad que la película les pedía.

Todo indicaba que aquella película era  el trampolín definitivo hacia una carrera sin límites para la joven actriz. Pero el destino tenía otros planes completamente distintos, planes que nadie en ese set luminoso y lleno de vida podría haber imaginado ni en la peor de sus pesadillas. Un año después del estreno de los tres oaztecos, en septiembre  de 1949, Blanca Estela abordó un avión en Oaxaca con destino  a la Ciudad de México.

 Llevaba consigo la emoción tranquila de un artista en pleno ascenso que sabe que lo mejor de su carrera todavía  está por venir. Tenía proyectos firmados, tenía contratos esperándola, tenía  todo el futuro por delante. Quienes la vieron en el aeropuerto antes de subir al avión dijeron después algo que se grabaría a fuego en  la memoria de todos los que lo escucharon.

 La notaron diferente, nerviosa  de una manera que no era la suya, inquieta con una angustia que no sabían cómo explicar, como si algo dentro de ella supiera lo  que ninguno de los presentes podía saber todavía. El avión despegó, atravesó las nubes  sobre el popocatépete y nunca llegó a su destino.

 Se estrelló contra el pico del fraile y los  restos de todos los que viajaban a bordo quedaron completamente calcinados. Blanca Estela Pavón murió a  los 23 años, la misma edad con la que había conquistado al cine mexicano. La  primera víctima de una maldición que apenas comenzaba a cobrar su precio.

 El golpe que significó la muerte de Blanca Estela Pavón para la industria cinematográfica mexicana y para el público que la amaba fue de una brutalidad  que pocos sabían cómo procesar. No había palabras suficientes para describir lo que se sentía cuando la noticia llegó a cada rincón del país. Una actriz en la  plenitud absoluta de su talento, en el mejor momento de su carrera, en el punto exacto donde todo estaba por comenzar, arrebatada de la manera más cruel  e inesperada que puede imaginarse. Pedro Infante quedó

completamente destrozado por dentro. Los que estuvieron cerca de él en esos días de  duelo dijeron que el ídolo de Huamuchi no podía creerlo de ninguna manera. que preguntaba una y otra vez cómo era  posible que algo así hubiera ocurrido, que aquella muerte lo marcó de una manera profunda y permanente, que nunca desapareció del todo por mucho que el  tiempo pasara y por mucho que el trabajo intentara tapar ese hueco.

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