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La joven viuda y embarazada recibió solo tierra seca, pero bajo el polvo halló una venganza de or…

 Era una mujer de cincuent y tantos años, con la piel estirada sobre los pómulos como tambor de guerra y los ojos pequeños y calculadores de un buitre que mide la distancia entre él y la carroña. “¡Ay, palomita!”, dijo con voz melosa que destilaba veneno. “Qué lástima que mi hijastro haya sido tan descuidado con sus asuntos.

Pero así son los hombres jóvenes, ¿verdad? Mueren sin pensar en las consecuencias, sin pensar en las viuditas que dejan atrás. Paloma giró lentamente. El bebé dentro de su vientre le dio una patada fuerte, como protestando por la quietud de su madre. Don Rafael no fue descuidado, respondió con voz tranquila pero firme.

 Él siempre cumplió su palabra, doña Hortensia Río. Una risa seca, áspera, como el sonido de las piedras rodando cerro abajo. Su palabra. Mira lo que te dejó, muchacha. Tierra que ni las cabras quieren. Un cerro donde hasta los nopales se niegan a crecer. Esa tierra lleva desde que el mundo es mundo. Y ahora tú con esa panza, sola, sin familia, sin dinero, se acercó más hasta que Paloma pudo oler el agua de Asaar rancia en su cuello.

 ¿Qué vas a hacer? Comerte la tierra seca. Las comadres murmuraban. Algunas se santiguaban, otras negaban con la cabeza. Si quieres, continuó doña Hortensia alzando la voz para que todos escucharan bien. Yo, en mi infinita generosidad podría ofrecerte trabajo en mi hacienda, nada especial, claro. No puedes ser sirvienta con esa barriga, pero después del parto podrías lavar ropa o cuidar los cerdos.

 No es mucho, pero sería un techo sobre tu cabeza y comida, aunque sea las sobras. El silencio cayó sobre la plaza como una cobija mojada. Paloma sintió algo caliente subir desde su estómago. No era náusea, era algo más viejo, más profundo. Era la misma sangre que había corrido por las venas de su abuela, una mujer zapoteca que había caminado descalza desde Oaxaca hasta Zacatecas, cargando a tres hijos y un morral de semillas.

 Era la misma fuerza que le había permitido a su madre trabajar 16 horas diarias en el mercado después de que su padre los abandonara. No, doña Hortensia, dijo Paloma, enderezando la espalda todo lo que su vientre le permitía. Yo no necesito su caridad. Tengo lo que mi esposo me dejó y eso me basta. Doña Hortensia entrecerró los ojos. Orgullosa y tonta.

 Mala combinación, muchacha. Ya verás. Cuando ese bebé nazca y no tengas ni un trapo para envolverlo, cuando el hambre te apriete la garganta como un lazo, vas a venir arrastrándote a mi puerta y ese día el precio de mi generosidad será mucho más alto. Se dio la vuelta, haciendo que su vestido negro se arremolinara como las alas de un ángel caído, y subió a su carruaje.

El cochero chasqueó las riendas y los caballos se alejaron levantando nubes de polvo que hicieron toser a la gente. Paloma se quedó ahí parada sola en medio de la plaza, con el sol machacándole la cabeza y el bebé pateándole las costillas. Una de las comadres, doña Lupita, se acercó con pasos cautelosos. “Ay, mi hijita”, susurró.

 “¿Estás segura de lo que haces? Esa tierra del cerro del muerto dicen cosas. Dicen que ahí mataron a unos mineros hace 100 años, que sus almas todavía vagan buscando justicia. Nadie quiere sembrar ahí. Nadie quiere ni pasar cerca cuando oscurece. Paloma la miró directo a los ojos. Doña Lupita, mi Rafael murió hace tres meses en un derrumbe de mina.

 Lo sacaron en pedazos tan pequeños que tuvimos que enterrar una caja medio vacía. Si mi esposo no me da miedo en mis sueños, ¿cree que me van a asustar unas almas en pena que ni siquiera conozco? Doña Lupita se persignó y retrocedió. Paloma caminó hacia la carreta prestada que había usado para llegar al pueblo. Era de Don Chui, el único vecino que había tenido la decencia de ayudarla después de la muerte de Rafael.

 Subirse al pescante fue una odisea. El vientre le pesaba como un costal de maíz y las piernas le temblaban del cansazo y el calor. Mientras guiaba la mula por el camino polvoriento hacia el cerro del muerto, Paloma dejó que una sola lágrima rodara por su mejilla, una sola, porque más que eso, sería desperdiciar agua en un lugar donde hasta las nubes habían olvidado cómo llorar.

 Pero el destino, como las minas de Zacatecas, guarda tesoros donde solo hay oscuridad. Lo que ella encontró en esa chosa no era basura, era una sentencia. Antes de seguir con esta historia, quiero que hagas algo. Si esta injusticia te removió algo por dentro, si sentiste la rabia de paloma en tus propias manos, déjame un like.

 Y en los comentarios escribe, “Las viudas también heredan fuerza, porque necesito saber que hay gente ahí afuera que todavía cree que las historias de justicia importan. Ahora, déjame contarte quién era Rafael Mendoza, porque un hombre muerto merece más que un nombre en un testamento.” Rafael no era hijo biológico de doña Hortensia.

 Él era el fruto del primer matrimonio de don Alberto Mendoza, un ranchero próspero que había construido su fortuna comprando tierras baratas durante la revolución. La madre de Rafael, una mujer dulce llamada Estela, había muerto de tuberculosis cuando el niño tenía apenas 7 años. Don Alberto se había vuelto a casar rápido, demasiado rápido.

 Los viejos del pueblo decían que no había pasado ni el año del luto cuando doña Hortensia apareció de la nada, envuelta en perfume caro y promesas más caras todavía. Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que de Aguas Calientes, otros juraban haberla visto trabajando en un burdel de lujo en Guadalajara. Lo que todos concordaban era que la mujer tenía una habilidad especial para conseguir lo que quería.

 En 6 meses, doña Hortensia ya mandaba en la hacienda como si hubiera nacido ahí. Los sirvientes que habían conocido a doña Estela fueron despedidos. Los muebles que ella había escogido fueron vendidos o quemados. Hasta las fotografías de la difunta desaparecieron de las paredes. Rafael creció sabiendo que era un extraño en su propia casa.

Su padre, cada vez más enfermo y controlado por su nueva esposa, apenas le dirigía la palabra. Doña Hortensia se aseguró de eso. Veneno gota a gota. Rafael no te respeta. Rafael está malgastando tu dinero. Rafael va a arruinar todo lo que construiste. A los 20 años, Rafael se fue de la hacienda. Se empleó en las minas de plata, trabajando 16 horas diarias en túneles tan estrechos.

 que tenías que arrastrarte como gusano. Ganaba poco, pero era su dinero, limpio, honesto, sin el olor a traición que impregnaba cada peso que pasaba por las manos de su madrastra. Fue en el mercado de San Jerónimo, donde conoció a Paloma. Ella vendía pan dulce que horneaba en el comal de su casa, pan de pulque, conchas, orejas, cochitos.

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