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La gloria y el calvario de Raphy Leavitt y La Selecta: Entre la inmortalidad musical, tragedias viales y la veda judicial que silenció a Sammy Marrero

La Quiniela Perfecta: El nacimiento de una propuesta revolucionaria

A principios de la década de 1970, el mundo de la música tropical experimentaba una metamorfosis total. En los vecindarios de Nueva York y el Caribe, un ritmo emergente comenzaba a ser bautizado comercialmente como “salsa”. Sin embargo, en los sectores más conservadores de la sociedad, esta corriente era duramente criticada y tildada de música de escándalo, asociada al ruido y a la marginalidad. Fue en ese preciso instante de tensión cultural cuando surgió la mente brillante de Rafael Ángel Leavitt Rey, conocido por el mundo entero como Raphy Leavitt.

Nacido el 17 de septiembre de 1948 en San Juan, Puerto Rico, Leavitt no era un músico común. Su infancia estuvo marcada por la adversidad más profunda: quedó huérfano de madre a los tres años y perdió a su padre a los trece, siendo criado por una tía en el combativo barrio de Puerta de Tierra. A pesar de la ausencia de sus progenitores, la música corría por sus venas, guiado por la herencia de un padre violinista y tías pianistas. Estudió a fondo el acordeón y el piano, pero combinó esa rigurosa disciplina con la formación académica, graduándose en Administración de Empresas y Contabilidad en la Universidad de Puerto Rico.

Con un título universitario bajo el brazo y una visión clara, Leavitt decidió romper los prejuicios de la época. Quería crear una orquesta de salsa que no se limitara a hacer bailar, sino que llevara un mensaje social explícito, una crónica de la dignidad de las calles, con contenido romántico, filosófico y un profundo lamento patriótico. Para lograr un sonido exclusivo, original y con arreglos propios, seleccionó minuciosamente a sus músicos, naciendo así el nombre de “La Selecta”.

Sin embargo, el proyecto carecía de una pieza fundamental: una voz que pudiera transmitir la inmensa carga emocional de sus letras. En septiembre de 1970, el trombonista Richard López le habló al director sobre un joven flaco de Bayamón que cantaba con un sentimiento único. Ese joven era Samuel Marrero González, artísticamente conocido como Sammy Marrero. Criado en la música típica puertorriqueña y con experiencia en tríos locales, Marrero se encontraba postrado en cama recuperándose de una pulmonía severa cuando Leavitt fue a visitarlo. Tras una conversación intensa sobre el propósito sociopolítico de la banda, el binomio quedó sellado.

El primer ensayo conjunto en Puerta de Tierra con el tema “El Solitario” fue tan impactante que la policía tuvo que intervenir debido a la multitud de vecinos que se aglomeró en la vía pública para escucharlos. Nació así “La Quiniela Perfecta”, una de las duplas más respetadas y sagradas de la música latina, donde Leavitt ponía la pluma y Marrero inyectaba el lamento puro del pueblo. Con álbumes iniciales como Payaso (1971) y Mi barrio (1972), la agrupación se posicionó rápidamente en el pináculo del éxito.

Sangre en la carretera: El accidente que cambió su destino para siempre

Cuando la agrupación gozaba de un éxito arrollador en las listas radiales gracias al impacto del tema “Jíbaro Soy”, el destino les preparó la primera y más terrible de sus pruebas. El 28 de octubre de 1972, los miembros de La Selecta viajaban en un automóvil desde la ciudad de Nueva York hacia el estado de Connecticut para cumplir con una presentación de fin de semana que tenía todas las entradas vendidas.

En medio del trayecto, el vehículo sufrió un aparatoso accidente de tránsito de proporciones destructivas. El impacto destrozó el automóvil y causó la muerte instantánea en el lugar del trompetista Luis Maisonet y del conductor del carro, Jesús Ruiz. La escena era desoladora. En medio del horror y los fierros retorcidos, Sammy Marrero, a pesar de estar herido y cubierto de la sangre de sus hermanos musicales, sacó fuerzas sobrehumanas para arrastrar y extraer activamente a sus compañeros del interior del auto antes de que el peligro aumentara o llegaran las autoridades.

La desesperación de aquella noche no terminó allí. Como el público en el salón de Connecticut no creía la noticia del accidente y pensaba que la orquesta los estaba plantando, el propio Sammy Marrero tuvo que trasladarse hasta el local con la ropa rota, ensangrentada y el rostro desencajado. Se paró frente a la multitud para explicar de primera mano la tragedia que acababan de sufrir, dejando al público en un silencio sepulcral.

Mientras tanto, las consecuencias físicas para el resto de la banda fueron devastadoras. El trombonista Richard López fue intervenido de urgencia por una fractura de fémur, mientras que otros integrantes sufrieron fracturas graves en rodillas y manos. El caso más crítico fue el del propio director, Raphy Leavitt, quien sufrió una contusión cerebral masiva que lo mantuvo semiinconsciente durante cuatro meses, sumado a una fractura de cadera que lo obligó a permanecer hospitalizado medio año.

Visiones del más allá y el nacimiento de un himno eterno

Durante los largos meses en que Raphy Leavitt se debatía entre la vida y la muerte en la cama de cuidados intensivos, su mente sumergida en el coma experimentó una serie de visiones y sueños sumamente extraños y recurrentes. En esos episodios inconscientes, se le aparecía su amigo y fallecido trompetista, Luis Maisonet.

En los delirios del director, Maisonet se presentaba vestido con una etiqueta elegante que rompía con la uniformidad de la orquesta, acompañado por la imagen fija de una cuna blanca que flotaba en dirección al cielo. Leavitt, sin saber que su compañero ya había sido enterrado semanas atrás, discutía con él en el sueño, reclamándole el porqué no llevaba puesto el uniforme correcto de la banda.

Cuando Leavitt finalmente recobró el juicio por completo y los médicos le notificaron la trágica realidad de la muerte de Maisonet, el director unió los cabos sueltos de sus visiones místicas. Conmovido hasta la médula, transformó todo ese dolor de hospital en una de las obras de arte más importantes de la música hispana: “La cuna blanca”. Grabado en el álbum Jíbaro Soy de 1973, Sammy Marrero le imprimió una interpretación tan desgarradora, real y visceral que la pista trascendió las pistas de baile. “La cuna blanca” se convirtió, desde ese momento, en el himno funerario por excelencia en todo el Caribe y los vecindarios de América Latina para despedir a los seres queridos en su descanso eterno.

La Selecta regresó con más fuerza, cosechando galardones como el premio de Compositor del Año y el busto de oro Rafael Hernández para Leavitt. Durante las décadas de los 70 y 80, la orquesta continuó expandiendo sus fronteras con éxitos inmortales como “Café colado”, “A la sombra del flamboyán”, “Villa de condenados” y “Siempre Alegre”, esta última convertida en un himno obligatorio en plazas salseras internacionales como Colombia.

La muerte del maestro y la fractura de una hermandad

La maquinaria perfecta de La Selecta funcionó de manera ininterrumpida por más de cuatro décadas, manteniendo la lealtad absoluta entre su director y su cantante estrella. Sin embargo, el telón de esta unión comenzó a caer de forma trágica el 5 de agosto de 2015 en la ciudad de Miami, cuando Raphy Leavitt falleció a los 66 años debido a complicaciones severas surgidas tras someterse a una cirugía de cadera, la misma zona afectada en el accidente de 1972.

El deceso del maestro no solo dejó un vacío musical irreparable, sino que desató un polvorín legal y familiar que nadie anticipó. Poco después del entierro, la viuda del director, María Barreto, junto con sus hijos, tomó la drástica determinación de disolver e inactivar por completo a la orquesta La Selecta, bajo el argumento legal de que esta acción respondía a la última voluntad expresada en vida por el propio compositor.

Esta determinación dejó de la noche a la mañana a Sammy Marrero y a los músicos de la banda desprotegidos, sin su plataforma de trabajo de toda la vida y sin sustento económico. Negándose a colgar el micrófono y con la necesidad de seguir ganándose el pan, el veterano cantante decidió fundar su propia agrupación independiente bajo el nombre de “Sammy Marrero y su Orquesta”, reclutando a varios de los músicos desempleados para continuar interpretando las canciones que él mismo había ayudado a inmortalizar en el corazón del público.

La veda judicial: Silencio forzado en su propia tierra

La reacción de los herederos de Raphy Leavitt fue inmediata y fulminante. La sucesión del director radicó una demanda en el Tribunal Federal en contra de Sammy Marrero y sus músicos por concepto de violación de derechos de autor. Los abogados de la familia reclamaban que la nueva agrupación carecía de cualquier autorización escrita o permiso legal para lucrarse y explotar comercialmente las letras y composiciones de Leavitt.

Este amargo y desgastante pleito en las cortes federales se extendió por varios años, carcomiendo no solo las finanzas de Marrero, sino también su estado de salud físico y emocional. Finalmente, en el año 2020, un magistrado federal emitió un dictamen contundente que cayó como un balde de agua fría en todo el ambiente artístico internacional. El tribunal impuso una veda estricta y una prohibición total que le impedía legalmente a Sammy Marrero interpretar cualquier canción de la autoría de Raphy Leavitt dentro de los territorios de Puerto Rico y los Estados Unidos.

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