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La escena que Cantinflas suplicó BORRAR porque podía arruinar su IMAGEN PÚBLICA

 Nadie lo sabía entonces, ni su equipo más cercano, ni los directivos de Posa Films, la productora que había construido su carrera junto a Jack Hellmann y Santiago Reachi. Ni siquiera él mismo lo sospechaba cuando llegó aquella mañana de marzo a los estudios Churubusco ubicados en la calzada de Tlalpan, con su habitual puntualidad y con ese gesto de hombre que lleva el peso del mundo en los hombros, pero sonríe de todas formas.

 Lo que ocurrió esa mañana dentro del foro 4 de los estudios Churubusco jamás debía haber salido de ahí, pero salió. El proyecto en cuestión era una comedia que había comenzado a rodarse semanas antes bajo la dirección de Miguel M. Delgado, el hombre que mejor conocía a Cantinflas detrás de las cámaras, el director que había aprendido a leerle los silencios,  a entender cuando una improvisación era genio puro y cuándo era el personaje, hablando con una verdad que ningún guionista habría podido escribir. Miguel M. Delgado no

era solamente el director de Cantinflas,  era en muchos sentidos su cómplice cinematográfico, el hombre que sabía que las mejores escenas del pelado no estaban en el guion, sino en ese espacio nebuloso entre el texto escrito y el instinto del actor. La película giraba alrededor de un tema que Cantinflas conocía profundamente desde sus años en las carpas, la lucha del hombre sencillo contra las estructuras del poder.

 un hombre del pueblo que se enfrentaba con su particular lógica descabellada a las absurdidades de la burocracia, a los abusos de los ricos, a la condescendencia de los que se creían superiores por tener dinero, oposición, era territorio familiar. Era en muchos sentidos, la misma historia que Cantinflas había contado docenas de veces, pero que el público nunca se cansaba de ver, porque en ella reconocía algo propio, algo verdadero, algo que les pertenecía.

 El guion había pasado por varias manos antes de llegar al foro. Los escritores habían construido una escena en particular que sobre el papel parecía perfecta. Era una secuencia en la que el personaje de Cantinflas,  el pelado de siempre, se encontraba sentado frente a un hombre de negocios poderoso, uno de esos villanos de comedia que el cine mexicano de la época construía con tanto gusto, arrogante, bien vestido, con ese acento afectado de quien ha aprendido a hablar como los ricos, aunque haya nacido pobre. La escena exigía que

Cantinflas, en un momento de aparente derrota, pronunciara una frase que en su contexto dramático era profundamente irónica.  Una de esas frases que hacían reír precisamente porque el espectador entendía que el pelado estaba diciendo lo opuesto de lo que parecía decir, que detrás de las palabras había una denuncia, una resistencia, una dignidad que no se rendía aunque sonara a rendición.

 La escena en el contexto de la película era brillante. Todos en el equipo  lo sabían. Miguel M. Delgado la había trabajado con cuidado. Había pensado en los ángulos, en los encuadres, en cómo construir visualmente ese momento para que el público entendiera la ironía sin necesidad de que nadie se los explicara. Porque eso era el cine, porque eso era Cantinflas, la comunicación sin explicación, la risa que enseña sin dar sermones.

 Pero entonces ocurrió algo que nadie había anticipado. Durante el rodaje de esa escena, Cantinflas improvisó. No era la primera vez, no sería la última. La improvisación era parte de su método. Era la forma en que el personaje respiraba, la manera en que Mario Moreno dejaba de ser Mario Moreno y se  convertía en algo más grande y más pequeño al mismo tiempo.

 El pelado, el hombre sin nombre, que tenía el nombre de todos. Pero esta improvisación fue diferente. Esta improvisación tocó algo que nadie esperaba. En lugar de la frase que marcaba el guion, Cantinflas añadió un giro, un pequeño desvío que en el calor del momento, bajo las luces del foro, con el equipo técnico siguiendo cada movimiento detrás de las cámaras, pareció natural, espontáneo, incluso más auténtico  que el texto original.

 Era una de esas improvisaciones que hacen que los camarógrafos se miren entre sí con esa expresión que mezcla sorpresa y admiración, una de esas que hacen que el claquetista sonría aunque nadie le pregunte su opinión. La improvisación consistió en un momento donde el personaje de Cantinflas,  en lugar de resistir pasivamente al hombre poderoso con sus palabras enredadas y su lógica circular, hacía algo inesperado, cedía no completamente, no de manera definitiva.

  Era una cesión táctica. El tipo de movimiento que un hombre muy inteligente hace cuando sabe que resistir de frente no sirve de nada, cuando comprende que a veces hay que dar un paso atrás para dar dos hacia delante. Pero la forma en que quedó filmada, el ángulo,  el momento exacto en que Cantinflas bajó la mirada y pronunció aquellas palabras con esa entonación particular, creaba algo que en el guion nunca había existido,  una ambigüedad.

 Y esa ambigüedad era el problema. Porque vista esa escena sola, extraída del contexto de la película, separada de todo lo que venía antes y de todo lo que venía después, podía parecer que Cantinflas no estaba cediendo tácticamente. podía parecer que estaba genuinamente sometiéndose,  que el pelado que siempre había defendido al pueblo, que había sido la voz de los sin voz, que había construido su imagen sobre la resistencia del humilde ante el poderoso, en ese momento estaba doblegándose, aceptando la superioridad

del rico, reconociendo que el poder tenía razón. Era una interpretación completamente equivocada. Todos en el foro lo sabían. Delgado lo sabía, el equipo técnico lo sabía, los actores de reparto que habían estado presentes lo sabían. Pero la realidad del cine es que las escenas no se ven solas y la realidad de las imágenes es que tienen una vida propia que a veces escapa del control de quienes las crean.

  Lo que nadie imaginaba esa mañana es que unas horas después, cuando el material del día se revisara en la sala de proyección de los estudios Churubusco, alguien haría una observación que cambiaría todo. La revisión del material rodado era un ritual cotidiano en los estudios. Los técnicos, el director, a veces el productor, se sentaban en esa sala pequeña y oscura que olía aceite de máquina y a tabaco, y miraban lo que las cámaras habían capturado durante la jornada.

 Era un momento de evaluación fría, profesional, donde los juicios artísticos se mezclaban con los cálculos comerciales y donde la magia del rodaje se convertía en materia prima que había que refinar. Esa tarde, cuando la proyección llegó a la escena en cuestión, el silencio que se instaló en la sala no era el silencio de la admiración, era otro tipo de silencio.

Era el silencio de las personas que están pensando al mismo tiempo, que están procesando algo que no esperaban ver. fue Guillermo Calderón, uno de los asistentes de producción que en aquellos años trabajaba estrechamente con Posa Films, quien dijo en voz alta lo que varios estaban pensando en silencio. No lo dijo con malicia, lo dijo con esa franqueza incómoda de las personas que prefieren señalar el problema antes de que se convierta en catástrofe.

 Esta escena sola parece que el Cantinfla se está rindiendo. Nadie respondió inmediatamente. Delgado volvió a ver la escena y luego otra vez y en la tercera proyección, con los ojos de alguien que ya no estaba viendo la escena como director, sino como espectador, como uno de esos hombres de 40 años que llevaban décadas siguiendo a Cantinflas desde las carpas hasta los grandes teatros y las pantallas de todo el país, entendió lo que Calderón quería decir.

 La escena era ambigua. Y en el México de 1952, en un país donde las tensiones sociales corrían bajo la superficie de la modernización alemanista como ríos subterráneos que podían salir a la superficie en cualquier momento, esa ambigüedad no era un detalle menor, era un riesgo.  Nadie quería ser el que le dijera a Cantinflas que había que hablar sobre la escena.

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