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La enviaron a aprobar una presa…pero el dueño de la granja le dio una razón para quedarse

 El viento casi le arrancó los papeles de las manos. corrió hacia el cobertizo más cercano, empujó una puerta mal cerrada y entró sin pensarlo. Adentro olía a paja mojada, madera vieja y gallinas. Abril apenas tuvo tiempo de dejar la carpeta sobre una caja cuando algo blanco y furioso saltó desde un rincón.

 Una gallina cayó encima de los documentos, abrió las alas y lanzó un cacareo escandaloso. No, no, bájate de ahí. Abril intentó apartarla, pero la gallina pateó la carpeta. Las hojas se esparcieron por el suelo húmedo. Ella se agachó rápido tratando de salvar los mapas antes de que se mancharan. Entonces, una voz masculina sonó desde la entrada.

 ¿Se perdió? ¿O su empresa ahora también inspecciona gallineros? Abril se quedó inmóvil. Levantó la vista. Un hombre estaba de pie bajo la puerta con una lámpara en la mano. Tenía el cabello oscuro empapado, la camisa pegada al cuerpo y una expresión dura. Sus ojos bajaron hasta el logo de la empresa en el impermeable de abril. La mirada se le enfrió.

 Abril se puso de pie, sosteniendo unos papeles arrugados contra el pecho. Mi auto cayó en una zanja. No tengo señal. Solo entré para cubrirme de la lluvia. Claro respondió él y justo vino a cubrirse en mi propiedad. Yo no sabía que era su propiedad. Eso suele pasar con la gente de la empresa. Primero no sabe nada. Después ya tiene mapas de todo.

 Abril respiró profundo para no perder la calma. Soy Abril, ingeniera ambiental. Estoy aquí por el estudio de la presa. Ya lo vi. Entonces también debería entender que no vine a robarle nada. El hombre soltó una risa seca. Todavía no. Abril sintió el golpe de la frase. Estaba cansada, mojada y no tenía energía para pelear con un desconocido.

Solo necesito llamar a una grúa o regresar al pueblo. El camino al pueblo está cortado. Hubo un derrumbe hace media hora. Abril miró hacia afuera. La lluvia no aflojaba. ¿Y cuánto tardarán en abrirlo? Con este clima. Hasta mañana tal vez más. Ella cerró los ojos un segundo. El hombre entró. Tomó con cuidado una de las hojas caídas y la miró.

 Era un mapa del sistema de canales. Su mandíbula se tensó. Así que usted es una de ellos. No soy una de ellos. Hago mediciones. Reviso datos. Es mi trabajo. Su trabajo puede dejar a media aldea sin agua. Abril iba a responder, pero una voz de mujer llegó desde la casa. Sergio, ¿vas a dejar a esa muchacha en el gallinero toda la noche? El hombre giró apenas la cabeza.

Mamá, no es una muchacha perdida, es de la empresa y la empresa le quitó el derecho a no morirse de frío. Abril vio aparecer a una mujer mayor bajo un paraguas con un chal sobre los hombros y una mirada mucho más amable que la de su hijo. La mujer la observó de pies a cabeza. Está empapada. Ven, hija.

 En la casa hay fuego. Sergio no parecía de acuerdo. Mamá. La mujer lo interrumpió. Esta casa tiene techo, cocina y una cama libre. No actúes como si ella hubiera venido a pedir matrimonio. Abril bajó la mirada para ocultar una sonrisa pequeña. Sergio la notó y frunció el seño. Puede quedarse esta noche, dijo al fin.

 Pero mañana cuando abran el camino se va. Abril recogió sus documentos manchados de lodo. Gracias. No pienso quedarme más de lo necesario. Eso espero. La mujer mayor abrió más el paraguas. Yo soy Celia y él es Sergio. Mi hijo tiene mejor corazón que Modales, aunque a veces cuesta creerlo. Sergio no respondió.

 Abril salió del cobertizo con los papeles apretados contra el pecho. Al pasar junto a él, sintió otra vez aquella mirada desconfiada sobre su impermeable, sobre el logo, sobre todo lo que ella representaba. La casa estaba cerca, pero el trayecto bajo la lluvia pareció largo. Cuando entró, el calor del interior le tocó el rostro como una mano suave.

 Había una cocina sencilla, una mesa de madera, olor a sopa caliente y una chimenea encendida. Por primera vez en todo el día, Abril sintió que podía respirar, pero al mirar hacia atrás vio a Sergio en la puerta. todavía mojado, todavía serio. Entendió algo de inmediato. La lluvia la había llevado hasta esa casa, pero nadie, excepto Celia, la estaba esperando.

 Abril despertó antes de que amaneciera del todo, no por costumbre, sino por el canto insistente de un gallo que parecía tener una misión personal contra su descanso. Abrió los ojos y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. La habitación era pequeña, con paredes blancas, una colcha limpia y una ventana desde la que se veía el campo gris bajo la lluvia.

 Sus documentos estaban sobre una silla extendidos para secarse. Algunos mapas tenían manchas de barro, otros estaban arrugados. No era ideal, pero aún podían leerse. Se levantó, se cambió con la ropa seca que Celia le había prestado y bajó a la cocina. Celia removía algo en una olla. Buenos días, abril. ¿Dormiste algo? Sí, gracias por todo. Gracias nada.

 Nadie elige caer en una zanja con este clima. En la mesa había una niña de unos 8 años con el cabello despeinado y una mirada desconfiada. Tenía un pedazo de pan en la mano, pero no lo comía. Solo observaba a Abril como si fuera una amenaza. Celia sonrió. Ella es Lola, mi nieta. Lola no sonró. Tú eres la de la empresa. Abril se sentó despacio.

 Soy ingeniera, pero trabajas para la empresa. Sí. Entonces viniste a quitarnos el campo. Abril abrió la boca, pero no supo responder de inmediato. No esperaba una acusación tan directa antes del desayuno. No vine a quitarle nada a nadie. Estoy haciendo un estudio. Sergio entró en ese momento con las botas llenas de barro y una chaqueta oscura.

escuchó la última frase. A veces un estudio hace más daño que una excavadora. Abril giró hacia él. Un estudio no decide solo. Sirve para evaluar. Evaluar desde lejos es fácil. Yo estoy aquí, ¿no? Porque su auto cayó en una zanja. Celia puso un plato frente a Abril y otro frente a Sergio. Coman antes de convertir la cocina en una reunión municipal.

 Lola siguió mirando a Abril. Mi tío dice que si cambian el agua del canal, el trigo puede secarse. Por eso estoy aquí”, respondió Abril con paciencia. Para revisar que todo sea seguro. Sergio soltó una risa baja. ¿Seguro para quién? Abril dejó la cuchara sobre la mesa. “Mire, entiendo que no confíe en mí, pero no soy su enemiga.

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