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La entrevista prohibida de María Félix que Televisa hizo desaparecer

 La televisión mexicana era territorio de Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, un hombre que no dirigía una empresa de comunicaciones, sino un imperio. Televisa no era solo un canal, era el aparato de construcción de realidad más poderoso del país. Lo que Televisa decía era verdad, lo que Televisa silenciaba no existía.

 Y Azcárraga lo sabía, lo usaba y lo disfrutaba con la naturalidad de quien ha nacido, creyendo que el mundo le pertenece. En ese contexto, en ese México, en ese año preciso, María Félix aceptó hacer algo que llevaba una década negándose a hacer. Aceptó sentarse frente a una cámara de Televisa y hablar. No te pierdas ninguna de estas historias.

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 María Félix no daba entrevistas, daba audiencias. Había una diferencia enorme entre las dos cosas y ella la conocía mejor que nadie. Una entrevista era un periodista haciendo preguntas. Una audiencia era María Félix decidiendo qué decir, cuándo decirlo y de qué manera hacerlo para que cada palabra cayera exactamente donde ella quería que cayera.

 Pero lo que estaba a punto de ocurrir en el piso 12 del edificio de Televisa en Chapultepec no se parecería a ninguna de las dos cosas. Se parecería más que nada a una detonación. El hombre que la entrevistaría se llamaba Rodrigo Palacios. Tenía 38 años. Era considerado el periodista más brillante de la televisión mexicana de aquella época.

 El único que hacía preguntas reales en un medio construido sobre preguntas cómodas. Había entrevistado a presidentes, a cardenales, a narcotraficantes arrepentidos. Era el tipo de hombre que llegaba a las entrevistas con investigación real, con documentos, con fechas, con nombres. Era también el tipo de hombre que Azcárraga toleraba porque sus entrevistas generaban rating y porque hasta entonces nadie le había dicho verdades que pudieran costarle algo. Nadie.

 Hasta esa tarde de marzo. La propuesta de la entrevista había llegado 3 meses antes. En diciembre de 1975. El productor ejecutivo del programa Cara a Cara, el espacio más ambicioso de entrevistas en la televisión mexicana de la época, le envió a María una carta formal. Dos páginas, membrete de Televisa, lenguaje cortés pero firme.

 El programa quería hacer un especial de dos horas dedicado a su vida, su carrera, su legado. Le ofrecían control editorial parcial, la posibilidad de revisar las preguntas con anticipación, un equipo de maquillaje y vestuario a su disposición y un pago que, según quienes estuvieron cerca de las negociaciones, era el equivalente a lo que un trabajador mexicano promedio ganaba en 3 años.

María no respondió la carta, la dejó en su escritorio durante tres semanas. Lupita, su asistente de toda la vida, la encontró varias veces tomándola, leyéndola y volviéndola a dejar sin decir nada. “Va a aceptar, doña María”, le preguntó Lupita finalmente un martes por la tarde, mientras María miraba por la ventana de su departamento en Polanco, María no se dio vuelta.

 El invierno había llegado temprano ese año y la ciudad estaba cubierta por una capa de neblina gris que borraba los contornos de los edificios. “Tengo una deuda pendiente con México”, respondió María en voz baja. “No con Televisa, con México. Hay cosas que deben decirse antes de que sea demasiado tarde.” Lupita no preguntó qué cosas.

Conocí a María desde hacía 30 años y sabía que cuando hablaba con esa voz baja, pausada, con ese tono de alguien que ha tomado una decisión después de mucho tiempo de pensarla, lo mejor era la entrevista prohibida de María Félix que Televisa hizo desaparecer. Había una cinta, una sola cinta de video de tres cuartos de pulgada, guardada dentro de una caja de metal oxidada, envuelta en tela de algodón, escondida en el fondo de un closet en una colonia de clase media en la Ciudad de México.

 Durante 28 años nadie la reclamó. Durante 28 años, nadie habló de ella públicamente y durante 28 años la persona que la guardaba durmió con el peso de saber que tenía en sus manos el documento más explosivo de la televisión mexicana del siglo XX. Una conversación de 2 horas y 16 minutos. Una conversación que Televisa ordenó destruir esa misma noche.

 Una conversación en la que María Félix dijo, frente a una cámara encendida, frente a un micrófono abierto, frente a un hombre que no supo lo que estaba despertando, todo lo que México no estaba preparado para escuchar. Nombres, fechas, hecho. La entrevista prohibida de María Félix que Televisa hizo desaparecer. Había una cinta, una sola cinta de video de tres cuartos de pulgada.

 Guardada dentro de una caja de metal oxidada, envuelta en tela de algodón, escondida en el fondo de un closet en una colonia de clase media en la Ciudad de México. Durante 28 años nadie la reclamó. Durante 28 años nadie habló de ella públicamente y durante 28 años la persona que la guardaba durmió con el peso de saber que tenía en sus manos el documento más explosivo de la televisión mexicana del siglo XX.

 Una conversación de 2 horas y 16 minutos. Una conversación que Televisa ordenó destruir esa misma noche. Una conversación en la que María Félix dijo, frente a una cámara encendida, frente a un micrófono abierto, frente a un hombre que no supo lo que estaba despertando, todo lo que México no estaba preparado para escuchar.

 Nombres, fechas, hechos, verdades que llevaban décadas enterradas bajo capas de silencio, miedo y dinero. Y cuando esa cinta finalmente apareció en 2004, 2 años después de la muerte de la doña, cuando las imágenes parpadeantes de una María Félix de 62 años volvieron a la vida en una sala de proyección privada en Polanco, el silencio que cayó sobre los presentes no fue el silencio del asombro, fue el silencio de quienes acaban de entender que la historia que creían conocer era apenas la mitad de la historia real.

Esta es la otra mitad. Ciudad de México. Marzo de 1976. El país vivía bajo el peso de Luis Echeverría, un presidente que había ordenado la masacre de estudiantes 6 años atrás y que seguía gobernando México con la certeza de quien cree que el poder no tiene fecha de caducidad. La televisión mexicana era territorio de Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, un hombre que no dirigía una empresa de comunicaciones, sino un imperio.

Televisa no era solo un canal, era el aparato de construcción de realidad más poderoso del país. Lo que Televisa decía era verdad, lo que Televisa silenciaba no existía. Y Azcárraga lo sabía, lo usaba y lo disfrutaba con la naturalidad de quien ha nacido, creyendo que el mundo le pertenece. En ese contexto, en ese México, en ese año preciso, María Félix aceptó hacer algo que llevaba una década negándose a hacer.

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