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La Echaron De Su Propia Casa Con Una Bolsa De Plástico, Pero Lo Que Encontró Escondido Bajo El…

 Doña Hortensia era otro asunto, mujer de rancho, de las que amanecen antes que el sol y no se duermen hasta revisar dos veces que todo esté como debe estar, que la familia Fuentes no necesitaba de nadie que no tuviera apellido conocido en la región y que su hijo merecía algo mejor que una muchacha de pueblo sin tierras ni herencia.

 No lo decía así, claro, lo decía de otro modo, con esa elegancia rural que tienen ciertas mujeres para destruir sin levantar la voz. que si Valentina cocinaba sabroso, pero con mucho chile, que a Rodrigo le caía pesado el chile, que si la ropa que lavaba quedaba con olor, que quizás era el jabón que usaba, que si la muchacha era buena persona, pero no tenía oficio de mujer de rancho, que eso se nota, que eso no se aprende de un día para otro, ladrillo por ladrillo, con la paciencia de quien sabe que las paredes no se caen solas, sino que se construyen para que

caigan. Doña Hortensia fue levantando entre su hijo y su nuera, algo que al principio parecía solo distancia y que con el tiempo se fue convirtiendo en una pared que Valentina no supo ver hasta que ya estaba edificada de los dos lados. 3 años. Tres años de madrugar en esa casa que nunca sintió del todo suya, de cocinar para una mesa donde siempre había alguien que miraba el plato antes de agradecer, de intentar encontrar el modo de ser la mujer que doña Hortensia hubiera elegido para su hijo si hubiera podido elegirla ella misma. tres años de

creer que el amor era suficiente cuando en realidad nunca había sido amor lo que la sostenía, sino la convicción de que las cosas buenas requieren esfuerzo y que el esfuerzo siempre termina dando algo. La noche del martes 16 de septiembre, Rodrigo llegó a la casa con olor a cerveza y con esa mirada de quien ya tomó una decisión, pero todavía no encontró las palabras para decirla.

 Doña Hortensia estaba sentada en la sala, que era donde no solía quedarse a esa hora, lo cual Valentina entendió después como la señal que no supo leer en el momento. Rodrigo se sentó frente a ella y le dijo que había una muchacha en Xuatlán que llevaba meses, que lo sentía, que no había sido su intención, pero que así habían pasado las cosas.

 Y luego agregó algo que Valentina tampoco olvidaría, que su mamá tenía razón en que era mejor aclarar las cosas a tiempo antes de que se complicaran más. Como si doña Hortensia ya supiera, como si doña Hortensia hubiera sabido desde antes que él. La bolsa de plástico negro ya estaba lista junto al sofá.

 Valentina la miró, la recogió y salió sin decir nada, porque no había nada que decir que no fuera demasiado para esa noche. Caminó 4 km por el camino de terracería, que sube al cerro con la bolsa colgada del hombro y las chanclas haciendo ruido sobre la piedra suelta. Era noche de septiembre en la sierra de Veracruz y el aire traía ese olor a tierra mojada y a ocote que tiene el monte cuando el verano está cediendo. No lloraba todavía.

 El cuerpo a veces hace eso. Guarda todo para cuando llegue el momento de poder guardarlo sin que nadie vea. La luna estaba alta y daba suficiente luz para el camino, que Valentina conocía desde niña porque había subido ese cerro docenas de veces con su abuela celeste, que vivía ahí arriba desde siempre, y que había muerto dos años antes, dejando la casa cerrada y pendiente, Esperit, esperando que la familia decidiera qué hacer con ella.

 Nadie había decidido todavía porque ese tipo de decisiones se atrasan cuando la casa perteneció a alguien querido y tocarla se siente como despedirse de nuevo. La casa de la abuela celeste era de madera y lámina con el corredor al frente, donde siempre había macetas colgadas, y la cocina al fondo con el fogón de piedra que la abuela nunca cambió por estufa de gas porque decía que el fuego de leña cocinaba distinto.

 Era pequeña, de dos cuartos. con el piso de tierra apisonada en la cocina y en la sala, y el solar de atrás, donde la abuela sembraba aquelites, epazote, hierba santa y todas las plantas medicinales que conocía, que eran muchas, porque la abuela celeste había sido curandera del cerro durante 40 años y todavía la gente del pueblo de abajo subía a consultarla, aunque ya hubiera clínica municipal.

 Valentina encontró la llave donde siempre había estado, debajo de la piedra plana junto a la escalera del corredor, porque su abuela decía que no tenía nada que robarle a nadie y que guardarse la llave adentro era hacerle trampa a la confianza. Abrió la puerta con el chirrido conocido de siempre. Entró y el olor la recibió antes que nada.

 Madera vieja, hierbas secas, copal frío, la memoria de todos los años que ese cuarto había cargado sin que nadie lo abriera, dejó la bolsa junto a la puerta, se sentó en el piso de tierra de la cocina con la espalda apoyada en la pared y entonces lloró. Lloró de una manera que no había llorado desde que su abuela murió.

 No con el llanto cortés que se llora cuando hay gente cerca y hay que cuidar la forma, sino con ese otro llanto que sale cuando no hay testigos y el cuerpo ya no tiene razón para contenerse. Lloró por Rodrigo, que había sido cobarde en el momento en que más necesitaba que fuera valiente. Lloró por los tr años de creer en algo que no había sido lo que ella pensaba.

 Lloró por la bolsa de plástico negro con su ropa adentro, que era el resumen más doloroso de lo que había sido su vida en esa casa. lloró por doña Hortensia, no de rabia, sino de esa tristeza que da cuando alguien decide no quererte y tú te pasas años intentando convencerla de que se equivoca.

 Y lloró también por su abuela celeste, por querer que estuviera ahí en ese cuarto con su manera tranquila de ver las cosas, con sus manos que siempre sabían a qué tierra le faltaba agua y a qué persona le faltaba palabra. Cuando se le acabó el llanto, Valentina quedó recostada en el piso de tierra, con los ojos hinchados y el cuerpo pesado de agotamiento.

 Afuera, el monte hacía sus ruidos nocturnos de siempre. Adentro no había luz, no había nada encendido, y el frío de la sierra de septiembre bajaba despacio por las paredes de madera. Sin que lo decidiera, sin que pudiera evitarlo, se quedó dormida. El sueño no llegó poco a poco, como llegan los sueños normales, con niebla y sin lógica.

 Llegó entero, como algo que ya existía y que solo estaba esperando que ella cerrara los ojos para mostrarse. Valentina estaba en la cocina de la casa, la misma cocina donde estaba durmiendo, pero de día, con luz de mañana entrando por la ventana sin vidrio que daba al solar. Y había una mujer arrodillada frente al fogón, una mujer muy anciana de trenza gris larga y delantal de manta, con las manos metidas entre el piso y el borde de madera del fogón, como si estuviera levantando algo o guardando algo.

 Valentina quiso hablarle, pero en el sueño la voz no salía, como suele pasar. La mujer levantó la cabeza y la miró. En esa mirada había algo que Valentina no supo describir después, pero que sintió con claridad absoluta en el momento. No era mensaje, no era advertencia, era reconocimiento del tipo que hay entre personas que comparten algo que no necesita nombrarse.

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