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La echaron con dieciocho hectáreas de roca — hasta que el peor verano en quince años demostró que…

No lo entendí en ese momento. Sinceramente, pensé que el aislamiento y el trauma del divorcio le estaban pasando factura. Pero decidí no decir nada y simplemente seguir ayudándola a instalar cercas que no encerraban nada.

El invierno pasó sin pena ni gloria, con lluvias escasas que no presagiaban nada bueno. Y entonces, llegó el verano.

Aún hoy en el valle se le conoce como “El Verano del Horno”. Los meteorólogos dijeron que era una anomalía climática, un bloqueo atmosférico sumado al fenómeno de El Niño. Yo solo sé que, a mediados de julio, el termómetro alcanzó los 43 grados centígrados a la sombra y se quedó ahí, paralizado, durante semanas.

Fue el peor verano en quince años.

La sequía golpeó con la fuerza de un mazo. En cuestión de tres semanas, el río que alimentaba el valle inferior —el mismo valle fértil que Ricardo le había robado a Elena— se redujo a un arroyo lodoso, y luego, a nada. La tierra marrón y rica comenzó a agrietarse. Las hojas de las vides, que debían estar hinchándose con la promesa de la cosecha de otoño, se marchitaron, volviéndose amarillas y crujientes como papel viejo.

Ahí es donde ves la verdadera naturaleza humana. He estado en reuniones de la junta de agricultores donde vi a hombres respetables casi llegar a los cuchillos por el acceso a una hora extra de agua de la presa municipal. El pánico es un animal feo, y el valle apestaba a él.

Ricardo estaba desesperado. Había apalancado la empresa con préstamos millonarios para comprar nueva maquinaria pesada, seguro de que las tierras del valle siempre producirían. El banco empezó a llamar. Sus sistemas de riego por goteo chupaban aire de los pozos poco profundos que se estaban secando uno tras otro.

Mientras tanto, en lo alto de “El Pedregal”, pasaba algo extraño.

Subí a ver a Elena una tarde abrasadora, esperando encontrarla deshidratada y al borde del colapso. En cambio, cuando bajé de mi vieja camioneta Ford, sentí algo imposible: un cambio en la temperatura. Alrededor del remolque de Elena, el aire era al menos cinco grados más fresco.

La encontré junto a un grupo de hombres ruidosos y cubiertos de grasa. Eran perforadores. Había una plataforma de perforación masiva clavada en el centro de las rocas.

—¡Mateo! —gritó Elena por encima del rugido ensordecedor del motor diésel—. ¡Llegas justo a tiempo!

—¿Qué demonios estás haciendo, Elena? —le grité de vuelta—. ¡Cuesta una fortuna traer a esta gente aquí arriba! ¡No tienes ese tipo de dinero!

—¡Vendí mi camioneta! ¡Vendí todo lo que me quedaba! —Su sonrisa era maníaca, salvaje y absolutamente hermosa—. ¡Mira!

Me acerqué al borde del pozo. El taladro estaba penetrando la roca madre, temblando violentamente. El ingeniero jefe miraba sus monitores, frunciendo el ceño y secándose el sudor.

Personalmente, he perforado muchos pozos en mi vida. Conozco el sonido de la broca golpeando tierra seca, conozco el chirrido cuando encuentra granito ciego. Pero esto sonaba diferente. Había un eco sordo. Como si estuvieran perforando la cáscara de un huevo gigante.

—Estamos a noventa metros, señora Montes —gritó el ingeniero—. La resistencia está cayendo en picado. ¡Es pura cavidad kárstica! ¡Prepárense!

De repente, el motor dio un alarido y la broca pareció caer en el vacío. Un silencio extraño y tenso se apoderó de la cima de la colina, solo roto por el ralentí del motor.

Y entonces, sucedió.

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